El Asesinato de Sebastián Juniper

La familia Juniper. Y allegados

Dos días después del asesinato del pintor las cosas en el valle no habían mejorado. Las calles llenas de gente y las plazas donde jugaban los niños se encontraban vacías. Mi madre que había evitado que fuese a trabajar por "mi bien" había llorado toda la noche en una ruidosa llamada con las vecinas, pensaban que había un asesino suelto en el valle.

Aunque me tratase de detener al ir a la comisaría, bien se jactaba con las demás señoras del barrio que su hijo iba a detener al criminal.

En la comisaría, Umberto y yo nos alistábamos para marchar a la gran casa de los Juniper con los que nos reuniríamos para según Hércules dejar a la familia en paz de una vez y dejarlo pasar.

– Viejo – gritó Amanda desde una de las habitaciones de reuniones.

Umberto fue mientras yo bajaba a donde mi compañero parqueaba el auto. En la acera, un hombre resaltaba en las solitarias calles. Un señor con sombrero gris y tela negra a juego con un lujoso traje formal; cuando se acercó agarro la copa de su gorro y lo movió suavemente a un lado en forma de saludo – Buen día – dijo antes de entrar a la comisaría.

Umberto salió unos minutos después y nos dirigimos a lo alto del valle.

Llegamos a la casa a eso de las nueve y media aproximadamente. En lo que mi compañero entraba, yo me tome el tiempo en saludar a los perros que pareciese que se acordaban de mí; unos minutos después.

En la sala de estar donde tomaba el sol el viejo la mañana del crimen, ahora estaba ocupada por un variado grupo de personas, la mayoría con mala cara. Antes de partir, Amanda nos había comentado que al realizar las llamadas para la reunión uno que otro se había puesto bastante violento. Hubiese apostado por el anciano, pero por lo que parecía, este ni siquiera hablara.

Al otro lado de la casa, en la cocina, Umberto se encontraba sentado en una de las finas sillas de madera blanca alrededor de una gran mesa circular con su centro hecho de vidrio grueso. Margarita Juniper se encontraba apoyada en el comedor en la esquina de la habitación; la noche anterior había velado a su marido en esa misma casa, sus ojeras delataban su estado que intentaba ocultar con una sonrisa amable y bases de maquillaje.

Mi compañero había puesto una grabadora en el centro de la mesa mientras le explicábamos el procedimiento.

– Les puedo ofrecer algo – nos interrumpió con una suave voz.

Yo rechace la propuesta, a diferencia de Umberto que con todo el descaro del mundo le pidió un café y dos sándwiches sobándose su gran barriga.

– ¿Qué le parece si nos cuenta un poco sobre la noche del martes? – 'Pregunté.

Mientras alistaba el agua para la cafetera empezó recitar los sucesos de la noche del asesinato – Bueno, esa mañana me mataba el dolor de espalda por lo que decidí no levantarme hasta que Mathías quiso almorzar. – Pauso para sacar de la nevera un par de verduras – ¿Pueden creer que un muchacho de dieciséis no pueda ni siquiera hacerse comida? – preguntó

Ambos seguíamos expectantes ante lo que decía.

– Eso es culpa de Sebastián, ambos se mal acostumbraron a no hacer nada en la casa

– Tal vez, podemos remontarnos a la noche donde se reunieron todos – interrumpió Umberto

Margarita hizo una mala cara y prosiguió – Si no mal recuerdo, llegamos Ariana, mi hijo y yo en el coche de ella a eso de las siete, siete treinta. Sebastián estaba en Aubrelle por negocios, llegó al pueblo esa tarde. Antonio llegó después con Carlos y Gabriel.

– Realmente fue una noche muy normal saben – suspiró mientras le dejaba un plato con pan a Umberto.

– ¿Cómo era su relación con su esposo? – pregunté.

Me volvió a ver con una mirada que mezclaba rechazo al tema pero que realmente luchaba por aguantarse las lágrimas.

– Mi marido era una persona sensible, ya saben cómo son los artistas, nada grave.

– Que hay con sobre las mar...

– Nuestro terapeuta ya nos había ayudado – alzo la voz molesta.

– ¿Terapeuta? – intervino Umberto. – ¿Podría brindarnos el nombre del terapeuta?

Apuntamos un par de cosas más, todas insignificantes a mi parecer. Ambos parecíamos seguros de su inocencia y la historia de la noche del crimen más que nada reveladora, era aburría. Realmente no creíamos que ninguno fuera culpable, mucho menos alguien como Margarita.

La señorita se retiró no sin antes ayudar a su padre a llegar a la silla más cercana a la sala, tuvimos que mover un poco la grabadora para que se escuchase el viejo.

El hombre cojo de unos setenta años tenía arrugas sobre las arrugas, un par de pelos blancos en la cresta de la cabeza, sin mencionar la cara de culo que llevaba puesta siempre.

– Señor Morales, un placer – dije extendiéndole mi mano para saludarle. Este contesto con un gruñido enseñando sus pocos dientes como si fuese un perro.

– ¿Qué quieren? – gruño

Al parecer sí que hablaba el anciano.

– Señor, queremos saber que hizo la noche del lunes mientras la familia no estaba presente – pregunté lo más amable que pude conteniéndome de alzar mi voz.

– Que mierda cree que estuve haciendo – Gritó con su voz ronca señalando sus piernas con el bastón con el que se movía. – Sali a correr con la vecina porque me dieron ganas de usar mis piernas – remato la frase con un insulto que prefiero no repetir.

Una risilla se escuchó al otro lado de la habitación, intente averiguar quién era, pero Umberto dijo que no le prestara atención.

Antes de que me diera cuenta ambos señores ya habían empezado a discutir.

– ¿Es usted padre? – tiró el anciano

– No señor – contestó Umberto

– Se le nota, cargar con el peso de una familia ya te digo que no te deja así – dijo burlón señalando con el bastón la panza de mi compañero.

Umberto enojado contratacó levantándose para mostrarle las piernas.

El viejo se había agarrado color y forma de tomate viejo a punto de explotar de la ira.

Tuve que intervenir cuando dejaron de sonar como personas civilizadas y la conversación se había limitado a insultos y gruñidos.




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