El Asistente: Los Años del Aprendizaje

Capítulo III: La Primera Reunión con Reax

Hay recuerdos que el tiempo no desgasta como al hierro, sino que los afila como a una espada que se guarda en la oscuridad de una vaina, esperando el momento en que la luz la devuelva a su filo original. El mío no es un oficio de memorias alegres; los archivos donde he pasado la mayor parte de mi existencia no favorecen la nostalgia feliz, sino una forma de rememoración más parecida a la excavación: lenta, polvorienta, salpicada de descubrimientos que duelen al tacto. Y sin embargo, cuando cierro los ojos en las largas noches de invierno, cuando el viento ulula contra los cristales de mi celda y las velas se consumen hasta convertirse en coronas de cera derretida, el recuerdo que más vívido regresa no es el de las grandes sesiones del Senado ni el de las crisis que he visto gestarse entre papeles y sellos. Es el de una mañana de lluvia, hace ya quince años, cuando un hombre con espada al cinto entró en mi mundo de tinta y pergaminos, y con una sola mirada cambió el curso de mi vida como un río cambia de cauce ante la caída de una montaña.

Debo situar el escenario, no por vanidad de cronista, sino porque los lugares son personajes en esta historia, y aquel día el lugar era tan importante como los hombres que lo ocupaban. Era el invierno del año decimoctavo de la Unificación, si es que la Unificación puede datarse con precisión, pues los historiadores aún discuten si el reino nació el día en que cayó el Senado Original o el día en que Kaida pronunció su primer edicto desde el estrado reconstruido. Para mí, sin embargo, el reino comenzó mucho después, en un día sin fecha memorable en los anales públicos, un día de agua y de niebla en que la ciudad parecía haberse sumergido bajo un mar gris del que no quería emerger. Yo tenía entonces cuarenta y tres años, aunque mi cuerpo, engañado por los riñones de Elemens que me habían sido injertados una década antes, conservaba la apariencia de un hombre de veinte primaveras. Esa paradoja biológica, que ya entonces me había granjeado miradas de soslayo en los corredores de la administración, era una condena silenciosa: los escribas mayores no me tomaban en serio por mi juventud aparente, y los jóvenes aprendices me miraban con recelo, como a un anciano disfrazado que pretende codearse con la juventud. Era un hombre sin edad visible, sin linaje que reclamar, sin fortuna que heredar. Hijo de mercaderes de telas que habían muerto durante las fiebre de los campos de refugiados, nieto de un escriba de provincias cuyo nombre ni siquiera figuraba en los registros menores del antiguo Senado. Mi única herencia era una letra clara, una memoria que retenía el orden de los documentos con la precisión de un reloj de bolsillo, y una paciencia que había aprendido de los largos inviernos de soledad.

Trabajaba en aquel entonces en la Sección Tercera de los Archivos Generales, bajo la supervisión del archivero jefe Morvain, un hombre de estatura tan encorvada que parecía doblado por el peso de los siglos que transportaba en su memoria. Morvain me había tomado bajo su ala no por afecto, que era escaso en su naturaleza, sino por reconocimiento pragmático: yo era el único escriba capaz de organizar los registros del antiguo Senado, aquella montaña de papeles que el derrocamiento había dispersado por los sótanos como hojas arrastradas por un vendaval. Durante cinco años, me había encerrado entre aquellos documentos, clasificando, catalogando, resucitando nombres de senadores caídos en desgracia y tratados que ya nadie recordaba. Era un trabajo de hormiga, de minucia infinita, y lo realizaba con la devoción de quien sabe que su único valor reside en ser útil. No aspiraba a grandes cargos. No soñaba con el palacio ni con las cámaras del poder. Mi ambición, si es que esa palabra puede aplicarse a algo tan humilde, se limitaba a que algún día, alguien consultara un documento que yo había archivado y encontrara la respuesta que buscaba sin tener que remover montañas de polvo.

La mañana de la que hablo amaneció con una lluvia que no era tormenta, sino algo más insidioso: una llovizna fina, persistente, de esas que se cuelan entre las fibras de la ropa y se instalan en los huesos como recuerdos tristes. Había llegado al archivo antes de que el reloj de la torre marcara la hora sexta, como era mi costumbre, pues en la soledad de la madrugada lograba avanzar sin las interrupciones de los mensajeros y los peticionarios. El edificio de los Archivos Generales no es la estructura imponente que la fantasía popular atribuye a los lugares de sabiduría. Es un conjunto de alas añadidas sin plan, un cuerpo de ladrillo rojizo y madera ennegrecida por el tiempo, con tejados que gotean en cien puntos distintos y pasillos donde el eco de los pasos se confunde con el crujido de las vigas. Mi puesto estaba en la sala de clasificación, una estancia larga y estrecha iluminada por ventanas altas que daban a un patio interior donde crecía un olmo moribundo. Allí, entre estantes que se inclinaban peligrosamente bajo el peso de los pergaminos, pasaba mis días, envuelto en una capa de lana gris que había pertenecido a mi padre y que olía a tinta y a humedad con la misma intensidad con que otras prendas huelen a lavanda o a incienso.

Esa mañana, sin embargo, la rutina se quebró antes de que pudiera siquiera encender mi lámpara. Morvain apareció en el umbral de la sala con una prisa que le era del todo ajena; el archivero jefe se movía por el mundo con la velocidad de un caracol que ha decidido no apresurarse por nada. Pero aquel día sus pasos resonaron en el pasillo con un eco seco, y su voz, cuando me llamó, tenía una nota que no le había oído nunca: "Tilio. Ven. Hay alguien que desea verte." No dijo quién. En aquel entonces, nadie deseaba verme. Los peticionarios buscaban a Morvain; los escribas buscaban a los supervisores; los senadores, en el raro caso de que alguno se aventurara hasta los Archivos Generales, buscaban a los custodios de los registros sellados. Un simple clasificador de tercera categoría no era objeto de visitas.




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