Segunda Noche
Desde la ventana, el campo apenas se distinguía, pero el rosal… el rosal parecía más oscuro que todo lo demás, como una mancha fija en medio de la penumbra.
Y allí estaba. Cerca del rosal, una figura: una joven resplandeciente, con un vestido blanco y un velo que le cubría el rostro.
Se frotó los ojos, intentando convencerse de que estaba viendo cosas. Pero, al volver a mirar, la figura ya no estaba.
Entonces escuchó un estruendo que venía de la planta baja, haciéndolo bajar.
—¿Hay alguien ahí…? —murmuró, con la voz baja, casi temiendo romper el silencio.
Al acercarse al pasillo, sintió pasos rápidos que pasaron corriendo por detrás de él y el roce de un aire frío que le erizó la piel.
Se giró de golpe.
—¿Quién anda ahí?
No encontró nada.
Solo el pasillo oscuro, los muebles inmóviles, las sombras pegadas a las paredes como manchas silenciosas.
Su respiración se volvió más rápida al escuchar una voz.
Lejana.
Débil.
Como si viniera de un lugar que no podía ubicar.
—…papá…
Se quedó paralizado.
El sonido parecía arrastrarse por las paredes, deslizarse por el suelo, colarse por cada rincón de la casa.
La voz volvió.
Un poco más clara.
Un poco más cerca.
Sintió que algo se movía dentro de la casa.
Un sonido rápido, ligero… como pasos descalzos sobre el suelo.
Giró la cabeza.
Luego el cuerpo.
Luego avanzó.
—¿Jazmín…? —dijo, con la voz quebrándose.
Cruzó la habitación, salió al pasillo. La oscuridad parecía más profunda allí, más cerrada. Cada sombra parecía esconder algo.
Y la vio.
Al final del pasillo de espaldas.
—Jazmín…
Ella se movió alejándose.
Y él intentaba acercarse.
—Espera…
Pero ella huyó de una forma que nunca había pensado.
Rápida.
Demasiado rápida.
Sus pasos apenas hacían ruido, como si no tocara realmente el suelo. Su figura se deslizaba más que correr, perdiéndose entre las sombras de la casa.
Él corría tras ella.
El aire le faltaba.
El corazón le golpeaba el pecho.
—¡Jazmín, detente!
Pero ella no lo hacía.
Seguía huyendo.
Como si no quisiera ser alcanzada.
Como si algo la obligara a alejarse.
Armando corrió más rápido y estiró la mano tratando de atraparla.
—¡Hija!
Ella se detuvo de golpe.
Y comenzó a girar lentamente.
El movimiento fue extraño, como si cada parte de su cuerpo se moviera con dificultad.
Lento.
Forzado.
Él se quedó quieto.
Su respiración pesada llenaba el silencio.
—Jazmín… —susurró, dando un paso más.
Ella terminó de girarse.
Pero cuando la volteó a ver no logró ver su rostro. Donde debería haber estado su cara no había nada reconocible detrás del velo sólo había carne carbonizada.
Oscura.
Agrietada.
Como si hubiera sido consumida por el fuego.
Un silencio pesado cayó entre ellos.
Y en ese silencio… había algo más.
Un reproche.
No dicho.
No expresado con palabras.
Pero presente.
Innegable.
Sus ojos —o lo que quedaba de ellos— parecían clavarse en él.
Y él no pudo moverse, el horror lo paralizó.
—No… —murmuró, retrocediendo—. No debiste morir a manos de él…
Pero la figura no desaparecía.
Seguía allí.
Inmóvil.
Mirándolo.
El aire se volvió más frío y pesado; su pecho se oprimía.
—Perdóname… yo debí estar en casa esa noche —dijo, casi sin voz.
La figura no respondió.
No se movió.
Solo… lo miraba.
Entonces todo se quebró.
Despertó incorporándose bruscamente en la cama, jadeando. La habitación estaba igual que antes, pero ahora el silencio era distinto. Más real.
Más cercano.
Miró a su alrededor.
Sus manos temblaban.
La sábana estaba pegada a su cuerpo como si hubiera estado aferrándose a ella durante todo el sueño.
Se la apartó lentamente y el aire frío le tocó la piel. Pasó una mano por su rostro; estaba sudando.
—Fue un sueño… —murmuró, intentando convencerse.
Pero su voz no sonaba segura.