Umberto se hizo cargo, llamo a la caballería que no tardaron más de diez minutos en aparecer después de escuchar el crimen, o la víctima. Yo, me vi obligado a dejar a la delicada Margarita a de la que no me despegaba desde nuestra caída al piso; mientras la atendían, esperé afuera junto al joven, Mathías Juniper. Las lágrimas en la cara del muchacho me conmovían mientras esperaba noticias acerca de su madre.
Los rumores no se hicieron de esperar, unos minutos después de la llegada de todos, el boca a boca se encargó de esparcir el claro sospechoso, el asesino de las vendas. Al igual que sus anteriores victimas tapaba los ojos de sus presas al final, es este caso lo cubrió por completo; esto es lo que empezó a divulgar la prensa de Loira que hay se apilaban como buitres en el portón de la casa.
El solo pensar en que ese asesino a sueldo estuviese entre el calmado valle me helaba la piel, era tanto el horror que me hacía olvidar de todo lo vivido esos últimos 40 minutos. Pensé en mi madre que se encontraba sola limpiando el hogar que injustamente me encargaba cada noche de desacomodar, mi pobre y sola madre, no podría ni intentar defenderse contra alguien así; estúpidamente también pensé en la mujer que parecía haberme roto el corazón, o eso pensaba.
En mi cabeza pasaban miles de horribles pensamientos que debería de controlar, lamentablemente un impulso se adueñó de mi cuerpo y se levantó de la silla en la que esperaba.
Note en mi nuca la mirada del pobre Mathías comiéndome, parecía que sentía lastima por mí cuando el que acababa de perder a su padre era él, creo que se debía a mi insostenible postura que tambaleaba de un lado a otro, o tal vez, los cientos de espasmos que se producían en mi rostro, cerrando, abriendo sin ningún tipo de orden aparente ojos y boca como un loco.
Camine sin rumbo un rato entre la docena de policías y médicos que rondaban el lugar, nadie parecía darse cuenta de mi existencia, ni siquiera yo parecía darme cuenta. Por las ventanas se lograban apreciar los flashes de algunas cámaras a lo lejos que me hacían entrecerrar los ojos de la irritación hasta que alguien me agarro del brazo y me llevo de nuevo al segundo piso. Repetía mi nombre una y otra vez hasta grada por grada hasta que le vi, era Umberto que me apretaba el brazo mientras me hablaba de algo que no llegue a entender probablemente porque la primera mitad de la conversación me encontraba ido en mi propia cabeza.
Cuando llegamos, soltó mi brazo para que al instante otro oficial me tomase de nuevo, me movió cerca de la habitación; donde por fin pude ver de nuevo a la señorita que se encontraba sentada con un par de médicos a la par, no podía verle el rostro, pero si como su pecho se inflaba y su espalda se arqueaba más rápido de lo que debería, al igual que su ropa manchada por las lágrimas y el maquillaje que derramaba.
Una voz ronca y fuerte me llamó hacía el interior de la habitación de nuevo donde ya el forense y su equipo se encargaban de Sebastián. – Muchacho – soltó con una palmada pesada en la espalda que casi me hacía salir volando, era Hércules Myer, el jefe de policía, un británico de color que había nacido en Loira hace ya más de 50 años.
– Ven para acá muchacho – ordenó mientras se sentaba en la cama a un lado del cadáver.
Por un momento pensé que el cuerpo saldría volando por el tamaño y peso de Hércules que con solo posarse ya había hundido la cama.
– S-s-sí señor – tartamudee mientras me acercaba lentamente hacía su frente, perfecto para ver su seria cara, y al muerto.
– ¿Por qué no me cuenta un poco lo que sucedió muchacho?
Empecé a relatar lo sucedido durante las últimas horas, sin ningún reparo en detalles, desde mi desayuno hasta la revelación del asesinato. Todo tal cual lo relate anteriormente, quitando una que otra observación sobre la belleza de Margarita Juniper claro está. Pude notar como me juzgaba con su mirada mientras se ocultaba detrás de sus manos mientras se mordisqueaba las uñas.
– ¿Cuándo entró no vio nada en la estantería, cama o suelo?
– Vi a un muerto si a eso se refiere
– Drogas muchacho, verá
– El muchacho ya dijo todo lo que vio. ¿no cree que ya fue suficiente Myer? – rugió Umberto desde la puerta donde acaba de aparecer.
Se acerco hacía nosotros y me levantó después de que el jefe se lo confirmara con un movimiento de cabeza y un gruñido como si fuesen animales.
Afuera, en el primer piso me explico lo que la mujer había declarado; llamó a la ley debido a que la última vez que Sebastián se había encerrado a solas en la habitación consumió la coca suficiente para matarlo, lamentablemente el pintor solía resistirse a la muerte y sucumbir a los instintos de la violencia. Mostró como prueba, su espalda marcada viejas y nuevas heridas, parecía que solía golpearla con una faja ya que partes de su piel se habían ido con cada latigazo.
– Hemos revisado la habitación de arriba abajo sin rastro alguno de drogar – replicó agarrándome de los hombros como si me estuviese pidiendo ayuda
– Algunos piensan que el imbécil se la acabó toda, pero la verdad es que los exámenes llegaran hasta dentro de unos días y si ya las cosas están tensas por el supuesto asesino... No quiero ni imaginar si el valle llega a enterarse sobre un asesinato por narco
Pude ver como el sudor le brotaba de la frente como si ocultara algo más allá de lo que decía.
– Mierda – replique después de escucharlo.
– Escúchame, tienes que recordarlo bien – Dijo mientras me movía a una esquina donde poco o nada pudiesen escuchar los demás. – Si esto no es un asesinato por narco, lo que ya es malo, la gente pensará en el maldito de las vendas, ¿Sabes qué pasará si es así?
Afirme con la cabeza mientras me encogía entre sus brazos que apretaban mis hombros cada vez más.
– Me alegro de que sepas chico, ahora piensa en el infierno que sería si no es ninguna y es algo peor
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Editado: 18.01.2026