Cuando Rita despertó, todo su cuerpo estaba adolorido.
Sentía la cabeza palpitándole con fuerza y una oleada de náuseas le revolvía el estómago. Durante unos segundos no entendió dónde estaba.
Entonces lo notó.
Estaba atada a una cama.
El miedo la atravesó como un rayo.
Intentó incorporarse y comenzó a tirar con todas sus fuerzas de las sogas que la sujetaban. Sus muñecas ardían por el roce, pero las ataduras no cedían.
Finalmente se detuvo, jadeando, intentando pensar con claridad.
Fue entonces cuando recordó el rostro del asesino.
Lo conocía.
Era un cliente habitual del cabaret.
Siempre pedía que Rita le sirviera el alcohol y lo acompañara en su mesa. Nunca había parecido un hombre peligroso. Al contrario, solía tratarla con respeto.
Ese recuerdo la confundía aún más.
¿Cómo podía ser él el asesino?
De repente, el sonido de una puerta al abrirse la sacó de sus pensamientos.
El corazón le dio un vuelco.
Era él.
El hombre entró lentamente en la habitación.
Rita, llena de miedo y rabia, no pudo contenerse.
—¿Por qué me haces esto? —preguntó con la voz temblorosa—. Yo no te he hecho nada.
El hombre la miró fijamente.
Una sonrisa macabra apareció en su rostro.
—Mi preciada magnolia… —susurró con un tono enfermizo—. No necesitas a personas innecesarias en tu vida. Estarás conmigo… hasta el día en que te marchites.
Luego comenzó a reír.
Una risa perturbadora, desquiciada, que heló la sangre de Rita.
Mientras él se perdía en su propia locura, Rita aprovechó el momento. Con paciencia y esfuerzo logró liberar una de sus manos de la atadura.
Intentó mantener la calma.
Necesitaba ganar tiempo.
—Desátame… —dijo con voz suave—. No hace falta que me tengas atada. Si me dejas libre… me quedaré contigo.
El asesino seguía riendo, disfrutando de su propia fantasía.
En ese mismo momento, se escucharon fuertes golpes en la puerta principal de la casa.
El hombre frunció el ceño.
Molesto por la interrupción, salió de la habitación para ver qué estaba ocurriendo.