El Asesino de las Flores

Capítulo 3

Jazmín

Al darse cuenta, solo le quedó la tristeza.

La mañana comenzaba con el mismo patrón, pero mientras tomaba su taza de café, miró la taza blanca con flores a los lados. La porcelana estaba ligeramente agrietada en el borde, como si el tiempo también hubiera pasado por ella dejando marcas invisibles a simple vista. El vapor subía lento, dibujando figuras que se deshacían antes de tomar forma. El olor del café fuerte y amargo, llenaba la habitación silenciosa, una casa donde ya no se escuchaban pasos ni risas.

Ese olor le recordó una conversación vieja.

—Papá, ¿cómo puedes tomarte el café amargo? —dijo ella, frunciendo ligeramente el ceño mientras sostenía su taza con ambas manos, como si el calor fuera un refugio.

Él, sin levantar mucho la mirada, respondió con calma:

—De la misma forma que tú te tomas ese caldo de hierbas diario.

Ella soltó una pequeña risa, suave, apenas audible, y negó con la cabeza.

—Eso es diferente… el mío al menos es medicinal.

—El café también —respondió él, dando un sorbo lento.

El recuerdo se desvaneció igual que el vapor.

Al terminar, dejó la taza sobre la mesa con un leve sonido seco y se marchó al campo. El aire afuera era más frío de lo que esperaba, y el cielo estaba cubierto por una capa gris que hacía que todo pareciera más apagado.

Acababa de comprar un tractor con lo que ganó de la venta del maíz. Era nuevo, aún olía a metal y aceite fresco. Subió, acomodó su sombrero y encendió el motor. El ruido rompió el silencio del campo, un sonido constante que parecía llenar el vacío que lo rodeaba.

Se preparó para arar la tierra.

Avanzó, recorriendo la mitad del campo. La tierra se abría a su paso, húmeda en algunas partes, seca en otras. El viento movía ligeramente la vegetación, pero no era un viento fuerte, solo un suspiro constante.

Entonces se fijó en el rosal casi sin vida y no pudo concentrarse.

Sus manos se tensaron y el tractor siguió avanzando unos metros más antes de que lo detuviera frente al rosal. El motor quedó encendido unos segundos más, vibrando bajo él, hasta que finalmente lo apagó. El silencio volvió, más pesado que antes.

Miró el rosal.

Recordaba a su hija mayor, Jazmín, quien amaba ese rosal. Lo había plantado con cuidado, con paciencia, ensuciándose las manos sin importarle. Siempre decía que las cosas que crecían con esfuerzo eran las más bonitas.

Recordó cómo cada mañana ella salía a regarlo, justo como el último día que la vio…

El sol apenas asomaba entonces, y el aire era fresco. Ella caminaba ligera, con una pequeña regadera en las manos.

—Deberías descansar más, el día está frío, Jazmín —dijo él aquella mañana, cruzado de brazos, observándola desde la puerta.

Ella no dejó de mirar el rosal.

—Pero me gusta mirar el rosal… me da paz —respondió, inclinándose un poco para tocar una de las hojas—. Y hoy tengo un examen importante.

Él suspiró.

—¿Crees que lo pase?

—Claro que lo harás —dijo él, acercándose un poco más—. Eres inteligente, princesa. Ahora entra a la casa.

Ella dudó un instante, mirando las flores, como si no quisiera dejarlas solas.

—Solo un poco más…

—Mañana las regaras también—repitió él con firmeza, aunque sin dureza.

Ella asintió lentamente.

Se acercó y lo abrazó.

Fue un abrazo cálido, breve, pero suficiente para quedarse grabado.

El presente volvió.

El rosal estaba casi seco, sin vida. Las hojas estaban opacas, algunas caídas, otras aferradas apenas a las ramas. La tierra alrededor estaba dura, resquebrajada.

Ella nunca pudo volver a regarlas…

Ese día abandonó el trabajo en el campo. Tomó agua y comenzó a regar el rosal. El sonido del agua cayendo sobre la tierra seca era lo único que se escuchaba. Poco a poco, la tierra comenzó a oscurecerse, absorbiendo cada gota.

Le puso abono, removió la tierra con las manos, sintiendo la textura áspera mezclarse con la humedad reciente. Pasó lo que quedaba del día cuidándolo.

Pero con cada cuidado, su semblante cambiaba. Su respiración se volvía más pesada y sus movimientos más lentos.

Como si cada acción lo acercará más al recuerdo de su hija muerta. Hasta que rompió en llanto frente al rosal, cayendo con las manos en el suelo, los dedos hundiéndose en la tierra húmeda.

—Jazmín… —murmuró, la voz quebrada.

El campo permanecía en silencio.

—No estás… —dijo, negando levemente—. Ya no estás…

Las lágrimas caían sin detenerse.

—Estás muerta…

El viento pasó suavemente entre las ramas secas.

Solo se recompuso cuando se puso el sol. El cielo cambió de gris a tonos anaranjados y luego a una oscuridad profunda. Las sombras se alargaron, cubriendo el campo poco a poco.




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