El Asesino De Dioses

Capítulo 12: Juramento a los demonios internos.

Alrededor de pequeñas aldeas cercanas a una fábrica en la que se trabaja con los cristales; anteriormente una tierra prospera de humanos que iban a laborar para ganarse el día a día, hoy se ha transformado en una necrópolis por los estragos de la guerra.

Una camioneta recorre los caminos de terracería, en medio de los eslabones de cerros y bosques verdosos, que poco a poco se vuelven escasos al estar adentrándose a los áridos territorios de los campos mineros, en el que se divisa los rieles de un tren.

En la batea del vehículo, reside un hombre cuya cabeza es cubierta por una bolsa blanca hecha de tela, sus manos yacen apresadas por unos grilletes de acero, y en sus pies encadenados por esposas. La vestimenta del prisionero, se compone por una gabardina de color morado de cuello alto con detalles dorados. Lleva una camisa azul con blasones a juego, ajustada por un cinturón, junto a unos pantalones negros, con botas cómodas del mismo color.

Lo que alguna vez fueron prendas finas de porte de la realeza, se han reducido a los de un rey mendigo, al ser desgarrada por los rastros de combate y cubierta de lodo; no tiene una manga, hay agujeros en los pantalones, y expone las rodillas, partes del abrigo están ennegrecidas por quemaduras, sin embargo, aquel individuo no muestra ninguna herida o muestras de dolencias.

El preso cabizbajo levanta la cabeza, ladeándola de tal manera que busca identificar donde se encuentra de forma inútil al ser su rostro tapado por la bolsa.

—¡Ya era hora que despertaras, brujo! Has estado dormido por dos horas... bueno ¿Qué puedo decir? Si alguien me pegara una paliza de muerte, creo que no quisiera volver a despertarme —exclama una voz masculina, y frívola de tono despectivo, cargada de una burla enfermiza.

El prisionero atreves de la bolsa, puede ver a su captor como una sombra, la cual se acerca entonándose el sonido aparatoso de una armadura moviéndose. Al estar cara a cara, dicho ser oscuro desata el nudo, para por fin retirar aquella mascara sucia.

Aquel al que llamaron como brujo, aparenta ser un hombre de mediana edad de piel grisácea. Posee un rostro atractivo de rasgos masculinos bien definidos, con una barba de candado. Es de ojos color negro al igual que su largo cabello, el cual llega hasta la nuca. Tiene una estatura de un metro noventa. Es de complexión delgada, con facciones no semejantes a alguien de los Templarios; delatándolo como un extranjero. El cuello es apresado por un grillete de contextura similar al de un diamante lapislázuli, de tal manera que no lo asfixia, pero no puede quitárselo.

—Aunque en tu caso, brujo... —Un resplandor azul arde desde el interior del visor, como una flama embravecida—. Me es muy divertido, de esa forma puedo matarte tantas veces quiera.

Expresa el carcelero en un aire sombrío, desprendiéndose un fuerte instinto asesino. El hombre de cabellos negros lo mira con imperioso desdén, en completo silencio de tal manera que expresa sin palabras que vea cuanto le importa sus amenazas.

Al no despertar nada aquella provocación, el captor sonríe galantemente bajo el casco de la gastada armadura y pega una leve palmada en la mejilla del prisionero, más para molestarlo que para lastimarlo, a la vez que descubre una de las orejas del brujo, siendo esta completamente normal.

—Sin punta... los inhumanos no pueden vivir sin un amo... la pregunta es ¿Eres un enviado del imperio o un bastardo con delirios de grandeza?

Aquel hombre acorazado alarga la distancia, y se sienta en el otro extremo de la batea con las piernas cruzadas, y los brazos apoyados en los bordes de la camioneta, y jala la cabeza hacia atrás al tomar aire.

La armadura placas es de protección completa, pero no es como los avanzados blindajes de tiempos contemporáneos, todo lo contrario, su diseño es arcaico de una edad muy antigua de envergadura recubierta por telarañas de grietas, y desgatada por mil batallas, pareciendo que fue vestida por guerreros muy antiguos. Lo que fue una protección platinada, a corroída por densos manchones de óxido. En el peto tiene grabada la roja cruz Templaría. En lugar de generar defensa, expone a un mayor peligro a su usuario, cuyo nombre es Clint, el caballero de la tormenta.

—Pensé que me quitarías la bolsa, ante la presencia de los que tiran tu correa. —El hombre de pelo negro retoma la palabra, en una voz profunda y áspera, sin perder la compostura.

