El Valor para la Cuarta Noche
Se levantó con un movimiento lento, como si su cuerpo aún no estuviera completamente seguro de responder. Parpadeó varias veces, intentando enfocar, intentando comprender dónde estaba.
La casa no tenía señales de lo ocurrido. Ningún objeto fuera de lugar, ninguna marca en el suelo, ningún rastro de la noche. Las paredes estaban limpias, el aire quieto, como si nada hubiera pasado, como si el tiempo no hubiera sido interrumpido por el horror.
Se quedó de pie en medio de la habitación, mirando alrededor.
—No puede ser… —murmuró, pasando una mano por su rostro.
El silencio era normal, cotidiano. Se fue a bañar y comenzó el día con aparente normalidad. Entonces escuchó un golpe seco y firme en la puerta. Armando se tensó por un instante, pero esta vez no había ese peso en el aire, ni ese frío que lo atravesaba en la noche.
Camino hacia la puerta.
Cada paso era más estable que el anterior.
Al abrir, vio a Luis.
El joven estaba de pie, con la misma postura respetuosa del día anterior, aunque ahora parecía un poco más relajado. Sus ojos azules lo miraban con atención.
—Buenos días, señor —dijo.
Armando asintió levemente.
—Buen día, hoy es tu primer día.
Luis asintió también.
—Sí, señor.
El aire de la mañana entraba con suavidad, trayendo el olor de la tierra húmeda y el campo. Salieron y caminaron hacia el campo de maíz.
El sol comenzaba a elevarse, iluminando las hileras del maizal que se movían ligeramente con el viento. El sonido de las hojas rozándose entre sí llenaba el ambiente con un murmullo constante.
Armando comenzó a explicarle cómo hacía todo.
Sus palabras eran pausadas, directas. Señalaba el terreno, las herramientas, el tractor. Luis lo seguía en silencio, atento, sin interrumpir.
—Aquí empiezas… —decía Armando, marcando el suelo con el pie—. Y sigues recto. No te desvíes.
Luis asentía.
—Sí, señor.
El trabajo continuó así por un rato. El sonido del campo, el viento, el roce de la tierra.
—No pregunté ayer, pero… ¿para qué necesitas el trabajo, a sabiendas de lo que se comenta en el pueblo?
—Mi hermana pequeña… —empezó, dudando—. Es una de las víctimas del asesino de las flores, y necesito dinero para darle una buena sepultura; al menos quiero que su cuerpo descanse en paz.
Armando se detuvo.
No lo miró de inmediato.
—¿Hace cuánto murió? —preguntó, sin girarse.
Luis tragó saliva.
—Hace cuatro días la encontraron muerta.
El aire pareció detenerse por un instante.
—La policía dice que el asesino es un loco… —continuó Luis, con la mirada baja—. Solo mata a mujeres… entre once y veintiséis años.
El viento movió las hojas del maíz.
—No han podido atraparlo aún. Mi hermana tenía once… —añadió, con la voz apagada.
Once.
Ese número se clavó en su mente.
Y entonces recordó.
A su hija.
Isabel.
Ese año habría cumplido once.
El pensamiento llegó sin aviso, pesado, inevitable. Su mirada se perdió un instante en el horizonte, donde el campo se extendía sin fin.
—Lo siento —dijo finalmente, sin voltear.
Luis asintió, aunque Armando no lo veía.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
Pero no era incómodo.
Era denso.
Compartido.
Al final, Luis habló otra vez.
—Tengo que aceptar la realidad… —dijo, con un tono tranquilo, aunque cargado de algo más—. Aunque duela.
Armando no respondió. Pero sus ojos se cerraron un instante.
—Sabe, señor Armando… a veces me pregunto por qué mi hermana. Mis padres se separaron, y ella se quedó con nuestra madre, que volvió a casarse. Pero ese hombre la golpeaba y la maltrataba.
Armando lo miró con compasión, y el joven continuó…
—Ella ya estaba pasando por un momento difícil. Si lo hubiera sabido, me la habría llevado conmigo… ella merecía seguir viviendo. Pero cuando la vi, ya no estaba en este mundo, y el mío se rompió junto con su muerte… Estaba fría, con un vestido blanco y un velo que le cubría el rostro, y esas malditas flores en sus manos.
—Entiendo ese sentimiento… yo lo viví —dijo Armando, colocándole su sombrero al joven.
Continuaron trabajando en silencio. Al mediodía llegó Helena con la comida; se presentó y jugó un rato con Luis. Al terminar, se despidió y regresó a su casa. Ese dia Armando habia tomado el valor que le faltaba y al concluir se despidio de Luis.