Capítulo 3: El adiós más doloroso
Mientras Jonathan corría por los pasillos del hospital, algo dentro de él le advertía que el tiempo se estaba acabando.
Cada paso resonaba contra el suelo frío, cada respiración se volvía más pesada. En su mente solo había una idea: llegar antes de que fuera demasiado tarde.
En una habitación del hospital lo esperaba su madre, Carmen.
Estaba en sus últimos momentos.
A su lado se encontraba Roberto, su esposo, su compañero, su alma gemela, el amor de su vida. Él sostenía su mano con fuerza, como si así pudiera impedir que se fuera.
Carmen lo miró con ternura.
—Cariño… no llores —susurró con voz débil—. Esto no es el final. Tú eres y siempre serás el amor de mi vida… incluso después de mi muerte.
Roberto no pudo contener las lágrimas.
—Protege a Jonathan —continuó Carmen con dificultad—. Es un niño hermoso… lo criamos bien… pero necesitará el apoyo de ustedes.
Esteban permanecía cerca de la cama, intentando mantenerse fuerte, aunque el dolor le atravesaba el pecho.
Afuera de la habitación, Sarah esperaba.
Las lágrimas corrían por su rostro mientras caminaba lentamente por el pasillo. Intentaba mantenerse fuerte, pero ver a la madre de Jonathan en sus últimos momentos estaba rompiendo su corazón.
Estaba esperando a Jonathan.
Sabía que él venía en camino… y que estaba a punto de vivir el momento más doloroso de su vida.
Dentro de la habitación, Carmen habló suavemente.
—Llamen a la pequeña Sarah… necesito hablar con ella un momento.
Roberto y Esteban asintieron.
Aunque su mundo se estaba rompiendo, intentaban mantenerse fuertes por ella.
Ambos salieron de la habitación.
Sarah levantó la mirada al verlos.
—Carmen quiere hablar contigo —dijo Esteban con voz baja.
Sarah asintió, intentando contener sus lágrimas. Una sonrisa temblorosa apareció en su rostro, una sonrisa que estaba a punto de romperse.
Entró lentamente a la habitación y se acercó a la cama.
—¿Sí… señora? ¿Me llamaba? —preguntó con voz temblorosa.
Intentaba ocultar su tristeza, aunque sabía que la madre de Jonathan estaba a punto de partir.
Carmen sonrió con dulzura.
Levantó su mano con dificultad y acarició el rostro de Sarah.
—Pequeña… no llores —susurró mientras limpiaba sus lágrimas—. Sé que harás feliz a mi hijo.
Sarah sintió que su corazón se apretaba.
—Aunque se conocen hace poco… él te va a necesitar más que nunca.
Carmen respiró con dificultad antes de continuar.
—Jonathan es un chico sensible… amable… dulce. Pero intentará ser fuerte. Intentará esconder su dolor… alejarse para que nadie lo vea llorar.
Sarah bajó la mirada.
Sabía que esas palabras eran verdad.
—Intentará cargar todo sobre sus hombros —continuó Carmen—. Por eso quiero pedirte algo.
La tomó suavemente de la mano.
—Quiero encargarte a mi pequeño… a mi principito.
Las lágrimas de Sarah comenzaron a caer de nuevo.
—Por favor… cuida de él. Manténganse fuertes los dos.
Carmen la miró con una sonrisa débil.
—Prométeme que cuidarás de él.
Sarah asintió mientras las lágrimas corrían por su rostro.
—Lo prometo… —dijo con la voz quebrada—. Lo cuidaré con mi propia vida… y lo amaré con todo mi corazón.
Intentó mantenerse firme.
—Usted estará bien… los médicos… ellos…
Pero no pudo terminar la frase.
Sabía que el tiempo se estaba acabando.
Carmen acarició su mejilla una vez más.
—Gracias… pequeña.
Luego respiró profundamente.
—Llama a Roberto y a Esteban… y quédate aquí. Jonathan está por llegar.
Sarah asintió y salió de la habitación.
En el pasillo esperó en silencio mientras Roberto y Esteban entraban nuevamente.
El ambiente se llenó de una calma triste.
Carmen cerró los ojos por un momento.
Sabía que Jonathan estaba por llegar.
Y lo estaba esperando.
Al doblar el último pasillo, Jonathan la vio.
Sarah estaba de pie frente a la puerta de la habitación, con los ojos llenos de lágrimas. En sus manos sostenía su teléfono con fuerza, como si fuera lo único que la mantenía firme.
Cuando Jonathan llegó frente a ella, apenas pudo respirar.
—Sarah… ¿qué pasa? —preguntó con la voz quebrada.
Ella intentó hablar, pero las palabras no salían. Solo negó suavemente con la cabeza.
Ese gesto fue suficiente para que el mundo de Jonathan comenzara a derrumbarse.
Sin esperar más, empujó la puerta.
Dentro de la habitación, el ambiente estaba cargado de un silencio pesado.
El sonido del monitor cardíaco rompía la calma con un pitido lento y débil.
Su madre estaba allí.
Carmen yacía en la cama, pálida, frágil, como si la vida se estuviera escapando de su cuerpo poco a poco. Roberto estaba sentado a un lado, sujetando su mano con desesperación. Sus ojos estaban rojos, hinchados por el llanto.
Al otro lado de la habitación, Esteban permanecía de pie, inmóvil, intentando sostener una fortaleza que parecía quebrarse segundo a segundo.
Jonathan sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Mamá… —susurró.
Se acercó lentamente, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romper aquel momento.
Carmen abrió los ojos con dificultad. Cuando lo vio, una pequeña sonrisa apareció en su rostro cansado.
—Jonathan… —murmuró.
Él tomó su mano con ambas, apretándola con fuerza.
—Estoy aquí, mamá… estoy aquí.
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
Carmen respiró con dificultad.
—Hijo… no tengas miedo…
Jonathan negó con la cabeza, sollozando.
—No digas eso… vas a estar bien…
Carmen levantó ligeramente los dedos, deteniéndolo.
—Cuida… de tu hermano… —susurró—. Y deja… que alguien… cuide de ti.
Sus ojos se deslizaron hacia Sarah, que observaba desde la puerta con lágrimas corriendo por su rostro.