Cuando salió de allí, las luces se movían difusas, llovió y se mojó, pero no lo sintió. Un cuidacoches le había hablado, pedido dinero reiteradamente, la había seguido media cuadra atomizándola, pero Elisa lo había ignorado, hasta que se había detenido abruptamente mirando la nada con el iris dilatado, mientras el agua le caía por el cabello y se metía por su ropa. La gente de la noche le huye a los locos, saben que hay lobos que parecen hadas perdidas. Elisa sentía emociones turbias y sus ojos lo miraron con furia antes de que el vagabundo se fuera por puro instinto de supervivencia. Pero ella no lo veía, solo recordaba al juez que la había mandado a un instituto para adolescentes con la recomendación especial de mantenerla alejada de Internet, 11 años atrás.
Llegó a su apartamento, no supo cómo. Llevaba el sobre dentro de la cazadora y el cuerpo encogido, estaba congelada, aunque no era consciente de nada.
Al abrir la puerta, el espectáculo fue espeluznante. Su madre había caído de la cama, con seguridad al querer levantarse y dopada como estaba, se había tropezado y golpeado contra la mesa de luz. Estaba sentada en el piso, con la espalda apoyada en la cama, y la cabeza inclinada a un costado, manchada de sangre.
Del corte profundo en su cabeza brotaba la sangre que le daba a su rostro un aspecto grotesco, corría por su bata rosada hasta el piso, donde había formado un charco helado.
La imagen no le pareció real, como nada en este mundo y tardó segundos incontables en reaccionar, sus ojos solo se abrieron desmesurados y quietos, sin parpadear. Después de respirar una vez con brusquedad, corrió hacia allí.
—Nubes, nubes —balbuceaba, parecía decir su madre.
La ambulancia no tardó en llegar, le dieron unas puntadas para curar la herida, que no resultó de entidad. Cuando le quitaron la bata para examinarla mejor, la doctora le observó que tenía marcas enrojecidas en la piel producidas por estar mucho tiempo en la misma posición.
—Tu madre no puede estar dopada todo el día, debe moverse o se le atrofiarán los músculos del cuerpo, debes hacerla caminar. —le reprochó disgustada.
— Yo trabajo todo el día, estoy buscando la forma de llevarla a un lugar, pero son muy caros. Y si la dejo despierta se puede lastimar —le contestó culpable.
La médica bajó la vista, no era el peor caso que veía, al menos estaba alimentada y limpia, en Montevideo las calles estaban llenas de personas desorientadas y abandonadas a su suerte.
—Dale esto tres veces al día, es un desinflamatorio, no la dopes, obsérvala bien sin pastillas. El golpe no fue tan fuerte, fue más el corte que otra cosa, pero por tres días debes ver si se marea, si habla como siempre. Cualquier cosa la llevas a la clínica. Dale pastillas solo para dormir en la noche. Mañana es sábado y seguro puedes quedarte con ella.
Elisa asintió. Trabajaba 8 horas, solo los sábados y domingos podía hacerla caminar y cuidarla, el resto de los días solo podía cruzar los dedos.
Cuando se fueron y su madre se durmió, la lluvia golpeaba los vidrios y reflejaba las luces diminutas de una ciudad implacable con los débiles.
Sobre la mesa de la cocina Elisa observaba el sobre, no prendió la luz, se había acostumbrado a aquella penumbra, las gotas que se deslizaban por el vidrio de la ventana y hacían sombras pequeñas en los papeles que lentamente desplegaba.
No había una sola cosa. Había varias. Primero dinero, no lo que pidió, eran unos 15000 dólares. Era una burla considerando que había pedido 150.000.
Debajo encontró otra cosa:
Un folleto: Residencial las Nubes, imágenes de ancianos sonrientes cuidados por enfermeras sonrientes, detrás un fondo de sillones cálidos y ventanales a jardines soleados.
Dirección, Teléfono, Encargada: Laura Méndez
Una nota manuscrita: “Di que vas de mi parte”.
Elisa siguió leyendo: habitación individual; baño privado; vista al jardín; pagado por adelantado un año. Dejó caer los papeles sobre la mesa.
El sábado la trasladó a las Nubes. Laura, la dueña, era una mujer joven y agradable. Cuando le dijo que venía de parte de Fabio, sonrió con calidez, habló de él como de un viejo amigo. El lugar tenía bellos jardines, el cuarto era perfecto, había enfermeras las 24 horas. Otra vez las cosas le parecieron irreales, como toda la tarde que pasó con su madre en aquel sitio.
El sol había salido y las gotas de agua sobre rosedales y hojas verdes en un jardín de caminos sinuosos fue un espectáculo, su madre caminaba con ella con inusual agilidad, como una niña en un jardín de infantes. Era fácil olvidarse de los problemas allí.
Al ponerse el sol se fue con una enfermera de la mano con total tranquilidad.
Después de un sábado luminoso, el domingo volvieron las sombras. Se dedicó a limpiar su casa para ordenar su mente mientras Suicida la seguía de un lado para el otro.
“Tomar el cielo por asalto” le había dicho, era una expresión particular, que interpretó como ir por aquello que quieres sin pedir permiso, el cielo de otros, el paraíso de unos pocos. Ahora que había solucionado su problema, tenía que admitir que no estaba conforme, que quería algo más. Que quizás Fabio le había dado en el blanco sobre su naturaleza. Él no solo la había investigado, de alguna manera había desnudado su verdad, y eso la enfurecía.
No se saldría con la suya, no sería como él ni como los corruptos que tanto despreciaba. Podía ser su socia, trabajar con él en sus negocios, conocía sus operaciones, había visto lo que hacía y cómo lo hacía. Pero los errores de la juventud eran eso, errores y nada más. Pagándole el lugar a su madre había enmendado el concurso arreglado. El mundo era de lobos, alcahuetes y mentirosos, no esperaba asenso alguno por méritos, trabajo o conocimiento, pero al menos estaría en paz.
Los zapatos eran de buena calidad, cuero, hechos a mano, a medida, negros y lustrados. Su portador caminaba rápido y ágil por el pasillo principal de Centralnet. Era un hombre alto, de expresión sería, de mediana edad, con la excepción de los zapatos, su ropa no era cara ni elegante. Era justa, pulcra y medida como su personalidad. Cabello muy corto, oscuro, piel pálida, sonrisa franca, pero mirada precisa y atenta. Gladys lo esperaba al final del pasillo, cerca del ascensor, con su traje oscuro, el que reservaba para asuntos más formales. Se presentó con una sonrisa amplia que disimulaba cierta tensión, a la que el auditor respondió dándole la mano.