Nuevas Victimas
Se levantó en la mañana.
La luz entraba por la ventana, clara, constante, iluminando la habitación como cualquier otro día. Pero para él, nada era igual. Sus sueños seguían ahí, pegados a su mente, repitiéndose una y otra vez, como si no quisieran dejarlo en paz.
Le dolía la cabeza.
Sentía el peso en el pecho.
—Me estoy volviendo loco… —murmuró, llevándose una mano a la frente.
Se sentó en la cama unos segundos más, mirando al suelo, respirando lento, intentando estabilizarse. El silencio de la casa durante el día era distinto, pero no lograba aliviarlo.
Ese día decidió mantener la mente ocupada.
No quería pensar.
No quería recordar.
Se levantó, se arregló apenas y salió al campo. El aire de la mañana era fresco, y el cielo estaba despejado, pero ni eso lograba cambiar lo que llevaba dentro.
Comenzó a trabajar.
Movimientos repetitivos.
Constantes.
Automáticos.
La tierra, el maíz, las herramientas… todo lo hacía sin pensar demasiado, como si su cuerpo se moviera por costumbre.
Hasta que llegó Luis.
El joven caminaba con paso algo apresurado, como si trajera algo importante que decir. Su expresión no era la misma de días anteriores; había tensión en su rostro.
—Señor… —dijo al acercarse.
Armando no dejó de trabajar de inmediato.
—¿Qué pasa?
Luis dudó un instante antes de hablar.
—En el pueblo… —empezó—. Han pegado carteles.
Armando levantó la mirada.
—¿Carteles?
—De desaparición —respondió Luis, con voz seria—. Aparte de mi hermana hay otras mujeres que desaparecieron sin dejar rastro.
El viento sopló entre las plantas de maíz, haciendo que se movieran en un susurro constante.
—Dicen que… —continuó Luis, bajando un poco la voz—. Que el asesino ha vuelto y ellas son sus víctimas.
El silencio cayó entre ellos.
Pesado.
Tenso.
Armando no dijo nada.
Solo se agachó.
Y arrancó una de las hierbas con furia.
La tierra cedió con facilidad, pero el movimiento fue brusco, cargado de algo contenido. Sus manos se tensaron, apretando la planta arrancada hasta casi deshacerla.
Luis lo observó.
Recordó algo.
Algo que se decía en el pueblo.
—También dicen… —añadió con cuidado—. Que su familia… sus hijas…
Armando se quedó quieto.
—…fueron víctimas de eso también.
El aire pareció detenerse.
Luis tragó saliva antes de continuar.
—Porque encontraron flores… —dijo—. Lirios, gerberas y claveles… como las que el asesino dejaba… en los restos de su casa quemada.
Armando no se movió.
Sus manos seguían cerradas sobre la hierba arrancada.
El campo quedó en silencio.
Solo el viento.
Solo el roce de las hojas.
Armando no dijo nada más.
Y Luis tampoco.
El resto del día pasó sin palabras.
Trabajaron.
En silencio.
El sol avanzó en el cielo, el calor aumentó, pero entre ellos no hubo más conversación.
Hasta el almuerzo.
Helena llegó con la comida, como siempre. El sonido de sus pasos acercándose rompió momentáneamente la monotonía del día. Dejó el paquete y se marchó sin quedarse mucho.
Armando tomó la comida.
Se sentó.
Luis hizo lo mismo, a cierta distancia.
El olor de la comida llenó el aire.
Por un instante…
Recordó.
Los días felices.
La mesa.
Las risas.
Las voces de sus hijas.
El movimiento dentro de la casa.
El sonido de los platos.
El calor de la familia.
Todo eso pasó por su mente como un eco lejano.
Miró la comida.
Probó un poco.
El sabor…
Era amargo.
Nada era igual.
Masticó lentamente, sin ganas.
—¿Está bien? —preguntó Luis con cautela.