El asesinato del dragón

Capítulo 1

Yue Han

—¡Estoy enredada!—exclamó Huayan desde la silla, envuelta de pies a cabeza en una cinta dorada.
Al verla, estallamos en risas. Me acerqué a mi hermana y empecé a desenredarla mientras la niña murmuraba acerca de la injusticia del mundo entero.
Liberada al fin, Huayan agitó los brazos y miró a la sirvienta que sostenía la cinta a su lado.

—¡No pienso ayudar más! —gritó, cruzando los brazos sobre el pecho y dándose la vuelta con ofensa fingida.

—Princesa, no debí permitirlo —triló la doncella, recibiendo de mis manos las cintas doradas.

—Xiao Yan*, ve a ayudar a madre —le pedí a mi hermana.

*Xiao Yan — el cariñoso trato hacia Huayan se ha reducido.

Huayan me lanzó una mirada resignada, suspiró y saltó de la silla. Acomodó el cinturón de su hanfu ceremonial.

—Y deja que corrijan tu peinado —añadí mientras se marchaba.

Pero justo frente a su nariz, las puertas se abrieron de par en par. Allí estaban padre y madre, y en los brazos de ella, Min.

—¿También han venido a ayudar? —arqueé una ceja cuando ambos se acercaron.

—No, no —negó mi padre riendo—, algunos invitados están por llegar.

—¿Tan pronto? —me sorprendí; aún faltaba una semana para la ceremonia del Sagrado Bendición, tiempo suficiente para adornar todo el palacio—. ¿Quiénes vendrán?

—Taishen y Naggaría —recordó padre, rascándose la barbilla.

Silbé, impresionado por aquella pareja. Era sabido que Naggaría y Taishen no se toleraban en absoluto. Ese odio persistía desde la disolución de Yong'jin, la alianza que unía nuestro país con el Reino del Dragón. Naggaría había sido colonia durante cinco años, y luego llegaron las guerras entre ambos. Quizás esta vez los gobernantes lograrían contener las espadas invisibles que solían sentirse en el aire.

—Y también Myongguk —añadió padre.

Era lógico: Myongguk se hallaba junto a Taishen, y debían atravesar sus territorios para llegar hasta aquí. En suma, los primeros visitantes prometían ser interesantes.

***

Pasó una hora antes de que se oyeran los cascos de los caballos. Nos encontrábamos en la plaza principal, donde en una semana se celebraría la ceremonia. Aún no estaba decorada, así que lucía algo vacía… aunque pronto la llenaríamos de vida.

Desde el horizonte surgieron caballos oscuros escoltando un palanquín imperial. Sus paredes, adornadas en verde y oro, irradiaban la magnificencia de la emperatriz.
Ella descendió con ayuda de un asistente, y lo primero que noté fue su atuendo: una combinación verde y roja, concretamente un sari verde.
La tela ceñía su cintura, recogida en pliegues minuciosos; la parte bordada se cruzaba en diagonal sobre el pecho y caía por el hombro izquierdo, dejando que uno de sus extremos —el pallu— pendiera libre.
Al alzar la mano para acomodarlo, brillaron sus brazaletes de oro —kadi—. Finalmente, nuestras miradas se cruzaron, y vi sus ojos negros y su cabello suelto, oscuro como la noche.

—Vasu Ashvani, es un placer verla —saludó primero mi padre, inclinándose.

Huayan y yo imitamos su gesto cuando la mujer llegó frente a nosotros acompañada de su asistente.

—Gracias por la invitación —dijo Vasu Ashvani en nuestro idioma, con un ligero acento, observándonos a todos. Su mirada imperial se detuvo en madre, evaluando su estado antes de sonreír—. ¿Cómo se siente, Yue Lauro?

—Bien, gracias —respondió madre, alzando un poco al bebé en sus brazos.

—¿Puedo verla? —preguntó la emperatriz, extendiendo una mano enjoyada con brazaletes, cadenas y anillos dorados.

—Por supuesto.

Madre apartó la tela con cuidado, mostrando el rostro de la pequeña Min, que dormía, aunque en ese momento abrió los ojos.
Estiré un poco el cuello, curioso por ver cómo reaccionaría aquella monarca que había pasado media vida empuñando una espada.
Huayan también observaba atenta cómo la emperatriz acomodaba el borde del tejido para contemplar mejor el rostro del bebé. Min murmuró algo en su lenguaje infantil, tarareó y luego calló.

—Tan hermosa como su madre —susurró Vasu Ashvani, apartándose de la heredera.

—Gracias —respondió madre, envolviendo de nuevo a la niña—. La llevarán a sus aposentos; nosotros debemos recibir al resto de los invitados.

—¿Alguien más llegó tan temprano como yo? —preguntó la gobernante, algo desconcertada.

—Así es —confirmó madre, sin revelar más detalles.

—Que tengan fortuna —se despidió la mujer antes de seguir a la sirvienta.

Los asistentes que llevaban el palanquín siguieron a nuestros cocheros, quienes les indicaron dónde dejar el transporte. Los caballos fueron llevados al establo, alimentados y atendidos.

Pocos minutos después, llegaron carruajes a la plaza. Blancos, con tallados en forma de espirales entre las cuales se distinguían siluetas de gatos: los representantes de Myongguk.

Al instante alcé el mentón cuando de uno de los carruajes descendió una joven esbelta. De los otros dos bajaron una mujer y un hombre —los soberanos.
Avanzaron hacia nosotros, dejando que la brisa primaveral agitara sus mantos.

El atuendo del hombre difería levemente del de las dos mujeres: llevaba un amplio hanbok de seda translúcida azul oscuro —el color nacional de Myongguk—.
Los pliegues y mangas amplias daban sensación de ligereza. Bajo esa capa se vislumbraba otra, en tono azul turquesa claro.
Su chaqueta tenía un cuello alto y blanco, que caía suavemente sobre el pecho.
Al caminar se veían sus pantalones crema y el calzado.
Un cinturón se ataba algo más alto de lo habitual.
El emperador ajustó su tocado: un sombrero negro de copa cilíndrica alta y ala plana. Se sostenía con una cinta oscura bajo el mentón y una ornamentación adicional de cuentas de madera.

(Descripción del traje tradicional coreano hanbok)

—Kim Sang-min —nos inclinamos al unísono ante el emperador, que respondió de la misma forma—. Es un honor recibirlo.



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En el texto hay: imperio, asia, este

Editado: 08.01.2026

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