Rissi no había cesado de pedirle cosas: planillas, informes datos y más datos. Quizás por sentirse profundamente desmotivada, al final del día había caído en esos estados decadentes en los que como un ciclo maldito reincidía. Arrastraba sus piernas para caminar, el sol se movía también arrastrándose, con rumbo fijo, pero sin sentido, como toda esa información absurda que el auditor le hacía generar. Si había algo allí, ella no había podido encontrarlo, no estaba en condiciones, simplemente el interés había desaparecido.
Salió tarde, era noche, aunque en julio oscurecía temprano. Su conciencia se revelaba contra su propia resignación. No era su trabajo encontrar nada para Rissi. ¿Por qué tenía que ser tan servicial? Nadie le pagaba por lo que hacía, además de que acumulaba el trabajo que sí le correspondía.
Se repetía que podría haberse negado a proporcionarle tanta información a Rissi, pero no lo había hecho, y si pensaba la razón esta era deprimente: Rissi había sido amable, y había despertado la curiosidad en ella. “Por un café bueno, por un poco de atención, por un enigma que la sacara del aburrimiento, trabajo gratis”, pensó.
Tampoco se animaba con la idea de buscar nada de Fabio, por una ridícula apuesta celebrada con él en la azotea, lo último que recordaba era cómo había apartado su rostro de ella, como si tuviera una peste.
Era 1 de julio, el invierno acababa de empezar y lo hacía con toda su crudeza, el frío del Sur se metía por los poros de la piel y atravesaba cualquier abrigo. Las calles estaban mojadas, había comenzado a caer agua nieve, esa cosa que ni era nieve ni era agua. La nieve no se formaba a latitudes tan bajas, pero el agua no se mantenía estable con tanto frío, así que caía esa cosa, que congelaba y mojaba en partes iguales.
A pesar del mal clima, se acomodó la bufanda violeta que le había regalado su madre hacía años, puso las manos en los bolsillos de la chaqueta y se dispuso a caminar por las calles del Centro, a sabiendas que el frío en el rostro era como un beso helado.
Se ajustó los auriculares, la lista de sus temas viejos arrancó con The Door. 18 de julio tenía esa clase de belleza que se luce en una noche de invierno inhóspita, Breack on Thorough the Other Side tornó a Montevideo más melancólico y extraño, el otro Montevideo alterno, el de los perdedores de siempre.
El Edificio Salvo tenía su cúpula encendida de color violeta y en medio del paisaje brillaba de forma espectral. Se recreó la vista observando la belleza de su arquitectura gótica y neoclásica. Observó aquellas arcadas de la planta baja, las bóvedas de crucería y las imponentes columnas que modificaban las escalas de todo. La cúpula que simbolizaba el crisol donde se debía producir la gran obra espiritual.
La estructura completa del edificio representaba un atanor, el horno alquímico donde los iniciados transmutaban el plomo en oro. “en eso pensaba el antiguo mundo, en transmutar, en tocar el cielo”.
Qué diferente era aquella torre a la otra torre: el edificio gris y rectangular de Centralnet. Sin belleza alguna, una construcción de control y mentiras. Pensó en la frase de Fabio “tomar el cielo por asalto”.
El viento de pronto se intensificó, cayeron hojas de los plátanos (unos árboles feos traídos de Europa hacía mucho, que en invierno pierden cantidades ingentes de hojas y forman una costra resbaladiza y putrefacta).
Un ómnibus desvencijado del Ministerio de Policía estaba estacionado frente al Banco País, tenía las puertas abiertas y las luces encendidas, dos agentes registraban a un vagabundo, con su bolso, dispuesto a irse a un refugio. El linyera, de pronto, prefería las reglas de las instituciones de albergue. Pagaba el precio: perder su libertad, la que había presumido todo el verano, preferible a aquel frío. Otros linyeras tiritaban en las amplias escalinatas de mármol negro del banco esperando su turno, eran sombras que se divisaban por el brillo naranja del pucho en la oscuridad.
Al menos ella tenía un pequeño lugar al que llegar y a Suicida deseoso de enroscarse entre sus piernas. Cuando pensaba en la calidez de su pelaje moteado, vio una pareja que salía de un auto hacia un restorán italiano.
Reconoció el Audi azul. Fabio le abría la puerta a su acompañante, una mujer de cabello largo, rubio, y ondeante, rostro precioso, largas piernas, zapatos dorados con plataformas, ropa para ambientes calefaccionados. Una mujer espectacular, cuyo perfume tan bueno como los de Fabio, aunque algo más dulce, quedó en el aire justo después de apresurarse a entrar al restorán, mientras, Fabio le sostenía la puerta de vidrio. Dentro se veían las mesas ya reservadas, vestidas con manteles blancos, iluminados con luces tenues. Elisa se cubrió más el rostro con la bufanda y aceleró el paso por la vereda.
Intentaba huir de allí, resanado para no ser vista, el viento frío la alcanzó. Un escalofrío le corrió por la espalda y brazos, el agua nieve se transformó en una lluvia salvaje que se metía por el cuello de la ropa y recorriendo cada parte de ella. Para maldad del universo, la lista de música vieja cambió a Abba: jugué todas mis cartas, y tú hiciste lo mismo, no queda un as bajo la manga, el ganador se lleva todo, el perdedor se queda pequeño…fui una tonta jugando según las reglas…los dioses pueden lanzar un dado, sus mentes tan frías como el hielo…el ganador se lo lleva todo...
No fue directo a su cama como pensaba, algo absurdo había cambiado empujándola más al borde de algún tipo de abismo. No reconocía ese sentimiento, se revelaba a algo tan estúpido. Pasó por la licorería que estaba enfrente a su apartamento. No sabía qué buscaba, la vendedora, una mujer mayor con sentido del humor y que parecía entender todo del alma humana, como una vieja bruja con la sabiduría de haberlo visto todo, le ofreció un licor de chocolate, otro de dulce de leche y por último uno de butiá.