A las ocho de la mañana Victor ya estaba en su escritorio.
EL expediente de extorsión seguía abierto frente a él.
Tres semanas de llamadas, transferencias falsas y amenazas.
Y todavía no obtenían lo suficiente para arrestar a alguien.
Victor Chase llevaba veinte minutos mirando la misma hoja. Siempre parecían decir lo mismo, que si no pagaba, alguien terminaría muerto.
Ian Mercer se dejó caer sobre la silla frente a él.
—No me digas que sigues con eso.
Victor no levantó la mirada.
—Algo no cuadra.
—Tres semanas y todavía no tenemos ni nombre, ni cara, ni dirección —dijo Ian—. Yo diría que nada cuadra.
Victor miró la hoja una vez más, miró los depósitos.
Inmediatamente los empezó a buscar en el gps.
—¿Ahora que encontraste?
—Cierra la boca —dijo Victor—. Mira los depósitos.
—¿Qué tienen?
—Todos están en un radio de tres millas.
—Eso no significa nada.
Victor señaló la otra columna.
—Ahora mira las llamadas.
Ian observó unos segundos más. Luego levantó la mirada.
—Diez minutos.
Victor asintió. —Diez minutos después de cada depósito hacen una llamada —recalcó.
—¿Y?
Victor se recargó en su silla.
—No puedo creer que siempre estuvimos tan cerca, no sé cómo se nos pasó.
—Como se te pasó a tí —dijo Ian con un tono burlón.
—Son cuatro tiendas donde piden el depósito. Y si te das cuenta siguen un patrón.
—Entonces significa que sigue la tienda de aquí —afirmó Ian mientras señalaba en la pantalla la tienda.
—Y piden un depósito cada cuatro días. Y hace cuatro días recogieron el dinero.
—Entonces hoy depositarán
Victor asintió. Inmediatamente se levantaron de sus asientos y prepararon la patrulla.
Unos minutos después estaban en el estacionamiento de un Circle K.
El sol comenzaba a bajar y el lugar estaba medio vacío.
Un cajero automático brillaba al fondo de la tienda.
Ian miró el reloj.
—Si tu teoría falla te lo voy a restregar frente al jefe.
Victor siguió observando la puerta de la tienda.
Hasta que llegó una persona a la tienda, y fué directo al cajero.
—¿Crees que él sea una víctima? —preguntó Ian.
—Tal vez. Solo hay que esperar a que se vaya y lleguen los extorsionadores.
El hombre salió de la tienda e inmediatamente inició una llamada. Luego de eso se marchó.
Pasaron veinte minutos y ya no había ninguna señal.
—Creo que te lo voy a restregar —dijo Ian.
De pronto una camioneta vieja entró al estacionamiento.
Un hombre bajó, miró alrededor y caminó directo al cajero.
Victor entrecerró los ojos.
—Ahí está.
Ian suspiró.
—Podría ser cualquiera.
El hombre sacó una tarjeta y la insertó en el cajero.
La pantalla se iluminó.
Victor abrió la puerta de la patrulla.
—Vamos.
Caminaron tranquilos hasta quedar detrás de él.
El hombre comenzó a retirar el dinero, dos mil dólares salieron en efectivo.
En ese momento Victor puso una mano sobre su hombro.
—Policía. No te muevas.
El hombre se congeló.
—Vaya —dijo Ian mirando la pantalla—. Justo a tiempo.
El hombre giró lentamente.
—No sé de qué hablan.
Victor lo retuvo. —Revisa el historial de depósitos.
Ian lo revisó.
—El último fué de dos mil dólares. Que conveniente.
Victor sacó unas esposas.
—De las llamadas. Amenazas. Y del dinero que acabas de retirar.
La mujer que estaba a cargo de la tienda se asomó.
—¿Qué está pasando aquí? —dijo.
—Policía de Norhaven. Estamos arrestando a este hombre por extorsión y amenazas.
En ese momento el hombre aprovechó la breve distracción de los policías y le dió un cabezazo a Victor. Corrió y empujó a Ian hacia un estante de papas.
Victor rápidamente sacó su taser y le disparó al hombre.
El hombre cayó al suelo.
—Eso es por el golpe en la nariz idiota.
Victor le puso las esposas.
Ian sonrió.
—Vaya. Estuvo cerca.
Victor miró al hombre mientras lo llevaban a la patrulla.
—Valió la pena.
Una vez en la estación se pusieron a terminar todo el papeleo y el reporte.
Hasta que llegó Mason a la oficina.
—¡Victor!
—Hola Mason. ¿Qué hay?
—No creerás lo que los forenses encontraron en el cuerpo de Brown. —dijo Mason entusiasmado.
—¿Qué? Aparte de ese whisky.
—El cuchillo que fue clavado en su corazón, pasó exactamente entre las costillas, directo al estómago.
Victor se quedó pensando. —No sé. Tal vez solo fué suerte.
—¡No lo creo!
—Yo sí
—Solo un profesional dejaría la escena tan impecable. ¿Cómo es que dejó tan limpia la escena? Y aún así dejó una marca de su zapato.
—Supongo que descuidó esa parte.
Victor dudaba, no sabía por qué Mason insistía tanto en ese caso.
—Escúchame amigo. La detective Jones de homicidios se va a retirar.
—Oh. Eso es bueno. ¿No?
Mason pareció desalentado
—¡No lo entiendes amigo!
—Pues claro que no. No me dices nada.
—Va a quedar su puesto vacío. Ésta puede ser tu oportunidad.
A Victor se le iluminó el rostro.
—¡Claro! Pero… Ian también quiere el puesto.
—Pues pelealo. Demuestrale al sargento Cole lo bueno que eres.
—Te prometo que lo haré. —dijo Victor decidido.
—Yo le daré mi recomendación al sargento.
Mason se retiró.
Luego de eso Victor levantó la mirada al reloj.
—¡Carajo! Ya es tarde.
Victor se levantó de su asiento y corrió al auto. Por poco se le olvidaba su cena familiar.