El silencio aún pesaba en la sala cuando Darneth, con el ceño fruncido y la copa aún en mano, clavó la mirada en Kael.
—Decís que desean que crean que habéis conquistado esta casa… Mas no hay rastro de batalla, ni torre derruida, ni escudo quebrado. ¿Cómo pretendéis que semejante engaño se sostenga? ¿Acaso esperáis que derrame sangre inocente por una ilusión?
Kael no vaciló. Se acercó un paso más al conde, con la tranquilidad imperturbable de quien ya ha previsto cada objeción.
—No os preocupéis. No precisáis sacrificar a ninguno de los vuestros. Vuestro deber es protegerlos, y yo os ofrezco una forma de hacerlo sin que nadie pierda la vida. Solamente debéis ordenar que vuestros soldados se reúnan en los jardines del castillo.
Darneth lo observó por un momento, sopesando sus palabras.
—¿Y qué planeáis hacer con ellos?
—Nada demasiado cruel—respondió Kael, con voz grave—. Sólo sembraré en sus memorias lo que el mundo necesita creer.
El conde vaciló, pero finalmente asintió. Llamó a un soldado que aguardaba tras la puerta, un hombre de rostro curtido y mirada alerta el cual intento ver el rostro de Kael pero este volteó a otro lado, no dejaba que nadie lo viera, más halla del exilio nadie conocía su rostro.
—Haced correr la voz. Que todos los soldados de Draceryn se congreguen en los jardines al instante. Es una orden directa del conde.
—Así se hará, mi señor —respondió el soldado, inclinando la cabeza antes de salir raudo a cumplir el mandato.
Kael y Darneth descendieron juntos por los pasillos de piedra del castillo. A pesar de que a menudo se referían a las Siete Casas como “casas”, cada una gobernaba su propio territorio desde fortalezas antiguas que, si bien menores que el castillo real, poseían la dignidad de ciclos de historia y poder. Draceryn no era la excepción.
Al llegar a los jardines, más de un centenar de soldados aguardaban en formación, expectantes, sin comprender del todo por qué habían sido convocados con tanta urgencia.
Kael detuvo su andar al pie de las escalinatas que llevaban al gran patio, y con un gesto lento se colocó la capucha, cubriendo su rostro en sombras.
—No miréis —ordenó al conde con un tono suave, pero firme.
Sin más, se dejó ver ante todos los soldados, alzó una mano hacia el cielo y pronunció palabras en un idioma que no pertenecía a este mundo, una lengua ancestral, olvidada incluso por los grimorios de la realeza:
—"Saĵhir'dor vałek t'nahęl. Eŋ’vaæẅ doßha’tĥel nïar’ka. ßuh'raɔn ilƙar veɲ draþheṅ."
Las palabras flotaron como cenizas arrastradas por el viento, cargadas de un poder antiguo que helaba la sangre.
Una energía oscura, tenue y serpenteante se derramó por el aire, como una sombra viva.
Desde sus labios brotó un humo negro, denso como la noche sin luna, que se deslizó con sigilo hasta cada uno de los soldados.
Cuando el humo los tocó, sus cuerpos se tensaron, sus respiraciones se apagaron... y sus ojos se tiñeron de un negro absoluto: el sello de una mente atrapada en trance.
Ya no eran hombres.
Eran ecos obedientes de una voluntad más poderosa.
—A partir de este momento —declaró con solemnidad—, recordaréis que fuisteis atacados por un hombre encapuchado con habilidades que sobrepasan las artes conocidas. Que ofrecisteis resistencia, pero caísteis, uno tras otro, sin poder hacer frente a su poder. Que vuestra rendición fue orden del conde, para preservar la vida de los suyos. Debéis llevar estos relatos a los pueblos y los caminos. Haced que el miedo obre donde la espada no lo ha hecho.
Los soldados parpadearon, aturdidos por un instante. Uno por uno, sus rostros cambiaron. Confusión. Dolor. Y luego… resolución. Sus recuerdos habían sido reescritos.
Kael bajó lentamente la mano, mientras los ecos del hechizo se disipaban en la brisa.
Se volvió ligeramente hacia el conde, sin mostrarle el rostro.
—Mas si han de hablar de guerra… que su carne lleve la prueba de ello.
Y alzó de nuevo la mano, dejando que la manga larga de su túnica cayera hasta su codo.
Con voz más baja, como un rugido contenido entre dientes, pronunció:
—"Vaęl’kĥař đräsƴh zyňfþar ômthal·l veƴran'du shæel."
El viento se detuvo. Un silencio antinatural cubrió los jardines como una manta densa. Y de pronto… un segundo pulso de magia se liberó.
No fue humo esta vez, sino una ráfaga de sombras líquidas que surcó el aire, ondulante, como sangre negra corriendo por el viento. La energía se adentró en los cuerpos de los soldados, atravesando sus armaduras, sus pieles, sus memorias.
Uno a uno, los hombres se estremecieron. Gritos apagados se alzaron, no de dolor, sino de impacto.
Heridas comenzaron a abrirse en sus brazos, en sus piernas, algunas en sus costillas. Cortes perfectamente calculados. Rasguños que parecían de espadas. Quemaduras que parecían obra de fuego. Moretones oscuros se extendieron bajo las pieles como si hubiesen recibido impactos violentos. Pero ninguna herida mortal. Todo, cuidadosamente orquestado.
Los soldados cayeron de rodillas, algunos jadeando, otros temblando. Algunas heridas con sangre. La ilusión perfecta de un combate encarnizado.
Kael bajó lentamente la mano.
—Vuestros cuerpos ahora narran lo que vuestros labios deben sostener. El Reino sabrá que aquí hubo resistencia. Que Draceryn luchó… y cayó.
El conde observó la escena, pasmado.
A sus pies, los hombres de la Casa Draceryn yacían heridos pero vivos, marcados por un combate que jamás existió… aunque en sus corazones jurarían lo contrario. Respiraban con dificultad, se tocaban las contusiones y heridas con asombro, y en sus ojos brillaba ese temor reverente de quien ha rozado la muerte. No era teatro. Era convicción. Ellos creían.
Y no era para menos.
En sus mentes, cada uno de ellos albergaba ahora el mismo recuerdo: la imagen nítida de un enemigo encapuchado, con movimientos imposibles, el calor de un fuego que jamás ardió, el filo de una espada que nunca los cortó. Todos narrarían el mismo combate, los mismos gritos, las mismas bajas, la misma rendición estratégica dictada por el conde… todo, con idéntica precisión. Kael se había encargado de armonizar cada una de sus memorias como si tejiera un único recuerdo con mil hilos diferentes.
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Editado: 07.01.2026