El Asesino de las Flores

Capítulo 12

Miedo

Luis llegó temprano, como tenía por costumbre, cuando el mundo aún no terminaba de despertar del todo.

El sol apenas comenzaba a elevarse en el horizonte, tiñendo el cielo con tonos dorados y rosados que se deshacían lentamente entre las nubes dispersas. La luz de la mañana caía suave sobre el campo, acariciando cada rincón con una claridad pálida y serena, como si todo estuviera cubierto por un velo delicado. Las hojas de los cultivos brillaban con diminutas gotas de rocío, y el aire fresco de la madrugada aún se aferraba a la tierra, cargado de humedad y de ese silencio profundo que precede al bullicio del día.

El camino de tierra crujía bajo sus botas mientras avanzaba, dejando atrás un leve rastro de polvo húmedo. Al acercarse a la casa, notó que las ventanas permanecían cerradas, como si la noche todavía habitara en su interior.

Al golpear la puerta, el sonido seco de sus nudillos rompió la quietud.

Cuando se abrió, Luis vio a Armando.

Su ropa seguía arrugada, como si hubiera pasado horas moviéndose inquieto o sin encontrar descanso. La camisa estaba ligeramente desabotonada, torcida en los hombros. El cabello desordenado caía sobre su frente, en mechones que parecían no haber sido tocados desde la noche anterior. Su rostro, pálido y con sombras marcadas bajo los ojos, reflejaba un cansancio profundo, más allá de lo físico. Y sus ojos… aunque abiertos, parecían mirar a través de Luis, perdidos en algún pensamiento que aún no lograba soltar.

Luis se detuvo un momento antes de hablar, como si percibiera que cualquier palabra podía quebrar algo frágil.

—Señor…

Armando levantó apenas la mirada, con un gesto lento, pesado.

—Salgo ahora —dijo, con la voz baja y áspera, como si cada sílaba le costara atravesar la garganta seca.

Luis asintió en silencio, sin añadir nada más. Dio media vuelta y caminó hacia el campo pero en el trayecto vio el rosal que pedía agua con todo su ser. Tomó la manguera y comenzó a regar los cultivos.

El sonido del agua cayendo sobre la tierra rompió el silencio que aún persistía en el aire. Las gotas golpeaban el suelo seco con un ritmo constante, casi hipnótico, formando pequeños charcos que se extendían antes de desaparecer lentamente, absorbidos por la sed de la tierra. El olor a tierra mojada comenzó a levantarse, profundo y envolvente, mezclándose con el perfume tenue de las flores.

El rosal, en particular, parecía cobrar vida bajo el agua.

Cuando Armando salió finalmente de la casa, se detuvo en seco.

Por un instante, su respiración se cortó.

Ante sus ojos, la figura de Luis regando el rosal se desdibujó, y en su lugar apareció otra imagen, superpuesta como un recuerdo que se negaba a desaparecer: Jazmín.

La vio allí, como tantas veces antes. De pie entre las flores, con la luz de la mañana envolviéndola, su silueta suave moviéndose con la misma calma con la que el agua caía sobre las plantas. Su cabello parecía mecerse con una brisa que ya no estaba, y sus manos, delicadas, sostenían la manguera con una familiaridad que dolía.

El tiempo pareció detenerse.

El sonido del agua continuaba, pero para Armando era distante, ahogado por el peso del recuerdo. Parpadeó una vez, como intentando despejar la visión… pero la sensación no desapareció de inmediato.

Y allí, en medio del campo, con la luz creciendo poco a poco sobre ellos, la realidad y la memoria se entrelazaron por un breve y doloroso instante.

Hasta que Luis habló.

—¿Le pasa algo? —preguntó Luis, con cautela, sin dejar de sostener la manguera, aunque el chorro ya no era tan firme como antes.

Armando no respondió de inmediato.

Se quedó de pie, inmóvil, con la mirada fija en el rosal, pero sin verlo realmente. Su pecho subía y bajaba con lentitud, como si cada respiración le pesara más de lo normal. Sus manos colgaban a los lados, tensas, con los dedos apenas encogidos, como si contuviera algo que no terminaba de salir.

—Yo… —empezó, pero la palabra se le quedó atrapada en la garganta. Tragó saliva, desviando la mirada hacia el suelo húmedo—. Tengo miedo.

El agua siguió cayendo unos segundos más, golpeando la tierra con un sonido insistente, hasta que Luis, casi sin darse cuenta, bajó la mano. El chorro se debilitó hasta convertirse en un hilo que se perdió entre las raíces del rosal.

—¿De qué? —preguntó, esta vez con la voz más baja, sin girarse del todo, como si respetara la distancia que Armando parecía necesitar.

Armando apretó la mandíbula. Sus ojos se humedecieron apenas, pero no dejó que las lágrimas cayeran.

—De afrontar lo que les pasó —dijo finalmente, con la voz quebrada, arrastrando las palabras como si cada una fuera una herida—. De entenderlo… de verlo de frente.

Hizo una pausa, inhalando profundamente, como si el aire no le alcanzara.

—De saber que eso… —continuó, alzando apenas la mirada hacia el campo vacío— puede volver a pasar. Que va a volver a pasar.

El silencio que siguió fue pesado, espeso.




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