22 de noviembre de 1938
El cuerpo de una niña de once años fue encontrado a la orilla del río Chambert.
A primera vista, no cabe duda: no ha sido un accidente.
La víctima presentaba múltiples deformaciones en el cuerpo, especialmente en muñecas y tobillos, donde la piel se encontraba inflamada y desgarrada, como si hubiera luchado con desesperación antes de morir. Sus uñas, quebradas y erosionadas hasta la raíz, sugerían un intento violento por aferrarse a algo… o a alguien.
El hallazgo ocurrió alrededor de las dos de la madrugada. Un pescador anciano, habitual de la zona, fue quien dio aviso a las autoridades. Desde entonces, el área permanece acordonada. Nadie entra. Nadie sale. Solo policías e investigadores....
—Rosh Gloom, policía grado III
—Leila, ¿ya terminaste de leer el reporte inicial?
—Sí… —respondí sin apartar la mirada del documento—. Es solo que… ha pasado tiempo desde que me asignaban un caso así.
Rebecca guardó silencio un instante.
—Desde lo de la última vez —añadí—. Así que este caso no es opcional. Tengo que resolverlo… cueste lo que cueste.
—No tienes que explicarlo —replicó ella con calma—. Además, el oficial a cargo cayó enfermo. Me asignaron en su lugar. No ibas a ir sola. —¿Has encontrado algo relevante en el expediente? Aunque los medios estén bloqueados por ahora, desearán saber qué es lo que está sucediendo—. Pude percibir un tono exasperado en su voz.
Cerré el expediente.
—Nada nuevo. Todo esto ya lo informó Rosh, quien fue el que escribió el informe inicial. Necesitamos algo más… más evidencia o más información, como los informes complementarios que están en la subsede o el informe forense, que no está terminado todavía.
—Entonces hay que dirigirnos a la escena lo más rápido posible, como teníamos previsto —dijo Rebecca, aumentando la velocidad.
Madrugada del 23 de noviembre
El motor se apagó a varios metros del perímetro del río Chambert, en la ciudad de Loovrend. No hacía falta acercarse más; el murmullo de la multitud ya era suficiente.
Luces. Voces. Sombras inquietas.
La noticia había corrido rápido.
Personas aglomeradas tras la cinta policial, rostros tensos, ojos llenos de miedo y morbo. Reporteros levantando la voz, buscando respuestas que nadie pensaba darles. Descendimos del vehículo sin llamar la atención y avanzamos con rapidez.
—¡Señorita! —la voz quebrada de una anciana me detuvo apenas un segundo—. Por favor… díganos a quién encontraron… No respondí.
—¡Oficial! —intervino un reportero, dando un paso al frente—. ¿La policía piensa guardar silencio? ¿Están encubriendo a alguien? —Ignoré las preguntas.
—Permiso —dije con firmeza, mostrando mi credencial—. Detective Leila Evermoore, grado IV de la P.D.S. Estoy asignada al caso.
El oficial revisó la identificación y, tras un breve instante, levantó la cinta. —Crucé—.
Rebecca se quedó atrás, apoyando en el control del perímetro. Yo seguí sola, con el tiempo suficiente para pensar en el caso.
~Se encuentra al sur de la ciudad de Loovrend, una zona privilegiada por su clima templado durante casi todo el año. Solo al final del otoño y a lo largo del invierno el frío se vuelve implacable. Entonces, la superficie del río se congela lo suficiente como para permitir que algunos imprudentes se aventuren a patinar sobre él.
Rodeado por el bosque y alejado del bullicio urbano, el lugar siempre había sido considerado tranquilo. Seguro, incluso.~ Hasta ayer.
Un cadáver en la orilla lo cambia todo. Y en otoño… no tiene sentido.
Al llegar a la escena, varios policías custodiaban el perímetro con rostros tensos y movimientos mecánicos. El aire era distinto ahí… más pesado.
Mi mirada recorrió el lugar hasta detenerse en una figura conocida.
El señor Philip.
Tal como esperaba, seguía trabajando, inclinado sobre lo que quedaba de la escena, como si buscara algo que los demás no podían ver.
Me acerqué con cautela.
—Señor Philip, ¿ha encontrado algo más? —pregunté en voz baja, procurando no interrumpir su concentración.
Tardó un segundo en reaccionar. Luego levantó la mirada.
Sus ojos… cansados. Irritados.
—No —respondió con sequedad—. Todo lo relevante fue retirado anoche. El cuerpo, las muestras, cualquier rastro útil… ya está en las oficinas de la P.D.S.
Hizo una pausa breve, como si evaluara si valía la pena seguir hablando.
—Pero si aún quieres perder el tiempo revisando lo que queda… adelante. Eres libre de hacerlo —. Sin añadir nada más, se dio media vuelta y caminó hacia una de las carpas instaladas por la P.D.S., desapareciendo tras la lona sin mirar atrás.
Por mi parte, avancé unos metros más hasta el punto exacto donde se había encontrado el cuerpo, junto a la orilla del río.
Nada. Solo rocas irregulares cubiertas por una fina capa de hielo que brillaba débilmente con la luz de la madrugada. Me coloqué los guantes y comencé a revisar. Una por una, levanté varias piedras cercanas, observando debajo, buscando cualquier rastro fuera de lugar.