El Asesino de las Flores

Capítulo 1: Un Cambio

❁ † ❁

Era el 3 de septiembre de 1931. Apenas un año después del huracán San Zenón, Armando Parrilla había terminado de restaurar la propiedad familiar: siete hectáreas cerca de La Vega, en el kilómetro cinco de la Autopista Duarte. Reconstruyó la casa y el terreno con una precisión obsesiva.

Una gran cerca de metal rodeaba el perímetro. El portón principal, pesado y oxidado, llevaba grabado el apellido Parrilla, pues su familia había ocupado esa tierra por generaciones.

En el centro del maizal se alzaba la casa de dos niveles. Pese a las reparaciones, su estructura aún conservaba algo antiguo e inquietante. Armando, un hombre de treinta años, de cabello negro ondulado, piel canela y ojos verdes, trabajaba de sol a sol. Hundía las manos en la tierra para vaciar su mente y no recordar a su difunta esposa e hijas. Añoraba el olvido antes que el dolor de extrañarlas.

El maíz crecía denso, formando paredes verdes. Trabajaba solo porque su perfeccionismo ahuyentaba a los peones, que renunciaban a la semana. Su único comprador era Julio Contreras, de cuarenta años, quien llegaba en su camión a la misma hora, compraba la cosecha y se iba sin hacer preguntas.

Su única compañía constante era Helena, una niña de diez años de piel pálida, pelo negro y ojos verdes. Era nieta de los señores Valdez, sus vecinos cultivadores de plátano. Helena cruzaba el camino a diario con una cesta de comida, viendo a Armando como a un padre.

—Don Armando, le traje su comida —decía siempre al llegar.

Y él la recibía.

Desde su mecedora, la señora Valdez los observaba a la distancia. Sentía compasión por él, pues compartían el dolor de haber perdido seres queridos.

—No te entretengas. Le dejas la comida y regresas —le decía a Helena cada mañana.

Pero la niña no siempre obedecía; a veces se quedaba jugando o conversando.

Para Armando, la rutina no variaba: amanecer, trabajo, tierra, la visita de Helena, el atardecer y la noche.

En un ciclo interminable…

El 21 de septiembre, a las 7:00 p.m., comenzó a llover. Era una lluvia errática e irregular. El frío se filtraba por las paredes.

Armando estaba sentado al borde de la cama, exhausto. Ese día había trabajado hasta que el dolor físico opacó sus pensamientos, pero aun así no lograbas conciliar el sueño. Sobre la mesa de noche, junto a una vela, descansaba un frasco de pastillas. Tomó dos sin agua, se recostó y cayó en un sueño profundo.

Despertó de golpe a las 3:00 de la madrugada sintiendo que su cuerpo ardía. La lluvia continuaba, pero el aire en la casa era más denso y frío. Entonces escuchó un susurro:

—Papá…

Su corazón se aceleró.

—Papá…

Al final del pasillo vio una figura resplandeciente que corrió hacia la penumbra. Él la reconoció al instante.

—¡Espera, Jazmín! —la llamó.

La persiguió por la sala, la cocina y el pasillo. La sombra aparecía y desaparecía.

—¡Detente, Jazmín! —gritó de nuevo.

Al alcanzarla, la sujetó del brazo. Su piel estaba helada. Al girarla, su rostro lucía roto y agrietado, con ojos vacíos y una boca deforme desde donde intentaba emitir un sonido húmedo.

Armando retrocedió de golpe con el aire desapareciendo de sus pulmones, tropezando con sus propios pasos y cayó.

Despertó con el sol en la cara y un fuerte dolor de cabeza.

Fue la primera vez que el ciclo habia cambiado.

—Esas malditas pastillas… —murmuró—. Solo me dan dolor de cabeza.

Miró a su alrededor. Todo estaba en su lugar, la puerta cerrada y el pasillo en completo silencio. Nada parecía fuera de lo normal.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.