El Asesino de las Flores

Capítulo 1

Un Ciclo Interminable

Era el 3 de septiembre de 1931 apenas un año después del huracán San Zenón, que había dejado cicatrices visibles en toda la República Dominicana, Armando Parrilla había terminado la restauración de la propiedad familiar. Siete hectáreas de tierra en el kilómetro cinco de la Autopista Duarte, cerca de La Vega. La casa, el terreno… todo había sido reconstruido con una precisión casi obsesiva, como si no se tratara de reparar, sino de devolver algo a su estado original.

O a algo peor.

La propiedad estaba delimitada por una gran cerca de metal que recorría todo el perímetro. Era sólida, demasiado sólida para una simple finca agrícola. El portón principal era pesado y oxidado en algunas partes, pero se leía claramente el apellido familiar: Parrilla. Las letras estaban grabadas con profundidad, como si alguien hubiera querido asegurarse de que el nombre permaneciera allí… incluso después de que todo lo demás desapareciera.

Los Parrilla habían vivido en esas tierras durante generaciones y nunca se habían ido.

Rodeada completamente por el maizal, en el centro del terreno se alzaba la casa de dos niveles que a pesar de las reparaciones, había algo en su estructura que no encajaba con el resto.

Como si lo nuevo no hubiera logrado borrar lo antiguo.

Como si debajo de cada pared restaurada todavía quedara algo observando.

Esperando ser encontrado entre el silencio.

Un silencio tan imperturbable como la presencia de Armando, un hombre en sus treinta, cabello negro azabache ligueramente ondulado, piel canela y ojos verdes que no parecían pertenecer a alguien de la zona.Trabajaba desde el amanecer hasta que el sol desaparecía, sin descanso, sin pausa. Sus manos se hundían en la tierra una y otra vez, cubriéndose de polvo, de raíces, de vida… y de algo más difícil de nombrar. Su mente, en cambio, hacía lo contrario se vaciaba sin dejar un solo pensamiento.

Trabajar era la única forma en que no pensaba ni recordaba a su esposa, sus hijas y el silencio que le dejaron. Añoraba poder olvidarlas, su esposa que siempre lo despertaba con un beso, su hija mayor que le contaba cómo le había ido en la escuela y su hija menor a la cual le contaba un cuento antes de dormir.

Si perder la memoria fuera tortura, la hubiera preferido; así no hubiera conocido el deseo de estar con alguien que no vas a volver a ver.

Día tras día, el maíz crecía más alto, más denso, más apretado entre sí, hasta formar paredes verdes casi impenetrables. No tenía trabajadores, aunque los necesitaba; era demasiado perfeccionista. Los pocos que contrataba solían renunciar después de una semana. Con el tiempo, se cansó de contratar para terminar pagando liquidaciones tan pronto.

No tenía muchos amigos. El único amigo que tenía era el señor Julio Contreras, un hombre de cuarenta años que, al igual que él, había heredado el negocio familiar; todo el mundo lo conocía, ya que era un gran comprador de cultivos. Llegaba en su camión, casi siempre a la misma hora y sin hacer demasiadas preguntas. Compraba la cosecha, cargaba lo necesario y se marchaba.

Su única compañía diaria era Helena, una niña de diez años con el pelo negro largo y ondulado, ojos verdes como los suyos y piel palida, nieta de los señores Valdez, sus únicos vecinos en la zona. Su familia poseía diez hectáreas donde cultivaban plátanos, y a diferencia de Armando, ellos sí tenían trabajadores.

Helena cruzaba el camino cada día con una pequeña cesta de comida. Lo hacía sin miedo ni dudas. Como si no sintiera el peso en el aire, la quietud incómoda o el silencio que hacía el eco en sus propios pasos.

Sus zapatos apenas levantaban polvo al avanzar, y aun así, en aquel lugar, cada paso parecía sonar más de lo que debía. Realmente esto le importaba muy poco, Armando era como un padre, siempre la protegía y jugaba con ella.

—Don Armando, le traje su comida—decía siempre al llegar.

Y él la recibía.

Desde la casa de los Valdez, la escena se repetía cada día. La señora Valdez observaba a la niña desde la distancia sentada en la mecedora. Ella siempre tenía presente y se preocupaba por ese hombre.

Ese pobre hombre.

Le tenía una compasión constante, como quien entiende un dolor que no necesita ser explicado, pues los dos habían perdido a sus seres queridos.

—No te entretengas. Le dejas la comida y regresas —le decía a Helena cada mañana

Pero Helena no siempre obedecía.

A veces se quedaba contándole lo que había hecho o jugando un poco.

Para Armando, el ciclo era siempre el mismo: amanecer, trabajo, tierra y silencio, la visita de Helena, el atardecer cayendo sobre el maizal y la noche.

En un ciclo interminable...




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