Séptima Noche
El día transcurrió con una calma engañosa. El sol fue cayendo poco a poco, tiñendo el campo de tonos anaranjados que se desvanecieron hasta dejar solo sombras alargadas. Cuando finalmente se ocultó, Luis se despidió en silencio y se marchó, dejando atrás la casa envuelta en una quietud pesada.
Armando entró sin decir palabra.
El baño fue breve, casi mecánico. El agua tibia resbalaba por su cuerpo sin lograr aliviar del todo la tensión que llevaba encima. Luego cenó lo justo, sin prestar atención al sabor ni al hambre. Cada movimiento parecía dictado por la costumbre más que por la voluntad.
Después, tomó las pastillas.
Las sostuvo un segundo entre los dedos antes de llevarlas a la boca, como si en ese pequeño gesto se jugará algo más grande que el simple acto de dormir. Tragó con un sorbo de agua y dejó el vaso sobre la mesa con un leve golpe seco.
Se acostó.
Acomodó el cuerpo lentamente sobre el colchón, sintiendo el peso del cansancio asentarse en sus huesos. Cerró los ojos… y dejó que la oscuridad lo envolviera.
Y entonces, todo se hizo oscuro.
Pero esta vez era diferente.
No se levantó sobresaltado.
No hubo ese tirón brusco en el pecho ni el sudor frío pegado a la piel. No se quedó inmóvil esperando que el miedo lo alcanzará desde las sombras.
Abrió los ojos.
Respiró hondo.
El aire estaba frío, más de lo habitual, colándose por cada rincón como un susurro invisible.
La casa estaba en silencio.
Un silencio distinto. Más profundo. Más… presente.
Armando no se movió de inmediato. Permaneció acostado, mirando hacia la nada, como si ya supiera lo que vendría. Como si, por primera vez, no estuviera intentando escapar.
—Es cierto… —murmuró, apenas moviendo los labios—. Yo… yo no puedo seguir así.
Su voz se perdió en la habitación, absorbida por la oscuridad.
Pero no hubo respuesta.
Solo ese frío.
Y una sensación extraña, casi imperceptible al principio… como si no estuviera completamente solo.
El frío subió por sus piernas como una marea lenta, adhiriéndose a la piel, trepando con una paciencia inquietante. Pero esta vez no retrocedió. No buscó la cama, no cerró los ojos, no intentó convencerse de que era un sueño. Caminó hacia la puerta de la habitación, cada paso más firme que el anterior, como si algo dentro de él —algo nuevo, o quizás algo que siempre estuvo allí— lo empujara a seguir.
El pasillo estaba oscuro.
Inmóvil.
El aire parecía más denso allí, como si la casa contuviera la respiración. Las sombras se acumulaban en las esquinas, espesándose, alargándose más de lo que deberían.
Y entonces la vio.
La figura.
Allí.
De pie.
No se movía, pero tampoco parecía completamente quieta. Era como si su forma estuviera hecha de la misma oscuridad, ligeramente inestable, respirando con ella.
La silueta era inconfundible.
Jazmín.
Su cabello cubierto por un velo caía casi por la cintura, delineado apenas por una luz inexistente. Su vestido, el mismo… o algo que lo imitaba, se desdibujaba en los bordes, como si no perteneciera del todo a ese lugar.
Su corazón dio un golpe fuerte, seco, que resonó en su pecho.
Pero no se detuvo.
Esta vez no.
Dio un paso más.
Luego otro.
El frío se intensificó, envolviéndolo, calándose hasta los huesos, pero había algo más ahora: una extraña calma, una decisión que no tenía antes.
—Jazmín… —dijo, su voz baja, quebrándose apenas mencionaba nombre.
La figura no respondió de inmediato.
Pero entonces, muy lentamente, inclinó la cabeza.
El gesto fue pequeño.
Y aun así, suficiente para helarle la sangre.
Porque no fue un reconocimiento.
Fue… curiosidad.
Como si aquello que llevaba su forma no terminara de recordarlo.
El silencio se hizo más pesado.
El pasillo pareció alargarse.
Y Armando, a pesar del miedo que le apretaba el pecho, dio un paso más hacia ella,
Ella se movió.
Se alejó.
Como siempre.
Pero esta vez él no dudó.
Corrió.
—¡Jazmín!
El silencio se volvió más denso, casi tangible, como si el aire entre ambos se hubiera convertido en algo espeso, difícil de atravesar. Armando sentía bajo sus manos el frío de sus brazos… un frío antinatural, profundo, que no pertenecía a ningún cuerpo vivo.