El Asesino de las Flores

Capítulo 8

Detalles

Cuando abrió los ojos, era de día. La luz caía sobre la casa con suavidad, entrando por las ventanas y extendiéndose por el interior en tonos cálidos. Afuera, el campo se mecía lentamente con el viento, y el roce del maíz llenaba el ambiente con un murmullo constante.

Se bañó y se alistó con urgencia, a sabiendas de que Luis estaba próximo a llegar.

—¡Señor! —llamó Luis desde afuera.

Armando salió.

El aire fresco le dio de lleno en el rostro, despejándolo apenas.

—Vamos al maizal —dijo, sin más.

Luis asintió.

—Sí, señor.

Caminaron juntos.

El suelo crujía bajo sus pasos, y el camino entre las hileras de maíz parecía más estrecho conforme avanzaban. El sol comenzaba a elevarse más, iluminando las hojas verdes que brillaban ligeramente.

Trabajaron un rato en silencio.

El sonido de las herramientas.

El viento.

La respiración.

Hasta que Luis habló.

—Quería pedirle un consejo… —dijo, dudando un poco, como si no estuviera seguro de cómo empezar.

Armando no dejó de trabajar.

—¿Sobre qué?

Luis se rascó la nuca, mirando al suelo.

—Hay una chica… —dijo finalmente.

El ambiente cambió ligeramente.

Más ligero.

Más cercano.

Armando levantó la vista apenas.

—¿Te gusta?

Luis asintió, con una pequeña sonrisa nerviosa.

—Sí…

Hubo una pausa breve.

—No sé cómo decirle.

El viento pasó entre las plantas.

Armando se quedó en silencio unos segundos, como si buscara en su memoria.

—A mi esposa… —empezó, con la voz más suave—. La enamoré con flores.

Luis lo miró con interés.

—¿En serio?

Armando asintió levemente.

—Sí. A las mujeres les gustan las flores… —dijo, mirando al frente—. Y más si son sin pedirlas.

Luis sonrió un poco más.

—¿Qué tipo de flores?

Armando dejó de trabajar un instante.

Su mirada se perdió levemente.

—No importaba tanto cuáles… —respondió—. Sino el detalle.

El silencio se volvió más tranquilo.

—Ella… —continuó—. Era como un hada del bosque.

El viento movió su ropa ligeramente.

—Así la veía.

Luis escuchaba atento.

—Tuve dos hijas —añadió Armando—. Jazmín, la mayor… e Isabel, la más joven.

Sus palabras salían más lentas ahora.

—Les encantaban los detalles —dijo—. Se fijaban en todo.

Una leve expresión pasó por su rostro.

Algo entre recuerdo y dolor.

—En todo… —repitió en voz baja.

Luis asintió.

—Entonces… flores —dijo, como afirmándose para sí mismo.

Armando lo miró.

—Flores.

El día continuó.

El trabajo siguió su ritmo.

El sol avanzó.

Las sombras cambiaron.

Hasta que finalmente el día llegó a su fin.

El cielo comenzó a tomar tonos anaranjados, y el aire se volvió más fresco.

Antes de que Luis se fuera, Armando lo llamó.

—Ven.

Sacó un sobre.

Se lo entregó.

Luis lo tomó, sorprendido.

—Señor…

Armando había añadido un poco más de dinero.

—Para que la invites —dijo—. Y le lleves unas flores lindas.

Luis sonrió.

—Gracias.

Armando asintió levemente.

El campo quedó en silencio otra vez.

Y por un momento…

Todo pareció más tranquilo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.