El artista del engaño

Capítulo 15: Elección

Tuvo tanto miedo que no fue a la oficina de Gladys, no buscó en su computadora. El encuentro con el hombre de voz gastada, tono calmo, y aliento a nicotina le provocaba escalofríos. Salir del edificio, pasadas las 9, en un Centro desértico, le dio terror.

Solo después de cerrar la puerta de su casa con todos los cerrojos, se sentó en la soledad de la mesa de la cocina de su diminuto apartamento, y observó con aprensión el sobre.

¿Qué mierda había sido todo aquello?

Cuando vio el contenido de los documentos, lo entendió.

Miró por la ventana hacia la calle mientras su respiración agitada volvía lentamente a la normalidad. Abajo el mundo se veía se tranquilo, la gente se apresuraba a regresar a sus casas después de una jornada más, algunos hacían compras de super de último momento antes que las tiendas cerraran. La licorería aún estaba abierta y sus luces de colores iluminaban la acera de rojo y azul de forma intermitente.

Elisa necesitaba calmar sus pensamientos, necesitaba una excusa. Así que después de mirar nuevamente la calle, en busca del hombre misterioso, y de sentir que nadie la observaba decidió bajar y cruzar.

En el mostrador estaba la dueña de la vez anterior. Por alguna razón, la observó mejor, le pareció uno de esos espíritus nobles disfrazados de derrotados: su peinado aún conservaba el aire del batido de los ochenta, pero descolorido y seco, sus pulseras centelleantes de oro indicaban su gusto por el brillo, su expresión de alegría natural, la actitud del que en la vida eligió no llorar.

—¿En qué te puedo ayudar? —le preguntó también observándola mejor, con algo de curiosidad.

—Dame lo que me llevé ayer, el licor de olor a verano.

—¿El de butiá?

—Ese.

—Parece que te gustó. No tienes pinta de haber hecho una fiesta ayer —adivinó entrecerrando los ojos, mientras contaba el dinero de la caja con manos pequeñas y uñas rojas y largas —, tampoco de alcohólica consumada. Perdona mi curiosidad. ¿Estás segura de que buscas ese? ¿Quizás te convenga una botella de buen vino? Tenemos unos tanat a buen precio, especiales para noches como esta.

Pensó en mandarla al diablo, ¿qué le importaba lo suyo? Pero luego se aflojó y suspiró largo, quizás porque necesitaba hablar con alguien.

—Esta noche… decido quién soy.

La mujer levantó las cejas divertida, reconociendo que la chica menuda, de rostro bonito pero solitaria, era alguien peculiar.

—Niña, el licor no te va a ayudar con eso. A menos que busques valor —le dijo mientras le indicaba a su empelada, una chica joven que la miraba de reojo, que le bajara el de butía. Elisa sacó su tarjeta de crédito, al menos ya no tendría que preocuparse por darse algunos gustos—. Ten mucho cuidado con lo que eliges cuando estés vacía —le tiró cuando le alcanzó la bebida en una bolsa como de boutique, que decía en unas artísticas letras rojas brillantes la marca de su negocio, “Victoria”

—Gracias por el consejo, pero vacío es lo que hay.

La mujer la miró con compasión mientras se salía junto con ella y se disponía a fumar recostada a la vidriera donde exhibía las ofertas y vinos finos con estuches de madera y set de copas, mientras la empleada se esforzaba bajando una cortina pesada.

—Suerte —le deseo con una sonrisa triste mientras se encendía un cigarrillo.

Las luces de neón se reflejaban en un charco en la calle, Elisa lo pisó y observó cómo se desdibujaban al introducir el pie.

Encendió su laptop, se sirvió un poco de aquel liquido naranja y dulzón, tendría una larga noche mientras verificaba datos, y elaboraba el informe para Rissi. Después de muhas horas logró hakear la laptop de Gladys, había sido más fácil de lo que pensaba. Y como había dicho el hombre del ascensor los archivos que buscaba ya no estaban. Pero ella tenía lo necesario. Lleno el pequeño vasito verde del licor, suspiró: Cruzaría el umbral.

Era una mañana de sol, como cualquier otra, salvo porque Elisa llegó antes que Rissi. Había dormido poco, apenas un par de horas, una ducha larga y mucho café.

No sentía sueño, ni hambre ni nada, solo expectativa.

Cuando Rissi llegó, a las 8 am, vio sobre su escritorio un abultado informe en papel, al costado un café humeante de Mundos Alternos.

Lo leyó en 15 minutos y después volvió a revisarlo por hora y media, y en todo ese tiempo Elisa estuvo en la oficina cubil de enfrente, sentada en su escritorio, simulando atender el ordenador.

Estaban Rissi se quitó los lentes, suspiro pasando su mano pesada por la frente, tendría que hacer algunas llamadas.




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