El Asesinato de Sebastián Juniper

La Habitación Cerrada

Nos adentramos en la habitación del crimen. Prado empezó, al igual que antes en la entrada principal, a observar de arriba abajo cada parte del cuarto como si fuese un sabueso se tiraba al suelo como si olfatease las pruebas.

Por un momento pensé que habíamos pasado por lo menos la mitad del día ahí, pero la verdad es que no llevábamos más de media hora. Me mantuve quieto y en silencio como una estatua al lado de la puerta viendo como este hacía lo que sea que estuviera haciendo.

De un pronto a otro se volteó bruscamente hacía mí, por fin abría la boca después de ese largo rato en silencio. Me pidió reconstruir la escena de aquel día desde que entre a la casa hasta que salí de la comisaria; preguntaba por cada detalle posible, desde la cantidad de golpes a la puerta, hasta la hora de llegada de Umberto con Mathías.

Intenté no comerme ni el más mínimo detalle, aunque duraba bastante en responder alguna que otra intentando dar la mejor cantidad de detalles posibles, también fue de bastante ayuda el haber anotado todo en las páginas anteriores.

Me quede sorprendido con la rara pregunta que me lanzo después de haber terminado el relato:

– ¿Sabe usted su peso?

Le volví a ver, sin entender que tenía que ver aquello con la escena ni la investigación, pero ahí estaba el, como nada esperando una respuesta con una ligera sonrisa y esa mirada penetrante que me ponía de nervios.

– Creo que unos sesenta, tal vez sesenta y cinco kilos – Respondí con una mano en el estomagó como si lo estuviese pesando.

– ¿Sesenta o sesenta y cinco? – Dijo seriamente.

– Desde que entre a trabajar he comido bastante mal señor y ciertamente no venía con el dato en mente

Dio media vuelta y continúo revisando la habitación dejándome con la duda sobre aquella pregunta. Se movía de un lado a otro; poco a poco note como su expresión había cambiado, un porte seguro y confiado se había transformado en uno enojado, casi afligido diría, arqueaba su ceja y se rascaba la cabeza como si algo le hubiese molestado.

– Entonces el muerto estaba en la cama, ¿correcto?

– Correcto

– Tapado de pies a cabeza con una manta, ¿correcto?

– Y el cuchillo penetraba la sabana o había sido colocada encima

– La penetraba… creo

– Cree? – Me volteó a mirar de nuevo de esa manera tan incomoda

– No… Estoy seguro de que la penetraba – Afirme.

– Entonces podemos descartar un posible suicidio

– ¿Cree usted?

– No solo creo, lo sé. – dijo mientras caminaba hacía la cama.

Al llegar se puso de cuclillas a contemplar la sabana – Así como sé, que alguno de los presentes en esta casa fue el culpable de asesinar al pobre desgraciado – soltó

– ¿Qué? – pregunté genuinamente sorprendido de aquella acusación tan gratuita.

– Verá usted

Este se levantó y se acostó en la cama como una roca, pidió que me acercase con una extraña solicitud – Finja apuñalarme – dijo con una sonrisa mientras se ponía cómodo en el colchón.

– ¿Qué?

– Vamos, no tenga miedo – contestó mientras cerraba los ojos – No me va a matar… espero – añadió.

Sin querer llevarle la contraria, hice caso a su orden y actué de asesino, levanté mi brazo e incrusté de un golpe el imaginario puñal.

Prado lanzo una risilla antes de pedir el mismo favor, pero con una gran diferencia – Ahora quiero que apuñale a su madre.

– ¿Qué? – grité – ¡Qué clase de broma es esto!

– ¡Vamos!

Volví a subir mis manos y tire hacía su pecho sin ningún cambio.

– ¡Vamos! Ni siquiera lo esté intentando. – Alzo su voz – Quiero que cierre sus ojos y ponga la cara de su madre en mi rostro. Ahora – dijo con voz severa.

Rápidamente alcé mis manos, cerré mis ojos e intenté concentrarme en lo que me había pedido. Pensaba en mi madre, en su rostro; en cómo me sentiría si muriera, ¿cómo reaccionaría ella si me encontrará haciendo tal cosa?

He de admitir que abre soltado una que otra lagrima.

Cuando por fin abrí mis ojos, presencie ahí a mi madre, postrada en la cama justo donde Lance estaba hace unos instantes. No quería verla, no podía, no por lo que estaba a punto de hacer. Volví a cerrar mis ojos y… El sonido de mis puños chocando con el pecho de Prado me hizo destapar los ojos de nuevo.

Prado, se quedo en silencio después de aquel golpe, pensé que me había sobrepasado, pero este remordimiento se esfumo en segundos cuando empezó a reírse con un tono tan jocoso que solo hacía que me confundiese más.

Creo que hasta por un momento saco su lengua fingiendo su muerte, era desesperante. No podía evitar pensar que estarían pensando los Juniper al escuchar risas y gritos de la habitación del muerto, era tan faltoso.

– ¿Lo notó?

– ¿Qué?

– Vamos, piense, piense. – tocó con su dedo mi cabeza – ¿Cuál fue la diferencia entre matar a uno o a otro? – Después de unos segundos de pensar en silencio este volvió a hablar – La mirada, chico, la mirada.




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