Sexta Noche
Todo volvió a comenzar como las anteriores, envolviendo la casa en una oscuridad espesa y un silencio que ya no le era extraño. Armando abrió los ojos en medio de la madrugada, sin sobresalto, como si su cuerpo ya reconociera ese momento.
El aire estaba frío.
La casa… en calma. Se incorporó lentamente en la cama, mirando hacia la puerta, luego hacia la ventana.
Y entonces la vio.
Una luz lejana en el maizal. Era tenue, pero suficiente para romper la oscuridad. No parpadeaba como una vela ni brillaba como una lámpara común. Era… constante, pero viva, como si respirara.
Se quedó inmóvil unos segundos, observándola.
—No es real… —murmuró, aunque esta vez su voz no sonaba tan segura.
La luz se movió.
Apenas.
Pero lo suficiente.
Se levantó y caminó hacia la ventana, apoyando una mano en el marco. El vidrio estaba frío al tacto. Afuera, el maizal se extendía como una sombra interminable, y en medio de él… la luz.
Se alejó.
Salió de la habitación.
Cada paso resonaba suavemente en la casa. La puerta principal se abrió con un leve crujido, y el aire de la noche lo envolvió al instante.
Frío.
Húmedo.
Cargado.
Bajó los escalones.
Sus pies tocaron la tierra.
Y comenzó a caminar hacia el maizal.
Las plantas se movían ligeramente con el viento, rozándose entre sí, creando un susurro constante que lo rodeaba. La luz seguía allí, adentrándose más entre las hileras.
La siguió.
El maíz lo rodeó.
Las hojas rozaban su ropa, su piel, produciendo un sonido seco, insistente. El camino no estaba claro, pero él avanzaba sin detenerse.
La luz se alejaba.
Siempre un poco más.
Siempre fuera de alcance.
—Espera… —dijo en voz baja, sin saber a quién hablaba.
Entonces lo notó.
Algo era diferente en el maizal no se sentía igual. El espacio parecía más cerrado.
Más angosto.
Como si las plantas se hubieran acercado entre sí.
Se detuvo un momento.
Miró alrededor.
Las hileras parecían más juntas, más altas, como si lo encerraran.
—No…
La luz volvió a moverse.
Y él siguió.
Pero al dar unos pasos más, sintió algo distinto.
El maizal… estaba cerrado. No había una salida clara. Las plantas formaban una especie de barrera, un laberinto sin forma definida.
Su respiración se aceleró.
Giró.
Intentó recordar por dónde había venido.
No lo sabía.
—Esto no es real… —repitió, más rápido ahora.
La luz, de repente, se movió.
Y salió.
No hacia adelante.
Sino… hacia la casa.
Armando se giró de golpe.
La vio.
Cruzando el campo de regreso.
Rápida.
Silenciosa.
—¡Espera!
Salió del maizal como pudo, empujando las hojas, apartándolas con las manos. El sonido del maíz rompiéndose a su paso lo siguió hasta que logró salir.
Corrió.
La luz ya estaba cerca de la casa.
Subió los escalones.
La vio atravesar la puerta.
—¡No!
Llegó.
Intentó abrir.
Pero la puerta estaba trabada.
La empujó con fuerza.
No cedía.
—¡Ábrete!
Golpeó.
Nada.
Su respiración se volvió agitada.
Miró alrededor.
La casa estaba en silencio.
Pero sabía que la luz estaba dentro.
Corrió hacia un lado.
La persiana de la cocina.
La empujó.
Cedió.
Entró.
El interior estaba oscuro, pero no completamente. La luz seguía allí, moviéndose por el espacio, ahora más clara, más definida.
Caminó hacia ella.
Lento.
Cauteloso.
La figura comenzó a formarse.
Primero una silueta.
Pequeña.
Luego más clara.
Más humana.
Su corazón se detuvo por un instante.
—Isabel… —susurró.
Era ella.
Su hija menor.
Allí.
De pie.
Inmóvil.
No dudó.
Comenzó a perseguirla.
Ella se movió.
Se alejó.
Sus pasos eran rápidos, pero distintos a los de Jazmín. Más ligeros. Más… infantiles.
—¡Isabel, espera!
La casa parecía más grande.
Los pasillos cambiaban, como en las noches anteriores, pero había algo más.
Detalles.
Pequeños.
Algo no encajaba.
La forma en que se movía.
La velocidad.
La distancia.
—No… —murmuró, corriendo tras ella.
Se dio cuenta.
Era diferente.
A su… pero no igual.
Algo en su forma no coincidía con el recuerdo que tenía.
Algo estaba… mal.
—¡Detente!
La figura giró.
Por un instante.
Y él pudo verla mejor.
Pero no completamente.
No lo suficiente.
El miedo volvió.
Más fuerte.
Dio un paso atrás.
Pero su cuerpo ya estaba agotado.
Su mente saturada.
Todo giró.
Y cayó.
El golpe fue seco.
El suelo frío.
La oscuridad volvió a envolverlo, cerrándose lentamente sobre él, mientras la figura permanecía allí… quieta.