—Quería que antes vieras algo... un precedente de lo que te espera a ti y al resto de tu gente —exclama Clint al apuntar hacia el frente.

A lo lejos se contempla una aldea, de la que surgen humaredas negras de fuego crepitante. Cuando la camioneta llega a las ruinas de ese recinto, el brujo es testigo de la carnicería. Las calles son decoradas por cruces de madera, en la que se hallan clavados cuerpos mutilados de personas, con las entrañas expuestas.

Los cadáveres están envueltos en redes de espinas, apretadas de tal manera que desgarran la carne amoratada; todos con las cabezas gachas y quijadas colgantes en expresiones de horror absoluto, con lágrimas secas en los ojos desorbitados, lo que delata un profundo sufrimiento antes de ser envueltos por la piadosa muerte.

Algunos cadáveres carecen de extremidades como las piernas, brazos o solo son torsos con la cabeza pegada a la madera por un grueso y largo clavo de hierro enterrado en la frente. Lo que alguna vez era una prospera aldea, fue convertida en una necrópolis de la inquisición, en la que se respira la muerte y podredumbre impregnada en el aire.

La muerte no hizo distinción de a quienes se llevaría, humanos y no humanos tiñen el suelo de rojo. Unos festines se están dando las parvadas de cuervos y los carroñeros que se comen la carne muerta de los difuntos.

De las casas aun en pie entran, y salen hombres envestidos en armaduras con gordos sacos llenos de todo lo de valor que encontraron. Grupos de mujeres de la raza de los elfos y bestias, son obligadas por hombres bien armados a subirse a la parte trasera de las camionetas, para ser tomadas a la fuerza por esos monstruos, cuyas vestimentas no se muestran como parte del ejército regular de Lazarus, identificándolos como mercenarios.

—¿Qué te parece, brujo? Tu pequeña rebelión se encamina al exterminio, nada puede contra el castigo de Dios —exclama Clint con soberbia, al sentirse complacido por como el rostro perfectamente estoico del brujo, es retorcido a una mueca de absoluta desesperación—. Esto es una ofrenda a mi señor todo poderoso y a los antiguos celestiales, pronto reconocerá mi valía y me devolverá el título de caballero que tanto me merezco; imponer su voluntad nos traerá la gloria absoluta ¡Santificado sea su nombre y sagrado sea su reino! ¡El reino de los hombres!

Vocifera Clint con los brazos al proclamar a los cielos, consumido por el fanatismo. Aquel acto repugna al brujo, y en brutal rabia encara al caballero.

—Perdonamos sus vidas... —protesta entre dientes, en palabras cargadas de veneno, y acaba desatando su rabia—. ¡Cuando tomamos sus ciudades, perdonamos las vidas de los que se rindieron! ¡Ejecutamos a todo aquel soldado que abusó de su posición, al violar y saquear a los que se rindieron! ¡¿Así nos pagan?! ¡Nos llaman demonios, y ustedes producen dolor en nombre de su propia fe como excusa!

—¿Cuándo la vida de un hereje, vale lo mismo que una vida Templaría? Los que dan la espalda a la luz de Dios, son solo animales que necesitan ser domesticados —pregunta Clint casi indignado por la demanda del brujo—, enviamos a la buena gente que tenían presa devuelta a los refugios junto a los inhumanos que se rindieron, mientras limpiamos este cagadero. Los que nos enseñaron los dientes, acabaron en esas cruces. Eso no evita que nos divertimos un poco con algunas inhumanas, y tomamos un pequeño bono de las viviendas antes de devolverlas a sus dueños... de todos modos, estarán mucho tiempo en los escondites hasta que todo se calme, creerán que fue por culpa de los de tu calaña y se apegaran aún más a la iglesia.

El brujo iracundo trata de protestar, pero el grillete azulado en el cuello, se torna de color rojo y el alarido se ahoga en la garganta al marcar las venas en un gesto de dolor. Al retener un grito doliente, el hombre de la gabardina cae de rodillas jadeante.

Clint lo observa satisfecho, y lo toma de los cabellos, obligando al brujo a levantar la cabeza de tal forma que cruzan las miradas.

—¡Ah, ah! —Clint niega con el dedo en la cara del brujo—, mientras tengas puesto el collar de Maleficarium, absorberá tu energía si intentas realizar cualquier tipo de magia o habilidad sobrenatural. Y si llegas a sobrecargarla... —Clint abre la mano, pretendiendo hacer el sonido de una explosión con la boca.

