El Asesinato de Sebastián Juniper

La misteriosa casa

Ambos empezamos a bajar por las calles del Loira, y aunque Prado era el extranjero en el pueblo, yo me encontraba siguiéndole como si el foráneo fuese yo.

Caminamos por un boulevard lleno de luces y telas de distintos colores que adornaban el techo, prensadas entre local y local para las ventas. Prado se detenía a ver cada uno de los artilugios hechos a mano por las madres del valle. Normalmente pasar el canal, tomaba a lo mucho entre cinco a diez minutos, con el detective sacando conversación con cada uno del pueblo este trayecto nos quitó casi cuarenta minutos de nuestro día.

Al terminar de ver cada manualidad llegamos al final del boulevard, justo a los pies del ferrocarril, una parada oxidada y vieja que llevaba a la ciudad más cercana, a unas dos horas de viaje. Pensé que daríamos vuelta en alguna cuadra cercana para investigar alguna pista, en cambio siguió directo con sus botas, siempre vestido como una caricatura, se terminó adentrando en la estación donde compró 2 boletos para Aubrelle a unos cien kilómetros.

– Disculpé señor – interrumpí sujetando su brazo – Porque estamos yendo hacía…

– Si le digo ahora, cuál sería la gracia. – soltó mientras se apartaba y se acomodaba en los sucios asientos de lana del ferrocarril.

Me senté frente a él, deje un bolsillo viejo de cuero donde guardo esta libreta entre los pies y me puse a escribir. Para este momento ya me estaba empezando a crear una idea quien podría ser el asesino; Ambas mujeres eran demasiado delicadas para aquel crimen, mientras el niño y el anciano eran descartados, aun a pesar del extraño comportamiento de ambos la idea del hombre que no puede caminar o el hijo que amaba a su padre me parecían lo suficientemente fuerte para creer.

Prado estaba en frente mío, se había puesto las gafas para ponerse con un libro, El nombre de la rosa, parecía que se lo iba a comer en algún momento de la atención que le prestaba. Por momentos lo dejaba y volvía a ver con la boca y ojos abiertos los hermosos ríos que dividían el amarillento valle, una que otra vez me lanzaba una pequeña patada para que lo acompañase a apreciar los animales que rara vez se dejaban ver en esta época.

– Aagghh – gruño suavemente debajo de su libro

Intenté no prestar mucha atención, pero cada vez se hacían más y más evidentes, bajé mi celular y le miré, seguía adentro de su libro por lo que termine regresando de nuevo al teléfono donde me había por fin llegado un mensaje de la mujer con la que salía, después de todas las noticias quería saber que había pasado conmigo y como estaba; no conteste mucho, prefiero cerrar esto para regresar a mi vida normal. Para regresar con ella.

– ¿Crees en Dios chico?

Preguntó Prado que había bajado su libro, quitado sus gafas y tomado otra postura para la conversación.

– Por supuesto – contesté sin pensarlo. De nuevo, sin entender el porqué de la pregunta.

Se quedo en silencio de nuevo como si la conversación acabase de terminar, se mecía suavemente hacía atrás y delante en su asiento con una mueca, apretaba sus labios como si estuviese pensando alguna tontería, como la que acababa de preguntar.

– ¿Por qué la pregunta?

– El libro que leía, un joven monaguillo y su mentor intentan resolver el asesinato de un monje. Como usted y yo, solo que ambos somos los mentores.

Me le quede mirando, apretando los labios para evitar reírme. Lo noto rápidamente y me gano explotando a carcajadas primero. La risa que contenía se disparó, pero al contrario que al detective, esta salió corriendo hacía adentro. No risa, solo mi boca abierta y mi vista viendo a aquel señor ríe que ríe.

Cuando por fin se compuso, se estiro y se pasó su mano por toda la barba para limpiarla después de aquella escena.

– ¿Disculpe? – Tosía entre letras por el aire desperdiciado – Vi su cara y no pude evitar reírme

Mi cara echa piedra cada vez se sentía más pesadas, especialmente después de escuchar cómo se burlaba de esta sin ningún tipo de descaro.

– No lo vea como algo malo mi amigo – Dijo mientras se volvía a pasar su mano por la barba – Verá, desde ayer en la habitación, le he visto varías veces querer cuestionarme – Añadió mientras su cara se ponía seria como profesor dando malas noticias – Cuando piense que estoy equivocado no tenga miedo de refutarme. Justo como lo intentó hacer con esa risilla. No me equivoco nunca, no normalmente eso se lo aseguro, pero esto… esto es un trabajo de dos, no puede esperar que yo haga todo. ¿Verdad?

Después de pensar unos segundos, asentí y estiré mi brazo tendiéndole la mano; la recibió con un buen apretón.

– ¿Ya sabe quién lo hizo? – pregunté contundente ahora con más confianza

– Me hago una idea – Asintió mientras se volvía a colocar los lentes – Pero también, sospecho, y espero que este solo está siendo el inicio de esta investigación

Prado continuo con su libro, mientras era yo el que ahora veía por la ventana el pasar del paisaje pensando a que se refería, y más importante, a donde nos dirigíamos en Aubrelle.

Unos cuarenta minutos después ya caminábamos por las tranquilas calles de la ciudad, el sol del día nos quemaba la piel, el valle solía ser muy frio a comparación de la costa. Igualmente Lance nunca se quitó su gabardina. Llegamos a un hermoso parque donde pidió un taxi que nos acercó a un pequeño vecindario.




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