Ambos bajamos las gradas hacía la sala donde el caos se había disipado. Gabriel hablaba con Margarita, seguía muy afectada por todo, hace poco menos de cuatro días había perdido a Sebastián; aun y siendo el bastardo que era, no creo que la mejor solución fuese acabar con su vida.
Se me hacía imposible el pensar que alguno de ellos era culpable de tal crimen, pero según la teoría de Prado, estábamos todos en la boca del lobo.
Nos acercamos, le solicitamos si podía acompañarnos arriba; Umberto estaba ahí esperando por mí – ¿Todo bien muchacho? – preguntó agarrándome del brazo. Seguro pensaba que habíamos terminado, pero la verdad es que apenas comenzábamos, o por lo menos eso pensaba. Asentí.
– Diría que va a ser un día largo señor – Dijo Prado metiéndose en la conversación. – Oficial, ya que esta podría usted conseguirme las grabaciones de seguridad.
– Solo hay una cámara – replico Umberto con mala cara
– ¿Y?
– Puedo pasársela luego si desea – Dijo Maragarita. – Si cree que puede ayudar a atrapar al culpable – agrego.
– No quisiera molestarla más de lo que ya he hecho señorita. – Dijo Lance con una acogedora voz mientras reposaba su brazo en la espalda de la mujer – Ha pasado por mucho esta semana, creo que la policía se puede encargar esta vez
Margarita asintió y, Umberto, que pareciese obstinado de las ordenes de Lance calló y con una mirada de tregua acordó conseguir las grabaciones.
Prado guío a Margarita con su brazo hacía arriba – En cambio, hay un pequeño favor suyo con el que si necesito su ayuda. – Margarita volvió a asentir. – Verá, esta mañana cuando me asome por la puerta llegue a ver a un pequeño intruso espiando a la policía.
– Mi hijo, Mathías. – Contestó con tono brusco y rápido como si le estuviese defendiendo. – Se supone que estaba durmiendo. – Agrego con calma cuando notó a Lance viéndola. – Ha pasado muy mal estas noches. Amaba a su padre, sabe lo que es perder a un padre a tan corta edad. Ni siquiera yo sé cómo ayudarle
– Lo entiendo. Yo perdí al mío a los quince, pero estoy seguro de que el, al igual que usted y todos los aquí presentes en esta casa estará deseosos de hallar al culpable de toda esta desgracia y darle la paz que merece. Estoy seguro de que comprende, ¿verdad?
– Yo… Yo no sé si sea lo mejor. – dijo viéndonos con una cara de inseguridad difícil de llevarle la contraria. Di un paso al frente – Margarita – Interrumpí. – Lo lamento. Señora Juniper, será solo un momento, le juro que no molestaremos mucho al muchacho.
– Esta bien – Acepto con sus bellos ojos puestos en mí, ojos que empezaron a llorar de nuevo, derramando aún más su maquillaje ya manchado.
Nos acercamos a la habitación del joven. Antes de tocar la puerta, la señora nos detuvo solicitándonos, con el corazón en las manos, que tuviéramos el mayor tacto posible que pudiésemos con su hijo, como si fuera nuestro.
Tres toques en la puerta después el pequeño joven delgado, de piel pálida y cabellera negra nos abrió la puerta invitándonos a pasar; tenía una cara difícil de descifrar, confiado, pero con una tristeza difícil de ocultar. ¿Sabría que en cualquier momento íbamos a llegar por él?
Entre detrás del joven, la señora y Prado se habían quedado hablando atrás. No llegaba a escuchar que decían, tal vez tuve que haberme quedado con ellos; pude deducir al ver la cara de Margarita que fuese lo que fuese no le agradaba. Creo que Lance le había solicitado dejarnos a solas con Mathías, y supongo que acepto ya que se marchó dejándonos solos después de unas subidas de tono.
El detective entró y se sentó en el suelo a los pies de la cama, como si fuera un niño. Yo por otro lado me había quedado de pie, con la libreta en mano hasta que noté que Prado me observaba y con sus gruesos dedos me ordenaba sentarme a su lado en el piso de madera. Mathías se sobreponía a nosotros, sentado encima de su cama viéndonos como un rey a sus súbditos.
Por alguna razón, Prado me pidió la libreta por lo que intentaré hacer mi mayor esfuerzo en reescribir las preguntas tal cual las recuerdo.
– Hola chico. – dijo Lance con una voz diferente a la que venía usando, como si fuese una herramienta. – ¿Cómo estás? – preguntó.
– ¿Qué? – Gritó el chico. – ¿Como cree que estoy? – agregó con tono severo, pero asegurándose de cuidar el volumen para que los demás no le escuchasen. – ¿Qué tipo de pregunta es esa?... Digo, pensé que usted era el inteligente ¿No?
Su indescifrable cara dejo de ser un misterio y se convirtió en arrogancia, por alguna razón. He escuchado que todos llevamos el duelo diferente, pero no creo conocer a alguien que lo hiciese como el joven.
– Veo que me conoce – fanfarroneo Prado.
Mathías contestó recitando de memoria varias noticias y casos relacionados al detective; desde asesinatos resueltos hasta objetos desaparecidos hallados en un par de minutos.
Dos cosas me dejaron sin palabras en ese momento. Lo primero fue escuchar al muchacho hablar como si este nos estuviera interrogando a nosotros, con un tono casi falso como el que Prado ya había demostrado ser maestro, utilizándolo un par de veces ese día; lo segundo fue que, el gran Lance Prado del que contaba esas hazañas, no parecía ser el mismo hombre con el que ahora trabajaba.
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Editado: 28.02.2026