Rita no perdió ni un segundo.
Rápidamente terminó de desatar su otra mano y luego sus pies.
Se levantó con dificultad y salió del cuarto donde la habían mantenido prisionera.
El corazón le latía con tanta fuerza que parecía que iba a salirse de su pecho.
Mientras buscaba desesperadamente una salida, tomó lo primero que encontró a su alcance: un portavelas de metal.
Entonces vio una ventana.
Corrió hacia ella.
Pero al asomarse se dio cuenta del problema.
Estaba en el segundo piso.
Si saltaba, podía lastimarse gravemente.
Pero quedarse allí era peor.
Mientras pasaba una pierna por la ventana para lanzarse al vacío, una mano la agarró brutalmente del cabello y la tiró hacia atrás.
El asesino había regresado.
Rita cayó al suelo.
El hombre la sujetó con fuerza, pero ella luchó con todas sus fuerzas.
Lo pateó.
Lo arañó.
Golpeó como pudo.
En medio del forcejeo, logró clavarle un dedo en el ojo.
El hombre gritó de dolor y se tambaleó.
Ese instante fue suficiente.
Rita vio en el suelo, a pocos centímetros, un puñal que el asesino había dejado caer durante la pelea.
Se lanzó hacia él y lo tomó.
El hombre volvió a abalanzarse sobre ella.
Forcejearon con violencia.
Rita, desesperada, le dio un fuerte cabezazo en la nariz.
El impacto lo hizo retroceder un segundo.
Un segundo que lo cambió todo.
Con un grito de desesperación, Rita hundió el puñal directamente en su pecho, atravesando su corazón.
El asesino abrió los ojos con sorpresa.
Luego su cuerpo se desplomó sin vida.
Rita no se quedó a comprobarlo.
Corrió.
Salió por la puerta principal de la casa y se lanzó a la oscuridad de la noche.
No había casas cerca.
Ni luces.
Ni nadie que pudiera ayudarla.
Aun así, siguió corriendo.
Pero no llegó muy lejos.
De repente, una figura apareció frente a ella.
Era la amante de su ex prometido.
La mujer estaba completamente desarreglada, con el rostro lleno de rabia… y un arma en la mano.
Sus ojos brillaban con odio.
—¡Todo esto es tu culpa! —gritó con furia—. ¡Si no fuera por ti, él me habría amado!
Rita se quedó paralizada.
La mujer continuó hablando, casi fuera de sí.
—Nunca me miró como te miraba a ti… —dijo con la voz quebrada—. Siempre fuiste tú… siempre.