El Asesino de las Flores

Capítulo 14

Loreta

A la mañana siguiente, la finca de los Valdez era un caos.

Armando despertó sobresaltado por un fuerte estruendo proveniente del exterior. Gritos. Puertas golpeándose. Voces alteradas mezcladas con llantos. Durante unos segundos permaneció inmóvil sobre la cama, todavía aturdido, hasta que volvió a escucharse otro grito más fuerte que el anterior.

Se acercó rápidamente a la ventana.

Desde allí vio una multitud reunida frente a la casa principal. Hombres del campo, mujeres de la cocina y algunas personas del pueblo hablaban todos al mismo tiempo bajo el cielo gris de la mañana.

Algo había pasado.

Armando salió de inmediato.

El barro húmedo se pegaba a sus botas mientras cruzaba el patio. Apenas llegó, vio a un hombre robusto y desaliñado abrirse paso entre las trabajadoras con el rostro completamente desencajado por la furia.

Era el padre de Loreta.

Tenía los ojos enrojecidos y las manos temblorosas. El olor a alcohol viejo salía de su ropa empapada de sudor.

—¡¿Dónde está mi hija?! —rugió con desesperación.

Helena estaba oculta detrás de una de las cocineras que trabajaban junto a Loreta. La niña observaba todo con el rostro pálido, aferrándose al vestido de la mujer mientras el hombre avanzaba furioso hacia ellas.

En un arrebato levantó la mano, como si fuera a golpearla.

Armando lo sujetó antes de que pudiera hacerlo.

—¡Cálmese! —gruñó, empujándolo hacia atrás.

El hombre forcejeó unos segundos antes de soltarse violentamente.

—¡Ella no llegó a casa! —vociferó—. ¡Loreta no volvió!

El murmullo entre la gente se hizo más pesado.

La señora Valdez, nerviosa, explicó que la muchacha había salido de la propiedad alrededor de las ocho de la noche, después de llevarse unos víveres y carne para su casa.

El silencio que siguió fue peor que los gritos.

Entonces comenzaron a organizar grupos de búsqueda.

Hombres armados con linternas y machetes recorrieron los alrededores de la propiedad, los caminos de tierra y las plantaciones cercanas. Revisaron el establo, los campos y hasta el pequeño arroyo detrás de la finca.

Pero no encontraron nada.

Ni una sola señal de Loreta.

El padre, cada vez más alterado, señaló a Armando frente a todos.

—¡Revisen también su propiedad! —escupió con rabia—. ¡Ese hombre es extraño!

Todas las miradas se clavaron en Armando.

Por un instante, el ambiente se volvió insoportablemente tenso.

Pero él simplemente respondió con frialdad:

—Háganlo.

Y así lo hicieron.

Entraron a la propiedad de Armando y revisaron cada rincón. El interior de la casa, el cobertizo, la parte trasera del terreno y hasta las herramientas viejas cubiertas de polvo.

Nada.

Loreta no estaba allí.

Cuando terminó la búsqueda, el padre soltó una risa amarga y cansada. Se pasó la mano por el rostro sudoroso y escupió al suelo antes de hablar nuevamente.

—Entonces denme el dinero que ganó hasta ayer.

Algunos lo miraron confundidos.

—Si huyó o está muerta, ya no importa —dijo con resentimiento—. Pero ese dinero me pertenece.

Helena bajó lentamente la mirada.

Y por primera vez, Armando sintió una ira descontrolada mientras observaba al hombre.

.

Entre murmullos apenas disimulados, las mujeres que trabajaban en la cocina comenzaron a hablar entre ellas.

Decían que el padre de Loreta la golpeaba.

Que llegaba borracho casi todas las noches.

Que más de una vez la habían visto con moretones ocultos bajo las mangas largas de sus vestidos. También comentaban que le quitaba todo el dinero que ganaba y que la muchacha apenas podía quedarse con unas monedas para ella.

Las voces eran bajas, temerosas, como si incluso mencionar aquello pudiera traerles problemas.

La señora Valdez escuchó los comentarios con el rostro endurecido.

—No voy a darle ni una moneda —dijo finalmente—. El dinero se lo entregaré a Loreta. Ella fue quien lo ganó.

El padre lanzó una mirada llena de odio, pero antes de que pudiera responder, la señora continuó:

—En lugar de seguir discutiendo, armen grupos de búsqueda más grandes. Revisen toda la carretera.

Y así lo hicieron.

Los hombres se dividieron en grupos de siete personas para cubrir distintos tramos del camino entre el pueblo y la propiedad de los Valdez. Algunos llevaban palas, otros machetes y palos largos para apartar la maleza de las plantaciones.




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