Marcus Grant
Grant y Mason comenzaron a interrogar a cada uno de los vecinos.
Pero era la misma historia.
Nadie escuchó nada.
Nadie vió nada.
Ese asesino era como un fantasma.
Pero aún así la cámara de seguridad le decía que podía tener algo.
Era de las últimas por interrogar.
Fué allá esperando encontrar algo.
—Buenas noches, soy Marcus Grant de homicidios.
—Sé quiénes son y qué tanto preguntan —dijo una señora mientras fumaba un cigarro.
—Bien. Alguna cosa que pueda decirme.
—No ví nada ni escuché nada tampoco —dijo desinteresada.
—Noté que tiene unas cámaras de seguridad instaladas en el inmueble.
—Ah sí.
—Necesitaremos las grabaciones.
—¿Grabaciones? Son falsas.
—¡¿Cómo qué son falsas?! —dijo Grant molesto.
—Si… mi esposo compró unas hace poco. No sabe cómo usar un maldito celular menos unas putas cámaras. Entonces compró unas falsas.
Grant no lo podía creer.
Esas cámaras eran las únicas que podían darle algo.
Y resultaron ser solo falsas.
—¿Sabe usted cómo está el crimen en Norhaven? Es un puto terror. Así por lo menos piensan dos veces antes de meterse a una casa.
—Bien. Le agradezco su cooperación.
Grant se retiró decepcionado.
—¿Algo? —preguntó Mason.
—Sus cámaras son falsas. Este cabrón es bueno en lo que hace.
—Bien. Creo que ya interrogamos a todos. Mañana por la mañana habrá junta. Entonces veremos qué hacer. Y si Carson tiene algo nos podría ayudar mucho.
Victor Chase
Después de una noche larga buscando una camioneta que nunca estuvo ahí.
La mañana siguiente les sonrió a Victor y a Ian.
La orden de cateo había sido aprobada por el juez.
En un par de horas la casa de Ronald estaba repleta de policías.
No tardaron mucho cuando encontraron la pared falsa que presimòa tener Ronald.
Ahí estaba.
Una bolsa.
Llena de pasaportes falsos, muchos fajos de billetes y teléfonos antiguos.
El problema es que no era ni uno ni dos teléfonos.
Eran ocho.
Y cualquiera podría tener el número del sicario.
Pero podría ser todo ese esfuerzo para nada.
Ese número probablemente ni siquiera les sirva.
Esos teléfonos viejos no pueden localizarse.
Y si él número era desechable, lo más probable es que el sicario ya lo haya tirado.
Pero debían intentar buscarlo.
Buscaron más cosas en la casa, pero no encontraron nada más.
Solo esa bolsa. Marcaron cada número de cada teléfono.
Cada uno tenía uno diferente.
Eso era demasiado sospechoso.
—¿Crees que esté maldito haya contratado a más de un sicario en su vida? —preguntó Ian.
—Tal vez.
—Hay que terminar con esto de una vez por todas. Ayer cancelé una cita por buscar una puta camioneta.
—Muy bien. Podríamos empezar por marcar los números tal vez.
Marcaron número por número de cada teléfono.
Ninguno contestaba.
La llamada ni siquiera entraba.
Como era de esperarse, eran números desechables.
Ninguno había funcionado.
Cuando a Victor le pasó una idea por su cabeza.
Podría ser que alguno de los asaltantes, Enzo o Derek tuvieran algo parecido a Ronald.
Algún lugar dónde ocultar cosas.
—Oye, Mercer. No sé si te suene loco esto. Pero tal vez consigamos algo parecido en la casa de los asaltantes muertos.
—Hasta crees. Grant y Mason ya fueron allá. Y no encontraron nada.
—Bien. Le diré a Carson que busque quien investigue estos números. Con suerte encontraremos algo. Y con mucha más suerte encontraremos alguna pista en la casa de alguno de los dos.
—Bien. Iremos. Supongo que no tenemos otra pista que seguir.
Antes de eso pasaron a la estación para adelantar el reporte.
Cuando Victor escuchó la palabra whisky en la sala de juntas.
No dudó ni un segundo y se acercó.
Desde detrás del cristal podía oír.
Apenas se sentaban los agentes.
Tenía que escuchar lo que había pasado.
Y entró de una vez.
Se sentó hasta atrás para no ser visto por Mason o Grant que se molestarían.
Carson se paró al frente.
—La última víctima del asesino del whisky es Oscar Jensen de veintidós años. Misma herida en el corazón. Mismo whisky. Es todo por ahora.
Carson se volvió a sentar.
Victor se sorprendió al ver que ni los detectives, ni el sargento Cole darían la junta.
Quien se paró al frente fué la detective Jones.
—Bien. Como muchos sabrán, me iba a retirar al final de esta semana. Afortunadamente me ofrecieron el puesto de teniente. El cuál no dudé en aceptar. Pero mientras tanto fuí asignada a cargo del caso del asesino del whisky.
Victor escuchaba atentamente mientras a través del cristal veía pasar a Ian.
Ian volteó un segundo y Victor se volteó.
Pero cuando regresó la mirada, Ian seguía ahí, viéndolo fijamente.
Con una mirada de satisfacción.
Estaba en problemas.
Si Ian me decía a alguno de ellos que se infiltró en la junta podía ser penalizado.
Pero tenía que oír qué tenían que decir sobre el asesino del whisky.
Y decidió no salir.
—Nuestro objetivo es alguien frío. Calculador. Controlador. Sin empatía. Un psicópata. Alguien con pocas relaciones tanto amorosas como de amistad. Alguien en pocas palabras apático y solitario o antisocial.
Después de un rato de escuchar todo lo que había pasado en la escena del crimen, y qué seguirían investigando.
Victor abandonó la sala un poco antes para que no lo vieran.
Victor ya con esa información iba a estar adelantado cuando sea asignado al caso.
Cuando apareció Ian frente a él.
—Me pregunto cuánto tiempo te podría suspender —dijo Ian con un tono burlón.
—¿A qué te refieres?
—A nada. Digo… te metiste a una sala de reuniones sin permiso.