El Asesino de las Flores

Capítulo 5

Esos Ojos

La verdad era absoluta, y tenía que aceptarla. No fue inmediato, sino lento: tuvo que convencerse de que todo había sido un sueño. Su respiración seguía agitada; el pecho subía y bajaba con dificultad, y sus manos aún temblaban ligeramente sobre la sábana.

Se quedó en su cama.

El cuarto estaba en silencio, un silencio pesado que parecía observarlo. La luz de la mañana apenas se filtraba por la ventana, débil, grisácea, sin calidez.

Comenzó a llorar.

Al principio fue apenas un sonido contenido, un temblor en la respiración. Luego, poco a poco, el llanto se hizo más evidente. Apretaba su almohada con fuerza, hundiendo el rostro en ella como si quisiera desaparecer, como si quisiera ahogar todo lo que sentía.

—Jazmín… —murmuró entre lágrimas, con la voz rota.

Quería a su hija Jazmín.

Y quería verla viva.

Sus dedos se aferraban a la tela con más fuerza, arrugándola, como si al soltarla fuera a perder lo poco que le quedaba de ella: el recuerdo.

El tiempo pasó lentamente, casi imperceptible. La luz cambió en la habitación, moviéndose por las paredes, deslizándose sobre los muebles, pero él no se movió.

No fue al campo de maíz.

No pensó en el tractor.

No pensó en el rosal.

Se quedó en su cama.

El aire dentro del cuarto se volvió denso, cargado, como si las horas se acumularan sin salir. Su cabello estaba desordenado, pegado en algunas partes por el sudor seco de la noche. Sus ojos, hinchados, permanecían abiertos la mayor parte del tiempo, mirando sin ver el techo.

A ratos cerraba los ojos.

Pero no dormía.

Solo recordaba.

Hasta que llamaron a la puerta.

El sonido fue seco, firme, rompiendo la quietud de la casa. No reaccionó de inmediato. Permaneció inmóvil unos segundos, como si no estuviera seguro de haberlo escuchado.

Volvieron a llamar.

Se incorporó lentamente.

Sus movimientos eran pesados, sin energía, como si cada parte de su cuerpo se resistiera a obedecer. Se sentó en el borde de la cama, pasando una mano por su rostro, intentando despejarse.

Miró hacia la puerta de su habitación.

El silencio volvió.

Pero ya no era el mismo.

Se puso de pie.

Caminaba despacio, arrastrando ligeramente los pies. El suelo crujía bajo su peso, un sonido que parecía más fuerte de lo normal en la casa vacía. Se acomodó la camisa sin mucho cuidado y avanzó por el pasillo.

Tenía el rostro cansado y caminaba sin ánimo.

Al llegar a la puerta principal, dudó un instante antes de abrir. Su mano quedó suspendida sobre la manija, como si no supiera qué esperar al otro lado. No era mediodía, así que las posibilidades de que fuera Helena eran nulas y aun así, alguien estaba allí.

Finalmente, la giró.

Abrió.

Afuera estaba un joven de pelo negro. Permanecía de pie, con la espalda recta, aunque su postura dejaba ver cierta tensión, como si estuviera conteniendo los nervios. Sus manos estaban juntas frente a él, entrelazadas con fuerza.

—Buenas tardes, señor Parrilla —dijo el joven, con respeto, aunque su voz tenía un leve temblor—. Soy Luis Albeto Diaz Muñoz.

Armando lo miró en silencio.

El joven continuó:

—Sé que no está buscando trabajadores, pero necesito un empleo… —hizo una breve pausa, bajando la mirada por un segundo antes de continuar—. Y aunque no ha publicado que andaba en búsqueda de uno, en el pueblo se comenta que lo necesitaba.

El aire entre ellos se quedó quieto.

Armando no respondió de inmediato. Su expresión cambió apenas: un leve endurecimiento en la mirada, una sombra cruzando su rostro. El silencio se alargó.

Entonces lo miró.

Era un joven en sus veinte, de piel blanca, de aproximadamente 1.80 cm. Tenía el rostro marcado, la nariz recta y unos ojos azules.

Había algo en esos ojos.

Algo que le resultaba demasiado familiar.
Demasiado cercano.
Demasiado doloroso.

Luis permaneció quieto, esperando, sin atreverse a moverse.

Armando respiró hondo. Como si estuviera tomando una decisión que no terminaba de comprender.

—¿Sabes trabajar en el campo? —preguntó finalmente, con la voz baja, aún cargada de cansancio.

—No, señor, pero aprendo rápido.—respondió Luis de inmediato, levantando un poco la cabeza—. Otro silencio.

Armando volvió a mirarlo.

A esos ojos.

Y algo en su interior cedió.

Rendido.

Sin más palabras, se hizo a un lado ligeramente, dejando la puerta más abierta.




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