El Asesinato de Sebastián Juniper

Prólogo

Eran las 7, tal vez las 8 de la noche del primer martes de agosto. Me dirigía a casa después de un agotador día de trabajo en el valle del Loira.

Las cosas en la comisaría se habían puesto pesadas, la noticia de una nueva víctima a manos del asesino de las vendas puso al pueblo patas arriba. Aunque no era de por aquí, si no del norte, más allá de Santermor, una llamada de un supuesto avistamiento en el centro convirtió las pacificas calles del valle en un caos. Llamada tras llamada entraba y salía con supuestas apariciones del criminal.

No llevaba mucho tiempo trabajando aquí con la policía de Loira. En febrero había terminado mis estudios y apenas un par de semanas después había conseguido el puesto como ayudante del oficial Umberto. Gracias a mi madre realmente, a ella y a sus amigas, y amigos de amigas por supuesto.

Recuerdo sus ansias el día que me aceptaron; yo por otra parte, no sabía si realmente quería estar aquí entre criminales e historias horribles. pero mi madre necesitaba el dinero para el hogar y yo despejar la mente. O solo no sentirme como un inútil.

Aunque lleve un poco más de 3 meses, realmente se podría decir que hoy fue mi primer día. Por lo menos como un oficial real. Suelo dedicarme a únicamente atender llamadas, quedarme en el auto y comprar una que otra cosa para Umberto; ya saben, cajetillas de cigarros o un café de vez en cuando.

Como decía. Recibimos una llamada a eso de las 2 de la tarde que nos hizo salir volando rumbo a la Avenida 5, por un supuesto delito en marcha. Al llegar, Umberto, como cualquier otro día entro a la pequeña casa de madera blanca y latas amontonadas con olor a moho de la señora Flores.

Al pasar los minutos, mientras esperaba su regreso en la patrulla revisaba mi bandeja de mensajes, había estado esperando el mensaje de una mujer con la que me solía ver ocasionalmente hace unas semanas y tras una discusión el domingo pasado nos habíamos distanciado.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos por el insoportable ladrido de un viejo chihuahua que se escondía tras la reja que cubría el patio de la señora, parecía un soldado protegiendo sus tierras dando vueltas y brincos sin parar de defender lo suyo, hasta que dejo de corretear y cambio su ladrido agudo a un gruñido áspero, intenté enfocarme en lo que veía el pequeño soldado; poco a poco noté una mano negra abrirse paso por la ventana del costado de la casucha.

Desearía no tener que decir que mi primer pensamiento al verlo fue: llamen a la policía para después pensar en absolutamente nada, mi mente se había quedado en blanco, tal vez negro. Cuando por fin reaccione saque mi teléfono, mientras que con una mano llamaba a Umberto, con la otra me limpiaba el sudor de la frente.

Contesta, contesta, contesta repetía en mi mente una y otra vez hasta que, con un sonido tan angustiante como el de la alarma a primera hora de la mañana el celular me avisaba que mi compañero había rechazado la llamada. Mierda, mierda, mierda pensaba a la vez que veía como el intruso lograba sacar cada vez más su cuerpo. Marqué a la comisaría con todas mis esperanzas en su respuesta, pero apenas escucharon mi voz y la línea desde la que marcaba se rieron y colgaron sin oírme.

A duras penas pude ver al muchacho que llevaba una capucha negra de pies a cabeza y se encontraba ya con casi todo el cuerpo afuera. Se suponía que ese era el momento de salir y hacer mí trabajo, lamentablemente las agallas características de un oficial no se me habían desarrollado al completo. Mis piernas y brazos temblaban mientras yo seguía sin decidir que hacer; él encapuchado por otro lado ya se encontraba afuera y a punto de cruzar la valla.

Ni siquiera tengo un arma 'Pensaba mientras acomodaba mis gafas que se me había resbalado por el sudor y el tambaleo.

Joder, Joder, Joder... gritaba en mi cabeza mientras apretaba la manija de la patrulla; la baje rápidamente y salte hacía afuera. En la calle con los 2 pies en el suelo, pero mentalmente en cualquier otro lugar, me sacudí el uniforme y acomode la placa como si fuese un policía real; lo mismo abra pensado el desconocido porque, al apenas notar mi presencia, salió disparado como si tuviera un cohete entre las nalgas.

La primera reacción sería ir tras él, especialmente la de un oficial de la ley, pero su servidor no. En cambio, empecé a gritarle a Umberto una y otra vez a todo pulmón. Cuando por fin logro escucharme -quiero creer- se asomó discretamente por la ventana. Habrá notado mis saltos y movimientos de mano desesperados hacía todas direcciones por llamar su atención porque en menos de diez segundos había saltado de la puerta de la señora tras el criminal; que ya nos llevaba medía calle de distancia de ventaja.

Umberto corrió a por él a todo lo sus piernas le permitía. Yo le seguí.

Corrimos calle tras calle por unos doscientos metros hasta que el hombre en su desesperación por escapar dejo de prestar atención a donde buscaba esconderse ya que termino cruzando entre la avenida 8 y 9, llegando a una calle sin salida donde termino acorralándose solo.

Umberto que ya tenía su edad se había detenido en la esquina, a unos cuarenta metros antes de aquel hueco donde nos encontrábamos el sospechoso y yo solos. Avance lentamente en su dirección, a lo lejos escuchaba a mi compañero gritar algo que mi mente no podía procesar; cada vez más cerca mi mente se dispersaba más, hasta que inconscientemente me le lance encima de un golpe.

Encima de él, me acomodaba para quitarle la capucha, mi mente se llenaba de los quejidos del hombre por culpa de mi peso, no peso mucho, de hecho, peso muy poco, pero creo que al igual que yo; ambos estábamos extremadamente asustados. Al por fin lograr descubrirle el rostro, pude ver a tan solo un chico, de no más de trece años, víctima de las consecuencias que acababa de cometer.

No paraba de gritar Suéltame totalmente hundido en la desesperación mientras se sacudía de un lado a otro debajo de mí como una cucaracha después de recibir una buena rociada de veneno.




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