El Asesino de las Flores

Capítulo 2

Primera Noche

El 21 de septiembre, a las 7:00 p.m., comenzaba a llover. No era una lluvia común: no tenía ritmo ni constancia; golpeaba el techo y las ventanas de forma irregular, casi desesperada. Tampoco era una tormenta. Era algo más errático. Como si el cielo no supiera exactamente cuándo llorar o como hacerlo.

El frío parecía filtrarse desde dentro de las paredes, como si la casa respirara un aire distinto al del exterior.

Armando permanecía sentado al borde de la cama, con las manos entrelazadas y la mirada fija en el suelo. Ese día trabajó más de lo normal. Todo el cuerpo le dolía; había hundido las manos en la tierra durante horas, más de las necesarias, hasta que el dolor fue lo único que logró imponerse sobre sus pensamientos.

Pero no podía dormir.

Sobre la mesa de noche, un pequeño frasco de vidrio reflejaba débilmente la luz de una vela. Pastillas. No recordaba cuándo había empezado a tomarlas. Solo sabía que, sin ellas, dormir era imposible.

Y dormir… era necesario.

O al menos, eso creía.

Tomó dos y se las tragó sin agua. Se recostó, cubriéndose con las sábanas. El sonido de la lluvia se mezcló con el silencio de la casa hasta que todo desapareció. No supo cuando lo hizo, solo cayó en un sueño profundo.

De repente, empezó a sentir que su cuerpo ardía y despertó, abriendo los ojos de golpe. Al mirar la mesita de noche, vio que el reloj marcaba las 3:00 de la madrugada. La lluvia seguía allí pero algo en el sonido había cambiado.

Se incorporó lentamente. El aire estaba más frío, más denso, como si la noche se hubiera concentrado dentro de la casa. Entonces lo escuchó.

—Papá…

El susurro fue tan suave que por un segundo creyó haberlo imaginado.

Pero no.

No era un sonido desconocido. El corazón comenzaba a latirle con fuerza, golpeándole el pecho como si quisiera escapar.

—Papá…

Más cerca esta vez.

Más claro.

La casa estaba completamente a oscuras. La lluvia seguía cayendo, golpeando el techo con una constancia hipnótica. El aire se tornó húmedo, y parecía arrastrar un olor a tierra mojada junto con algo más antiguo, más cerrado.

Entonces la vio. Al final del pasillo, una figura resplandeciente se movía, desentonando con la oscuridad de la casa. Cuando intentó acercarse, cruzó corriendo, volviéndose apenas una sombra entre sombras. Pero él la distinguió. Nunca podría olvidarla.

—¡Espera, Jazmín! —la llamó, sin pensar.

Atravesó la sala, la cocina y el pasillo estrecho que, esa noche, parecía alargarse más de lo normal. Sus pasos resonaban contra el suelo, pero el eco no coincidía.

La figura doblaba en cada esquina.
Aparecía.
Desaparecía.

—¡Detente, Jazmín! —gritó de nuevo, acelerando.

El aire se volvía más pesado con cada paso, como si la casa se cerrará sobre él, como si las paredes respiraran. Hasta que la alcanzó, sujetándola del brazo.

Su piel estaba fría.
Demasiado fría.

La giró para verla.

Pero su rostro era irreconocible.

Era algo roto.
Agrietado.
Como una máscara quemada desde dentro.

La piel se abría en líneas irregulares, como si hubiera sido forzada a partirse desde adentro. Los ojos… estaban hundidos, vacíos, oscuros como huecos sin fondo. La boca era una grieta, entonces, un sonido húmedo, casi imperceptible, salió de esa grieta, como si intentara hablar desde algún lugar demasiado profundo.

Armando retrocedió de golpe con el aire desapareciendo de sus pulmones, tropezando con sus propios pasos.
Y cayó.

Despertó con el sol golpeándole el rostro. Incorporándose con dificultad, tenía un dolor punzante que le atravesaba las sienes, profundo y persistente que le hizo llevarse una mano a la cabeza.

—Esas malditas pastillas… —murmuró—. Solo me dan dolor de cabeza.

Respiró hondo.

Miró alrededor.

Todo estaba en su lugar.

La puerta cerrada.

El pasillo… en silencio.

Nada fuera de lo normal.

Nada…




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