Quedarse hasta después de ponerse el sol, cuando incluso los funcionarios más lentos empezaban a abandonar el edificio le provocó ansiedad. No entendía del todo por qué iba. Ya tenía lo que necesitaba. Subir era exponerse sola a la boca del lobo y Fabio Gepp no era un lobo cualquiera: era uno corrupto y despiadado que sonreía demasiado bien.
Había visto algunas de sus cuentas, lo suficiente para entender el mecanismo. Imaginaba que tarde o temprano él desaparecería de Centralnet con el mismo sigilo elegante con el que había construido todo aquello. Abriría una empresa en otro país, olvidaría su existencia y borraría cualquier rastro de la operación. Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Y si eso pretendía, eliminar el único rastro?
Entonces, ¿por qué subir?
A Elisa nunca le habían gustado los ascensores y menos uno que alcanzara tantos pisos. El zumbido eléctrico, el aire artificial, el leve temblor del cable arrastrándola hacia arriba le provocaban una sensación insoportable de aislamiento. Cuando las puertas se cerraron y el marcador comenzó a cambiar de número, sintió algo extraño: liviandad. Como si, a medida que el ascensor ascendía, parte del peso de las últimas semanas se desprendiera de ella. Pero cuando frenó y desaceleró, un mareo de vértigo la hizo tambalear.
Probablemente en todo el edificio ya solo quedara el policía de la entrada, vigilando cientos de cámaras donde nunca pasaba nada.
En el piso treinta y dos el ascensor se detuvo. Elisa sintió el corazón acelerarse. Si alguien la veía allí a esa hora, despertaría sospechas.
Cuando las puertas se abrieron, una de las secretarias nuevas salió acomodándose una falda roja demasiado corta para la estética burocrática de Centralnet. La joven se sobresaltó al verla. Tenía las mejillas encendidas y el lápiz labial apenas corrido. Detrás de ella, al final del pasillo, la silueta de uno de los trajes cerraba una oficina con llave.
La secretaria levantó la vista hacia el indicador del ascensor.
Después volvió a mirar a Elisa.
Y algo parecido a una sonrisa cómplice apareció en la comisura de sus labios despintados, como si acabara de entender otro secreto más del edificio. Como si allí todos terminaran escondiendo algo.
Las puertas volvieron a cerrarse. El último piso no tenía oficinas. Solo tableros eléctricos, depósitos, cables gruesos y olor a metal caliente.
Al fondo del corredor, después de una escalerilla angosta, estaba la puerta verde agua de la que Fabio había hablado. Mal pintada. Liviana. Ridícula. Parecía cubierta con restos de alguna pintura industrial olvidada años atrás por mantenimiento. Estaba ligeramente abierta, como una invitación.
Elisa se quedó observándola unos segundos. Era una puerta de chapa barata con pintura barata y de color antiestético, claro esta puerta solo llevaba a una azotea, nadie llegaría desde la azotea a robar nada.
Subió lentamente la escalerilla. En cuanto se acercó, el viento irrumpió de golpe, alborotándole el cabello sobre los ojos. Y entonces lo vio.
Fabio estaba apoyado sobre la baranda, recortado contra el cielo del atardecer. La gabardina oscura se movía apenas con el viento y llevaba esa media sonrisa tranquila que ella le había visto innumerables veces en los pasillos.
Elisa se detuvo. Era demasiado. Por un instante pensó en dar media vuelta e irse.
—Tienes que ver la vista desde aquí —dijo Fabio sin moverse—. La mayoría trabaja toda la vida en el edificio y nunca sube— dijo ampliando apenas la sonrisa —. Es el punto más alto de la ciudad… y se lo pierden.
Elisa avanzó, las piernas se le aflojaron apenas, aunque logró disimularlo.
—¿Qué quieres ahora? —le dijo con aspereza.
—¿Qué quiero yo? La pregunta no sería esa. ¿Qué quieres tú?
—Nada.
—¿Y para eso subes 33 pisos a una azotea que te aterra, te expones a alguien como yo en la soledad de Centralnet? —sonrió con malicia Fabio. Elisa quiso retroceder, pero su pie derecho no se movió, sabía muy bien que el maldito tenía razón.
—Quizás sí me interesa la vista.
Se acercó a la baranda, Fabio la observaba sin moverse, atendía con avidez cada movimiento de su cuerpo. Montevideo se mostró de una manera por completo nueva. Elisa miraba la ciudad: pequeña, un hormiguero de autómatas, desde allí no se veía ni gris, ni sucia, ni vencida, los zombis no se distinguían del resto.
Los edificios antiguos tenían cúpulas que guardaban una poesía que las últimas décadas habían olvidado. Le pareció curioso que los transeúntes no pudieran observar desde el suelo la gracia de las guardillas góticas, con tejas azuladas y redondas. La gente que caminaba en las aceras miraba el piso, sus celulares, sus zapatos. En la terraza de Centralnet, el cielo aturdía. El color azulado de la tarde resaltaba a Venus que brillaba con intensidad inusitada justo encima de la puesta de sol.
—Te lo dije —comentó sonriendo Fabio que apoyó su espalda en la baranda con confianza.
—El lucero de la tarde —dijo Elisa como si Venus tuviera un significado secreto.
Halcones planeaban en círculos enormes sobre las corrientes de aire, acechando desde alturas imposibles a palomas y gorriones. Algunos habían construido nidos surrealistas entre cornisas usando bolsas de naylon que brillaban con los últimos rayos de sol.
Sobre la línea naranja de la puesta de sol, Venus como una joya exótica, un diamante único. Fabio levantó apenas la vista hacia el planeta.
—¿Sabes por qué trabajamos ocho horas diarias en tareas repetitivas que no significan nada? —le preguntó.
—Supongo que fue un avance del batllismo —respondió Elisa con una leve exhalación irónica—. De lo contrario trabajaríamos catorce.
Fabio soltó una pequeña risa.
—Ford. Henry Ford. La jornada perfecta para una fábrica en serie… No se hizo por humanidad. Se hizo por control.
Elisa giró apenas la cabeza hacia él.