Tercera Noche
Volvió a acostarse en la cama. Las horas pasaron hasta que llegó la noche. A las 3:00 a. m., de nuevo, despertó sin saber exactamente cuándo había cruzado del sueño a la vigilia.
La oscuridad de la habitación era densa, inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido dentro de esas paredes. El aire estaba frío, más de lo normal, y la sábana pesaba sobre su cuerpo.
Permaneció acostado unos segundos, mirando hacia el techo, apenas distinguible.
Todo estaba en silencio.
Entonces lo escuchó.
—…papi…
La voz fue suave.
Demasiado suave.
Pero no era Jazmín.
Su cuerpo se tensó de inmediato. El corazón comenzó a latirle con fuerza, golpeando en su pecho con una urgencia que le cortaba la respiración. Sus manos se aferraron a la sábana, arrugándola entre los dedos.
—No… —susurró, apenas moviendo los labios.
Pero la voz había sido clara.
Cercana.
Real.
—…papi…
Se levantó de golpe.
La cama crujió bajo el movimiento brusco. Sus pies tocaron el suelo frío, y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. No pensó. No dudó.
Se movió.
La vio.
Una pequeña figura.
Al final del pasillo.
Apenas iluminada por la débil luz que se filtraba desde alguna parte de la casa. Era baja, inmóvil por un instante, como si lo estuviera esperando.
—¿Quién…? —su voz salió rota.
La figura se movió.
Y comenzó a alejarse.
Él avanzó.
Primero despacio.
Luego más rápido.
—¡Espera!
La figura no respondía.
Sus pasos eran ligeros, casi silenciosos, deslizándose por el suelo con una rapidez que no parecía natural. Él aceleró el paso, el corazón latiendole con más fuerza, la respiración volviéndose irregular.
—¡Detente!
Pero ella no lo hacía.
Corría.
O algo parecido a correr.
Él comenzó a perseguirla.
Las paredes se cerraban en sombras que parecían moverse al borde de su visión. Sus pasos resonaban ahora con claridad, rompiendo el silencio de la casa.
La figura giró en la esquina del baño y desapareció de su vista.
—¡Espera! —gritó, alcanzando la esquina.
Giró también.
Y la encontró.
Allí.
De pie.
Inmóvil.
Frente a él.
El aire se volvió pesado, difícil de respirar. Su cuerpo se detuvo por inercia, como si algo lo hubiera frenado antes de poder acercarse más. Intentó hablar, pero no salió ningún sonido.
La figura estaba de espaldas.
Pequeña.
Silenciosa.
—No eres… —murmuró, dando un paso tembloroso.
Estiró la mano para tocarla.
El tiempo pareció quebrarse en ese instante.
El rostro.
Quemado.
La piel ennegrecida, agrietada, deformada de una manera imposible. No había rasgos claros, solo una masa irreconocible donde alguna vez debió haber una cara.
El olor.
Un leve rastro a quemado que no debería estar allí.
Sus ojos se abrieron de par en par.
El horror lo atravesó.
—No… —su voz se rompió.
La figura no hablaba.
No se movía.
Solo estaba allí.
Frente a él.
Y entonces cayó.
Su cuerpo cedió de golpe, como si ya no pudiera sostenerlo. Las piernas le fallaron y se desplomó en el suelo frío, el impacto resonó suavemente en el pasillo.
Su visión se nubló.
El aire se volvió más denso.
Y la oscuridad… lo envolvió.