Llegó con el cabello desordenado, la ropa arrugada, el rostro ojeroso. Definitivamente no era su mejor versión, no era ninguna versión de sí misma, había algo que su alma reclamaba y ella no había escuchado, y la única cosa que reconocía era el sentimiento de fracaso.
Rissi, como siempre, había invadido su oficina, y Elisa no estaba de humor.
—Parece que hoy no es un buen día —le dijo con una cercanía que no estaba dispuesta a conceder.
No saludó, no lo miró, se limitó a encender su computadora en silencio.
—No, no lo es.
Elisa no quería dejar pasar ni un minuto más, esto debía terminar de una vez, quería recuperar al menos su dignidad, se iba a negar a trabajar gratis por nada y buscaba la forma de acláralo.
—Bien, pero necesito decirte algo —le dijo el auditor con cuidado, como si buscara desactivar los cables de una bomba.
—Yo también, no voy más a…— Pero en el instante preciso en que juntó aire para soltar su fastidio, Rissi la interrumpió.
—Le exigí a Gladys y al Directorio tu compensación y exclusividad. Eres bastante buena y te necesito. La paga no es lo que quisiera, pero mejorarás tus ingresos un 50%, si trabajas para mí. Y te aburrirás menos —le soltó de repente, mientras observaba cada detalle de su rostro buscando alguna expresión que le diera pistas de qué pensaba la extraña informática.
Elisa se sentó en su silla torcida, tomó el café de especialidad que tenía sobre el escritorio, se permitió sentir el aroma, mientras procesaba lo que había oído.
—De acuerdo —le contestó levantando la mirada lentamente, ensayando la expresión mecanizada por años, la que decía “me interesa”.
—Bien, bebe tu café, lávate la cara, imprime estos expedientes y ve a mi oficina. Tenemos algo que ver tú y yo, algo que no cierra.
Rissi le dio un papel con una lista de planillas que debía imprimir, una lista de directorios dentro del sistema de Centralnet.
Le tomó unos minutos encontrar cada cosa. Mientras la impresora hacía su lento trabajo, ella aprovechó para recomponerse, acomodarse a esta nueva realidad. Por alguna razón tenía deseos de llorar, no sabía por qué, nunca había entendido sus emociones.
Puso las hojas sobre su escritorio, les dio una rápida mirada sin que nada le llamara la atención, hacía tiempo se perdía en datos sin sentido, nada parecía decir nada de nada.
Rissi cerró la puerta del despacho con el pie y dejó una carpeta sobre la mesa.
No era especialmente gruesa. Eso llamó la atención de Elisa.
Las investigaciones importantes siempre venían acompañadas de montañas de papeles.
Aquella no. Rissi tomó asiento. No parecía cansado. Tampoco apurado.
Simplemente parecía un hombre que llevaba demasiados años mirando las mismas miserias.
—¿Sabes cuál es el trabajo más difícil de un auditor? —preguntó. Elisa negó con la cabeza, no tenía idea qué podía querer un contador de una criatura como ella —. Demostrar que alguien hizo algo que tuvo mucho cuidado en ocultar.
Abrió la carpeta. No había nombres importantes. No había cifras millonarias.
Solo columnas de números. Fechas. Códigos. Operaciones. Rissi pasó una hoja.
—Mira esto.
Elisa acercó la silla, esperaba una revelación sorprendente, pero en cambio solo vio más de lo mismo.
—Contrato por mantenimiento. Pago realizado. Factura registrada. Todo coincide —dijo Elisa.
Rossi señaló una línea casi perdida al final.
—Y esto.
Ajuste de conciliación: $17,42.
Elisa leyó la línea dos veces.
—Diecisiete pesos.
—Diecisiete pesos con cuarenta y dos centésimos.
Silencio.
—¿Sabes qué hace un buen ladrón? —Ella esperó —. No roba donde está el dinero— Rissi sonrió apenas —. Roba donde nadie mira.
Se levantó. Caminó hacia la mampara como un ratón atrapado.
—Deberíamos cambiar de oficina, pedir una con ventanas y más grande —dijo Rissi y continuó —. Los sistemas grandes nunca cierran perfecto. Siempre hay diferencias. Un comprobante, un impuesto, un redondeo. Un pago que llegó un día después —. Se volvió hacia ella—. Para eso existe algo llamado “ajustes conciliatorios”.
—No soy contadora, no es mi área.
Tomó una lapicera.
En una hoja escribió:
Contrato: 1.250.000. Pago: 1.249.982
Después escribió debajo.
Ajuste de conciliación: 18
—¿Lo ves?: El sistema queda feliz. —Tachó los tres números con una línea.
—Los auditores también —contestó Elisa.
—Nadie discute dieciocho pesos —. Elisa seguía mirando la hoja. Rissi volvió a hablar —. Ahora imagina que haces eso diez mil veces. Ella levantó la vista.
—Ahí empiezan los problemas.
Dejó la lapicera.
—No tengo pruebas. —La frase quedó suspendida —. Tengo una sospecha: Hace tres meses que encuentro demasiados ajustes pequeños. Ninguno justifica una investigación. Todos juntos...
Movió lentamente la cabeza.
Elisa hojeó las planillas. No encontró nada extraño. Todo parecía perfectamente lógico. Demasiado lógico.
—¿Qué quiere que busque?
Rissi sonrió. Era la primera vez que sonreía desde que habían empezado.
—No quiero que busques dinero. Quiero que busques una mentira —. Elisa frunció apenas el ceño —Las mentiras grandes siempre necesitan muchas verdades para sostenerse.
Se inclinó sobre la mesa.
—Encuentra la verdad que sobra.
Rissi salió del despacho dejándola sola. El silencio volvió a apoderarse de la oficina.
Elisa empezó por donde habría empezado cualquier auditor. Ordenó los movimientos por importe. Nada. Los ordenó por proveedor. Nada. Por fecha. Nada. Todo cerraba. Todo era impecable. Demasiado impecable.
Apoyó la frente sobre la mano. No. Así pensaría Rissi. Ella no era Rissi. Giró la pantalla. Abrió otra ventana.
No le interesaba el dinero. Le interesaban los comportamientos. Los sistemas también tenían costumbres. Y las costumbres dejaban huellas. Empezó a ordenar por usuario. Después por hora. Después por terminal. Después por tipo de operación.