—Te juro que van a pagar caro por esta atrocidad... —brama el brujo, al arrastrar las palabras y el collar vuelve a su color normal.

—Podrías lloriquearle a nuestro jefe todo lo que quieras, tiene mucho que decirte —contesta Clint, y entonces suelta el brujo al arrojarlo contra la batea de forma brusca, como cualquier basura.

Los bandidos se mueven en grupos, bien organizados, muchos de ellos eran desertores de algunos ejércitos de diferentes territorios del continente, y fueron anexados a formar parte de la banda del príncipe al servicio de la inquisidora Flora. Una armada conformada por criminales condenados a muerte, reformados con la promesa de una reducción de su sentencia.

Juntan el botín en sacos, que van apilando en el centro de la aldea,donde un joven encapuchado, dicta órdenes a los hombres, exhortándolos acontinuar buscando en las casas.

Es de piel tostada por el sol, posee una enorme cicatriz en forma de línea, que pasa de forma paralela por su rostro. Es de cabello castaño enmarañado, sus ojos son marrones, tiene un rostro juvenil de rasgos delicados sin rayar en lo andrógino, siendo una fachada para el monstruo que es en realidad.

Viste un peto gastado y viejo; unos pantalones de lana cafés, cuyo cinturón enfundando un revolver. Usa unas botas de trabajo y unas manoplas negras, para proteger sus antebrazos sujetados por unas correas. Es de complexión delgada y una estatura alta, de un metro setenta y cinco. En la vaina atada al cinturón, carga una espada claymore con la guardia platinada con un diamante rojo incrustado en el centro. Muchos de los inhumanos que lo pudieron ver antes de ser masacrados, se burlaron de los mercenarios, al recalcar que un niño era capaz de doblegarlos; fue un craso error subestimarlo.

Al lado del joven capitán apodado como "el príncipe", lo acompañan sus mejores guerreros y guarda espaldas. Varios miembros de la banda, los apodaban cínicamente como "la guardia real" la favorita personal del chico es una joven no humana albina, de ojos amarillentos como los de un gato, quien se mantiene acompañándole en todo momento.

Es de rasgos afilados de mirada férrea y sobria; su piel es morena clara y es de cabello largo color plata que llega hasta la nuca. Posee unas orejas caninas que sobre salen de la cabeza, al ser una mujer de la raza de las bestias. Es de cuerpo voluptuoso y grandes caderas que contonea al caminar, junto a la larga cola de lobo de pelaje blanco.

En comparación al príncipe, es mucho más alta, midiendo un metro ochenta. viste una camisa de cuero azul bordado con correas que tiene frascos y cuchillos en fundas, un pantalón de rayas azules y blancas. La mujer vigila de brazos cruzados los alrededores, en un semblante serio. Permanece en alerta, asegurando a toda costa la seguridad de su amo. Ella responde por el nombre de Sasha.

En el otro extremo del príncipe, se encuentra un hombre delgado muy alto de poco menos de dos metros, y de cabello rizado rojo oscuro, de tal forma que parece fuego y en el fleco que cubre parte de su rostro. Su piel es oscura. Lleva unos antejos de lentes redondos. Viste una sotana de cuello alto ajustada por un cinturón, junto con una gran toga blanca envolviendo sobre el pecho, protegido por una placa pectoral. Este hombre es conocido como Regis.

La mujer bestia gruñe molesta al avizorar, como la camioneta se estaciona delante del gran botín, y Clint jala bruscamente al brujo del brazo, obligándolo a bajar de la batea.

—¡Mire lo que traigo para ti, Adlet! —exclama Clint ansioso, refiriéndose al joven capitán.

—El proclamado rey brujo, líder de los acólitos y mano derecha de la reina de corazones... se arrodilla delante de un guerrero de dios —pronuncia el príncipe al realizar un ademan de mano, mostrándose prepotente al alzar la cabeza y mirar por debajo al preso.

—¿Qué? —El brujo confundido es tomado de los hombros por Clint, y el moreno, y ambos lo obligan a doblar la rodilla delante del líder de los mercenarios.

—Perfecto... mostremos un poco de educación, incluso si es frente al enemigo. —El príncipe asiente complacido, se levanta y camina alrededor del captor, con las manos atrás de la cintura, como si fuese una persona acaudalada.




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