He aquí, al alba de mi quincuagésimo octavo año, sentado ante este pupitre de roble gris que huele a tinta y a polvo de siglos, cuando debería oler a campo y a hierba de los pastos de mi juventud. Los riñones que me fueron concedidos en aquella operación de la que poco hablo y mucho recuerdo —aquellos órganos de Elemens que me fueron injertados en las entrañas como quien planta un roble en tierra extraña— han cumplido su extraño designio: mi cuerpo se niega a envejecer, o al menos lo hace a un paso tan pausado que los espejos me muestran un rostro de veinticinco primaveras, mientras mi alma arrastra el peso de quien ha visto demasiados amaneceres sobre pergaminos y no sobre campos de batalla. Soy Tilio, hijo de mercaderes, nieto de escribas, y en esta Torre de Archivos donde he labrado la mitad de mi existencia, he aprendido que el tiempo no pasa igual para quienes llevan en su sangre la herencia de los antiguos. Pero no es de mí de quien deseo hablar en estas páginas, sino de él, de quien ha sido mi señor, mi maestro, mi sombra y mi luz durante todos estos años: Reax, el Gran Sabio, la mano derecha de la que aún se habla en susurros cuando se nombra la Guerra Elemental, el último guerrero de una era que pretendió ser de paz.
Mi pluma se detiene. El tintero de plata, regalo de la Casa del Senado, brilla bajo la luz mortecina de la ventana oriente, donde el sol de la mañana lucha por atravesar los cristales emplomados que dan al Jardín de los Suspiros. Allá afuera, entre los setos recortados con geometría militar que no creo casual, los pájaros cantan con la ignorancia de quienes no saben que sus ramas fueron testigos de consejos de guerra. Y yo, que nunca desenvainé una espada salvo para limpiarla cuando cae de las manos de mi señor, debo registrar la verdad antes de que el tiempo la borre con el mismo empeño con que yo borro las manchas de tinta de mis dedos.
Reax llegó esta mañana, como cada mañana, cuando la campana del tercer cuarto aún no había resonado en la Torre del Reloj. Yo ya estaba en mi sitio, como es mi costumbre desde hace quince años: los informes del Senado dispuestos en orden de urgencia, los sellos de cera alineados según el rango de las Casas, el té de hierbas silvestres humeando en la taza de cerámica que él prefiere, a pesar de que en el palacio circulan porcelanas de elfos traídas desde las Islas del Alba. La puerta de roble macizo, tallada con las runas de la Unificación, no se abrió: se empujó, como se empuja la puerta de un campamento, con el hombro, con el impulso de quien no tiene tiempo para delicadezas. Y allí estaba él.
Hay en Reax una cualidad que desafía la descripción sencilla. No es alto, si se le compara con los descendientes de los clanes del Norte, ni es de porte esbelto como los puros elfos de las torres de cristal. Mide lo que la naturaleza dictó para un hombre de su sangre mixta: la estatura firme de la humanidad, coronada por la elegancia austera de la herencia élfica que corre por la mitad de sus venas. Sus cabellos, de un castaño que se torna cobrizo bajo la luz del sol poniente, le caen hasta los hombros con un desorden que ningún ayudante de cámara logra domar por completo, como si cada mechón recordara los días en que no había peines en los campamentos, sino solo el viento de la guerra. Su rostro, que debió ser hermoso en su juventud —y que aún conserva la estructura noble de los pómulos altos y la mandíbula definida— está surcado por una cicatriz que le atraviesa la ceja izquierda, regalo de una espada orca en las Llanuras del Crepúsculo, según me contó una noche de vino tinto y silencios. Tiene los ojos de un verde tan oscuro que parecen negros cuando la luz declina, y en ellos reside el verdadero misterio de su persona: son ojos que han visto la muerte de cerca, que han ordenado la retirada de batallones enteros, que han contemplado la caída de amigos bajo la lluvia de flechas, y que ahora deben soportar las discusiones interminables de senadores que nunca han visto sangre derramada salvo en los informes que yo mismo redacto.
Pero lo que define a Reax, lo que lo separa de todos los hombres que han ocupado el sillón del Gran Sabio antes que él, no es su rostro ni su sangre mixta, sino algo mucho más simple y mucho más terrible: lleva una espada. Y no la lleva como ornamento, como los jóvenes nobles llevan sus dagas de plata en los banquetes para demostrar linaje que no han forjado. Reax lleva su espada —aquella hoja de acero damasquino que responde al nombre de Viento del Norte, según la leyenda— como quien lleva una mano o un pulmón. La empuñadura, desgastada por años de contacto con la palma de un guerrero, asoma sobre su hombro izquierdo, sujeta por una correa de cuero que atraviesa su túnica de ceremonia de color gris azulado, la prenda que el protocolo exige para las sesiones del Senado. He visto cómo los sirvientes nuevos se estremecen al verla, cómo los embajadores de las Tierras del Sur fruncen el ceño ante lo que consideran una afrenta a la diplomacia, cómo los viejos senadores, aquellos que sobrevivieron al derrocamiento del Senado Original, bajan la vista cuando el metal de la vaina repica contra el marco de la puerta.
Yo, en cambio, ya no me estremezco. He aprendido a leer en esa espada lo que otros no ven: no es un gesto de desafío, sino de desconsuelo. Reax no lleva el acero porque quiera intimidar a los políticos de salón. Lo lleva porque no sabe estar sin él. Es como el anciano que no abandona el bastón aunque sus piernas aún lo sostengan, como el marinero que conserva el amuleto de su barco hundido. La espada es el último vínculo tangible con quien fue, con lo que fue, antes de que la paz —esa paz que él y Kaida conquistaron con sangre y fuego— lo reclamara para el sillón de madera tallada donde ahora se sienta a escuchar quejas sobre aranceles y disputas por tierras de pastoreo.
Hoy, durante la sesión plenaria del Senado, tuve ocasión de observarlo desde mi rincón habitual, tras la columna de mármol verde que separa la tribuna de los asistentes del hemiciclo de los delegados. Reax ocupaba el estrado central, bajo el dosel bordado con el emblema de la Unificación: el fénix y la espada entrelazados, símbolo que él mismo diseñó en aquellos días de triunfo, cuando la guerra acababa de terminar y la paz parecía posible. A su derecha, el sitial vacío que una vez ocupó Kaida, ahora cubierto con un paño negro perpetuo en señal de luto. A su izquierda, los representantes de las Siete Casas, con sus túnicas de seda y sus anillos de sello que brillaban como pequeños soles bajo la luz de las lámparas de cristal. El tema del día era, si mal no recuerdo —y rara vez recuerdo mal, pues es mi oficio anotar todo—, la disputa por los derechos de pesca en el Lago Espejo, un asunto que ya llevaba tres sesiones sin resolución.