El Asesino de las Flores

Capítulo 2: Jazmín

❁ † ❁

Al darse cuenta, solo le quedó la tristeza.

Tomando su café amargo en una taza de porcelana agrietada, recordó una vieja conversación con su hija mayor:

—Papá, ¿cómo puedes tomarte el café amargo? —dijo ella, frunciendo ligeramente el ceño mientras sostenía su taza con ambas manos.

—De la misma forma que tú te tomas ese caldo de hierbas diario —respondió él con calma.

—Eso es diferente… el mío al menos es medicinal —dijo ella con una risa suave.

—El café también —contestó él.

El recuerdo se desvaneció. Armando fue al campo a estrenar un tractor nuevo para arar la tierra. A mitad de trayecto, vio un rosal casi seco que le impidió concentrarse. Apagó el motor.

Jazmín amaba ese rosal; lo había plantado con paciencia. Recordó la última mañana que la vio.

—Deberías descansar más, el día está frío, Jazmín —dijo él desde la puerta.

—Me gusta mirar el rosal… me da paz —respondió ella—. Hoy tengo un examen importante. ¿Crees que lo pase?

—Lo harás. Eres inteligente, princesa. Ahora entra a la casa.

—Solo un poco más…

—Mañana las regaras —repitió él.

Ella asintió, lo abrazó cálidamente y entró.

Jazmín nunca volvió a regarlas.

Se quedó frente a sus ramas marchitas, esperando que le mintiera y le dijera que ella aún podía volver.

Armando abandonó el trabajo, trajo agua y abono, y pasó el resto del día cuidándolo. Cada movimiento lo acercaba al recuerdo de su pérdida, hasta que colapsó llorando de rodillas en la tierra.

—Jazmín… No estás… Ya no estás… Estás muerta… —murmuró con la voz quebrada.

Las lágrimas caían sin detenerse.

—Estás muerta… Mi niña... Mi princesa...

Solo se recompuso cuando se puso el sol. El cielo cambió de gris a tonos anaranjados y luego a una oscuridad profunda. Las sombras se alargaron, cubriendo el campo poco a poco.

Se levantó con dificultad.

Se sacudió las manos, aunque la tierra parecía quedarse pegada a su piel.

Marchó a su casa.

El camino de regreso se sintió más largo que de costumbre. Sus pasos eran pesados, y el sonido de sus botas contra la tierra seca parecía demasiado fuerte en medio del silencio.

La casa estaba igual que en la mañana.

Vacía.

Se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa. Miró alrededor, como si esperara ver algo diferente, pero no había nada.

El aire dentro de la habitación era frío. La oscuridad era casi total, apenas interrumpida por una tenue luz que entraba por la ventana. Se tiró en la cama y todo se volvió negro.

Esa noche, a las 3:00 a.m., despertó escuchando pasos.
Se quedó quieto, escuchando, tratando de distinguir los sonidos.

Su respiración.
El leve crujir de la madera.
Nada más.

¿Lo había imaginado?

Cerró los ojos, intentando volver a dormir.
Pero algo no se sentía igual.

Abrió los ojos de nuevo.
Miró hacia la ventana.

Y se quedó ahí, inmóvil, sin saber exactamente por qué.




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