El Asesino de las Flores

Capítulo 3: Añoranza

❁ † ❁

Se acerco a la ventana, el rosal parecía más oscuro que todo lo demás. Cerca de él divisó una figura: una joven resplandeciente con vestido blanco y velo. Se frotó los ojos, pero al mirar de nuevo, ya no estaba.

Un fuerte estruendo abajo lo hizo descender.

—¿Hay alguien…? —murmuró.

Sintió pasos rápidos detrás de él y una ráfaga helada. Se giró.

—¿Quién anda ahí?

Nada. Solo sombras. De pronto, una voz lejana resonó:

—…papá…

Paralizado, escuchó pasos descalzos moverse por la casa.

—¿Jazmín…? —dijo con la voz quebrada.

La vio al final del pasillo, de espaldas.

—Jazmín…

Ella huyó deslizándose velozmente entre la penumbra. Armando corrió tras ella sin aliento.

—¡Jazmín, detente! ¡Hija!

Ella se detuvo de golpe y comenzó a girar lentamente.

—Jazmín… —susurró él, dando un paso más.

Al quedar de frente, tras el velo no había un rostro reconocible, sino carne carbonizada, oscura y agrietada por el fuego. Un reproche silencioso se sintió en el aire. El horror lo paralizó.

—No… —murmuró, retrocediendo—. No debiste morir a manos de él… Perdóname… yo debí estar en casa esa noche.

La figura permaneció inmóvil, mirándolo.

De pronto, despertó bruscamente en la cama, jadeando y sudando, con las manos temblorosas.

—Fue un sueño… —murmuró, intentando convencerse.

En silencio, apretó la almohada y comenzó a llorar en la cama, deseando ver a Jazmín viva. Dejó pasar el tiempo sin ir al campo, al tractor ni al rosal. Permaneció recluido, mirando al techo con los ojos hinchados y recordando.

Unos golpes secos en la puerta rompieron la quietud. Se levantó despacio, arrastrando los pies por el pasillo, con el rostro cansado. Al abrir, encontró a un joven de piel blanca, cabello negro y ojos azules.

—Buenas tardes, señor Parrilla —dijo el joven con respeto—. Soy Luis Albeto Diaz Muñoz. Sé que no ha publicado que andaba en búsqueda de uno, en el pueblo se comenta que lo necesitaba y yo necesito un empleo…

Armando lo observó en silencio. Era un joven de veinte años. Algo en sus ojos azules le resultaba dolorosamente familiar.

—¿Sabes trabajar en el campo? —preguntó Armando.

—No, señor, pero aprendo rápido —respondió Luis de inmediato.

Tras un momento de duda, Armando cedió y se hizo a un lado.

—Empiezas mañana.

—Gracias, señor —asintió Luis.

Armando cerró la puerta. En su mente cruzó un pensamiento: tiene los mismos ojos con esa mirada brillante y llena de vida.




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