El brindis de cumpleaños de la Sra. Kim se convirtió en la fiesta de compromiso del siglo. Frente a todos los primos, tíos y socios, Taehyung tomó el micrófono, miró a Hoseok a los ojos y, sin importarle su reputación de hombre de hielo, anunció que la boda sería pronto. Los Kim y los Park celebraron hasta el amanecer, y esta vez, ni la madre de Tae ni la de Hobi pudieron detenerlo: Hoseok se mudó oficialmente a la mansión de Taehyung.
Las primeras semanas fueron un torbellino de luz. La mansión que antes era gris, fría y silenciosa, ahora siempre olía a flores frescas y a comida casera. Hoseok, junto con la Nana (quienes se volvieron cómplices absolutos de chismes y recetas), se encargó de redecorar cada rincón. Tiraron las cortinas oscuras, pusieron cuadros coloridos y la cocina se convirtió en el corazón de la casa.
Una mañana, Taehyung bajó las escaleras vestido con su traje de diseñador, listo para un día lleno de reuniones peligrosas. Pero al llegar al comedor, se detuvo sorprendido. La mesa estaba llena de platillos deliciosos: pan recién horneado, frutas y un guiso tradicional que olía a gloria.
Allí estaban la Nana y Hoseok, riendo mientras terminaban de servir el café.
—Buenos días, Sr. Gruñón —dijo Hobi, acercándose para arreglarle la corbata y darle un beso rápido—. Siéntate, que la Nana y yo preparamos el desayuno.
Taehyung se sentó, sintiéndose el hombre más afortunado del mundo. Al probar el primer bocado, sus ojos se abrieron de par en par. Estaba increíblemente rico, mejor que en cualquier restaurante de cinco estrellas.
—Hoseok... esto es una delicia —dijo Tae, comiendo con ganas—. Nana, tú cocinas de maravilla, pero esto tiene un toque diferente. ¿Dónde aprendiste a cocinar tan bien, mi vida? En España no creo que enseñaran a hacer este guiso coreano tan perfecto.
Hoseok soltó una carcajada y le guiñó el ojo a la Nana.
—En España tuve mucho tiempo libre entre misión y misión, Tae. Además, los Park somos expertos en todo, incluso en el arte de conquistar por el estómago —rio Hobi—. Pero la verdad es que la Nana me ha estado dando clases intensivas desde que llegué. Dice que un Kim bien alimentado es un Kim que no mata a tanta gente durante el día.
La Nana asintió orgullosa. —Así es, joven Taehyung. El joven Hoseok tiene manos de ángel para la cocina. Ahora coma todo, que tiene que estar fuerte para mandar en ese casino.
Taehyung sonrió, viendo a las dos personas que más quería en el mundo cuidando de él. Se terminó su desayuno, le dio un beso largo a Hoseok en los labios y se despidió de la Nana con un abrazo.
—Me voy a trabajar —dijo Tae en la puerta—, pero ya estoy contando los minutos para volver a mi casa. A nuestra casa.
Esa tarde, la mansión de Taehyung no parecía la casa de un asesino, sino un club social. Jimin y Jungkook, aprovechando que Hoseok ahora era el "dueño y señor" del lugar, no perdieron ni un segundo. En cuanto Taehyung se fue a trabajar, aparecieron en la puerta con cajas de pizza, bebidas y una energía de chisme incontrolable.
—¡Por fin! —gritó Jimin, entrando como si fuera su casa—. ¡Llevo años queriendo ver qué escondía Tae aquí dentro! Pensé que tendría mazmorras o algo así, pero esto... ¡Hobi, has hecho milagros! ¡Ya no parece una cueva!
Jungkook recorría los pasillos tocando todo. —Vaya, antes si poníamos un pie en el jardín, Tae nos apuntaba con una mirada que daba miedo. ¡Hobi hyung, eres un héroe!
Hoseok, la Nana y los "Jikook" se pasaron la tarde en la sala principal, con las cortinas abiertas de par en par, música sonando y risas que se escuchaban hasta la calle. Estaban en medio de una historia muy graciosa sobre un operativo fallido en España cuando escucharon el motor del auto de Taehyung.
—Oh, oh... —susurró Jungkook, tragando saliva—. El león volvió a su guarida.
La puerta se abrió y Taehyung entró, cansado de un día largo de negociaciones frías. Se detuvo en seco en el recibidor. El olor a pizza, el sonido de la risa de Jimin y ver a su hermano menor desparramado en su sofá favorito lo dejaron mudo.
—¿Qué... qué significa esto? —preguntó Taehyung, soltando su maletín, con la mandíbula apretada—. Jimin, Jungkook... ¿quién les dio permiso para entrar?
—¡Yo! —dijo Hoseok, levantándose con una sonrisa radiante y dándole un beso de bienvenida en la mejilla—. No seas amargado, Tae. Estábamos pasando un rato increíble. La Nana incluso les hizo de ese postre que te gusta.
Taehyung miró a Hoseok y su furia se evaporó en un segundo. Luego miró a Jimin, que le lanzó un beso burlón, y a Jungkook, que seguía comiendo pizza.
—Esta casa siempre fue privada... solo mis padres y la Nana entraban aquí —refunfuñó Taehyung, aunque ya no podía ocultar la pequeña sonrisa que se asomaba—. Pero supongo que ahora que Hoseok vive aquí, mis reglas de "no intrusos" se fueron por la ventana, ¿verdad?
—¡Exacto, hermanito! —rio Jimin—. Acéptalo, ahora somos una familia feliz. ¡Siéntate y cuéntanos cómo te fue matando gente hoy!
Taehyung suspiró, se quitó el saco y, por primera vez en su vida, se sentó en el sofá junto a sus hermanos y su prometido, disfrutando del caos que Hoseok había traído a su vida.