La risa de Jimin se cortó en seco cuando la puerta principal se abrió de nuevo, pero esta vez no con alegría. Jin y Namjoon (RM) entraron con rostros sombríos, cargando carpetas llenas de informes financieros
.
—Taehyung, tenemos un problema grave —dijo Namjoon, yendo directo a la mesa del comedor y extendiendo los papeles sobre el mantel donde hace un momento había pizza—. Estamos perdiendo cantidades masivas de mercancía y dinero en las rutas del norte. Las cuentas simplemente no salen.
Jin, que siempre mantenía el glamour, esta vez se veía estresado.
—Hemos revisado los libros tres veces, Hobi. Alguien nos está robando desde adentro y está borrando sus huellas de una forma muy limpia. Estamos hablando de millones que se esfuman cada semana.
Taehyung se puso en modo "V" al instante. Sus ojos se volvieron fríos y calculadores.
—Si las cuentas no salen, es porque hay una rata —sentenció Tae—. Hoseok, necesito que Alessandro y tú entren al sistema de contabilidad central ahora mismo.
Hoseok, que ya no sonreía, asintió con una seriedad que recordaba por qué era un Park.
—Si alguien está manipulando los números, dejará un rastro digital. Nana, por favor, llévate a Jimin y Jungkook a la cocina, necesitamos privacidad absoluta en la sala de juntas.
Jimin y JK, entendiendo que el juego se había acabado, obedecieron sin protestar. La mansión se transformó: Hoseok sacó su laptop de alta seguridad, Namjoon empezó a trazar las rutas de los camiones en una pantalla holográfica y Jin revisaba los perfiles de los contadores.
Taehyung caminaba de un lado a otro, sintiendo la rabia hervir. Nadie le robaba a los Kim y vivía para contarlo.
—Lo tengo... —susurró Hoseok después de diez minutos de tecleo frenético—. Aquí está el desvío. No es una rata cualquiera, Tae. El dinero está yendo a una cuenta en Suiza que tiene un beneficiario muy familiar.
Todos se acercaron a la pantalla. El nombre en el registro hizo que Taehyung golpeara la mesa con el puño.
—¡Sana! —gruñó Taehyung, con las venas del cuello marcadas—. ¡Esa mujer no se cansa de cavar su propia tumba!
Sin perder un segundo, Taehyung ordenó a su equipo de asalto localizarla. En menos de una hora, sus hombres la trajeron a la mansión. Sana entró temblando, escoltada y con el rostro pálido, pero esta vez no había rastro de la sonrisa arrogante que tuvo la última vez.
Taehyung la acorraló contra la pared, con los ojos inyectados en sangre.
—¿Crees que soy estúpido? —le gritó, mostrándole la pantalla con la cuenta en Suiza—. Estás robando a la familia Kim. ¡Dime dónde está el dinero antes de que pierda la paciencia!
—¡Taehyung, por favor! —gritó ella, llorando desesperada—. ¡Yo no hice eso! Sé que instalé esas cámaras y me arrepiento, te juro que lo hago. Ya no te quiero de vuelta, lo entendí, solo quería tu perdón... pero no soy una ladrona. ¡Alguien está usando mi nombre!
Hoseok, que la observaba desde el escritorio de Tae, entrecerró los ojos. Como un Park, sabía reconocer el miedo real del miedo fingido. Se acercó a ellos y le puso una mano en el hombro a Taehyung para que se alejara.
—Tae, espera —dijo Hobi con voz calmada pero autoritaria—. Mírala. Está aterrorizada. Si ella fuera la que robó millones, ya estaría en el otro lado del mundo, no aquí rogando clemencia.
Hoseok volvió a la computadora y empezó a profundizar en el código de la transferencia.
—Sana tiene razón —dijo Hobi, dejando a Jin y Namjoon mudos—. El nombre de Sana está puesto ahí como un "archivo de texto" pegado encima del original. Es una trampa para que Taehyung la matara a ella y no buscáramos al verdadero culpable.
Sana cayó al suelo, sollozando de alivio.
—Gracias, Hoseok... gracias. Taehyung, lo siento tanto por todo lo que hice antes, pero esto... esto es alguien de tu círculo cercano. Alguien que sabe que la odias a ella y que sería el blanco perfecto.
Taehyung se quedó en silencio, procesando la información. Si no era Sana, significaba que la rata estaba en esa misma habitación o muy cerca de ellos.
—Si no es ella —susurró Jin, mirando a Namjoon—, entonces quien lo hizo tiene acceso total a nuestras claves de encriptación.
Hoseok tecleó un último comando y la máscara digital se cayó.
—Tae... —dijo Hobi con un hilo de voz—. El rastro no viene de fuera. La transferencia se autorizó desde la oficina principal del casino esta mañana... mientras nosotros estábamos desayunando.