Quinta Noche
De nuevo cayó en un sueño profundo y, a las 3:00 a. m., despertó sin sobresalto, como si su cuerpo ya estuviera acostumbrado a ese momento exacto. La oscuridad de la habitación lo envolvía, pero ya no era una sorpresa. El silencio tampoco.
Abrió los ojos lentamente. Se incorporó un poco, apoyándose en los codos, y miró a su alrededor.
Fue entonces cuando lo notó.
La casa estaba cambiando.
No de forma brusca, no de una sola vez, sino lentamente, como si algo invisible la estuviera armando y desarmando al mismo tiempo. Las sombras se movían donde no deberían, las esquinas parecían alargarse, los bordes de los muebles no se mantenían firmes.
Parpadeó.
Y por un segundo todo volvió a la normalidad.
Pero al siguiente… no.
Las paredes parecían más lejanas.
El techo más alto.
El pasillo que se extendía fuera de su habitación no tenía la misma forma.
Se puso de pie.
El suelo estaba frío, pero no fue eso lo que le inquietó, sino la sensación de que no estaba pisando exactamente el mismo lugar que conocía.
—No es real… —murmuró, como en las noches anteriores.
Pero su voz sonó extraña, como si el espacio la deformara.
Avanzó.
Cada paso parecía cambiar ligeramente la casa. El pasillo se estiraba, luego se estrechaba. Las puertas aparecían donde antes no estaban, y otras desaparecían sin dejar rastro.
Respiró hondo.
Intentando mantenerse firme.
Entonces la vio.
Al final del pasillo.
Una figura.
Quieta.
Delicada.
Su silueta era distinta a las anteriores.
No era pequeña.
No era una sombra deformada.
Era… familiar.
Su corazón se detuvo por un instante.
—Amelia… —susurró.
Su hada del bosque.
Su dulce Amelia.
No dudó.
Caminó hacia ella.
Más rápido.
Más emotivo.
—¡Amelia!
Ella se movió.
Se alejó.
Sus pasos eran suaves, casi flotando, y el espacio a su alrededor parecía distorsionarse con cada movimiento. Los pasillos cambiaban, giraban, se alargaban, como si intentarán impedir que la alcanzara.
Pero él no se detuvo.
—¡Espera!
El aire se sentía más pesado, más frío, pero él no lo percibía del todo. Solo veía su figura, su cabello, la forma en que se deslizaba delante de él.
—¡Amelia, por favor!
Giró.
El pasillo cambió.
Pero la vio de nuevo.
Más cerca.
Extendió la mano.
La alcanzó.
La abrazó.
El contacto fue inmediato.
Real.
La rodeó con sus brazos con fuerza, como si temiera que desapareciera si la soltaba.
—No te vayas… —murmuró, cerrando los ojos.
Por un instante, todo pareció detenerse.
Pero entonces…
Sintió algo.
Caliente.
Húmedo.
Bajando por sus manos.
Frunció el ceño.
Abrió los ojos.
Sus manos.
Estaban cubiertas.
De sangre.
El cuerpo que sostenía… se desangraba.
—No… —su voz tembló.
Se apartó ligeramente.
La miró.
Lentamente.
Con miedo.
Con negación.
—No…
Al alzar la vista hacia su rostro…
Cayó.
Su cuerpo cedió sin resistencia, como si todo dentro de él se hubiera roto al mismo tiempo. El mundo pareció inclinarse, desvanecerse, mientras la imagen frente a él quedaba grabada en su mente.
El suelo lo recibió con un golpe sordo.
Y la oscuridad… volvió a cerrarse sobre él.