El Asesinato de Sebastián Juniper

La carta

El extraño se incorporó a nosotros como perro por su casa en la sala de estar. Me di la vuelta para retirarnos de la melancólica o quizás con la llegada de este extraño, disparatada escena. Una mano se posó sobre mi hombre para detener mi paso, Umberto que no se había movido del barandal de las gradas, a unos cuantos pasos de la acción, me había cogido del hombro para acompañarlo.

Las caras de todos dentro eran de película, solo que no me atrevería decir de que tipo. Unos parecían estar a poco de quebrarse a llorar, o por lo menos su esposa y su amigo Gabriel.

Margarita se levantó de un brinco al escuchar al desconocido mencionar al fallecido pintor y adentrarse a la sala sin permiso.

– Disculpe – Grito. – ¿es esto una clase de broma?

Carlos, con una botella de alcohol en la mano se acomodaba en el sillón a la vez que reía como si acabase de escuchar la ultima broma en una noche de amigos antes de ser atacado por la resaca. El anciano que estaba a su derecha le arrebató la botella al ver su incontrolable situación.

Arianna y Antonio que hasta entonces parecían solo ponerse atención uno al otro, acudieron a el rescate cuando Margarita en media confrontación se había quebrado a llorar. De no haber ido ella, no sabría cuanto pude de haber aguantado antes de correr yo a darle mi pecho para llorar.

– Disculpe señor, pero creo que debería de marcharse en este momento – amenazó Antonio que se acercaba a este cada vez más.

El misterioso hombre que le sacaba una cabeza de altura a Antonio, lo veía desde arriba con una sonrisilla burlona sin dejarse influenciar por su intentó de amenaza. – Solo intentó ayudar.

– ¿Ayudar? – Preguntaron todos al unísono como el coro de una iglesia.

– Ayudar a Sebastián. Como me lo pidió

Carlos al escucharlo había empezado a reírse a gritos de nuevo. – Hasta enterrado nos sigue sorprendiendo el bastardo – intentaba decir entre sus carcajadas.

– ¿Muerto? – susurraba para si mismo mientras jugaba con su puntiaguda barba. – Interesante, realmente interesante – repetía una y otra vez mientras deambulaba por la habitación.

– Disculpe, ¿Qué es interesante? – Interrumpí

– Verá usted – paro sus vueltas por la sala para verme fijamente, después echo una mirada a todos los presentes. Su mirada parecía perdida, como si no estuviese presente aquí, pero a la vez parecía estar extremadamente atento, como un gato.

– ¡Ustedes! – guardo unos segundos silencios – No, no, aun no. – volvía a hablar consigo mismo mientras se tocaba la cabeza con una sonrisa genuina de sorpresa.

– ¿Quién es usted? – volvió a gritar el Moreno más cercano al extraño.

– ¿Yo? – Sonrió mientras se acomodaba su corto pelo para adelante – Yo soy…

– ¡Lance Prado! – interrumpió Arianna.

El hombre perdió su sonrisa y arqueo su ceja, volteo rápidamente hacía la mujer y la fulmino con su mirada. – Lance Prado, el mismo – dijo, devolviéndole una amable sonrisa a Arianna que parecía asustada.

Volvió a girar como si observase a todos los presentes, incluyéndonos a mí y a mí compañero. Con una cara de piedra con la que asustaba a todos para frente a la ventana – Soy un detective de por aquí y por halla, realmente de muy para haya. – hablaba como si estuviese exponiendo para un inexistente público. – no importa de dónde vengo, si no por qué vengo. – Giró de nuevo hacía la sala donde todos lo escuchábamos expectantes de su dramatismo.

Camino hacía Margarita que seguía inundada en lágrimas en los brazos de Arianna; saco de una de las tantas bolsas de su gabardina un pequeño sobre color vino que entregó a las mujeres con delicadez. – La pasada tarde del jueves, a la hora del café fui interrumpido por un cartero; nuevo en mi pueblo, un joven bastante simpático he de decir, pero no importante para el caso. – de nuevo empezaba a dar vueltas por la habitación. – Me entrego una carta con los sellos del pequeño valle de Loira, y con un título bastante angustiante y extremista – río – «Urgente» y justo por debajo «Vida o muerte» - Tomó aire para proseguir con su discurso – Bueno, he de decir que recibo varias propuestas, pero hubo algo en esta por lo que no me pude contener a leerla y a decir verdad el incentivo económico que me ofreció por estar aquí presente hoy fue, en su totalidad motivador.

Ariana que apoyaba a la señora Juniper la dejo por un momento de lado para levantar su mano; Prado que había parado su discurso al verla se quedó extrañado por la mujer.

– Si, sí. ¿Qué hace? – preguntó sorprendido de ver a aquella mujer con pinta fuerte pedir permiso para hablar, me acerqué a su lado y le comenté acerca de la muy evidente inseguridad de Arianna – Si querida. ¡Adelante por favor!

– ¿Fue usted el que descubrió al ladrón del museo de Vicente?

La sala se lleno de un silencio pesado, los presenten dentro volvían a verse entre todos expectantes. Yo que seguía a la par de Prado esperaba con ansias su respuesta.

– Efectivamente señora, su servidor

En su momento, Loira se había llenado de habladurías y rumores acerca de la misteriosa desaparición del gran Jaguar de jade, una hermosa escultura con ojos de zafiro que había desaparecido de la noche a la mañana sin ni un solo indicio. Semanas después, a como se había ido la piedra, había regresado; en un abrir y cerrar de ojos.




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