Narrado por: Dalia
PRÓLOGO: LA VOZ DE DALIA
Ubicación: Camerino de Oblivion, Studios North
Tiempo: Miércoles, 11:47 PM (17 horas antes de las semifinales)
Mi nombre es Dalia.
Tengo el cabello azul.
No por elección estética. No porque el azul sea mi color favorito. No porque tenga algún significado profundo para mí.
Tengo el cabello azul porque Cookie necesitaba "diversidad visual de bajo costo".
Rosa para la líder. Amarillo para la optimista. Verde para la atlética. Morado para la misteriosa. Y azul para... bueno, para mí. La que llena el espacio. La que completa la formación geométrica. La que existe para que las otras cuatro se vean mejor.
Soy la segunda voz de Oblivion.
La que nadie recuerda después del show.
La que no tiene líneas individuales en las canciones.
La que nunca aparece sola en las fotos promocionales.
La que existe en el fondo, siempre en el fondo, haciendo que el centro se vea más brillante por contraste.
Y está bien.
En serio.
Acepté ese rol hace tres años cuando firmé el contrato con Q-ART Entertainment.
Sabía que no era la más talentosa. No era la más bonita. No era la más carismática.
Era la que estaba dispuesta a trabajar más duro que cualquiera para compensar todo lo que no era.
Las otras tres chicas—Hana, Sora, Yui—son buenas personas. Realmente lo son. Talentosas. Trabajadoras. Amables cuando tienen energía para serlo.
Pero son colegas.
Compartimos camerino, no secretos.
Compartimos coreografías, no lágrimas.
Compartimos el escenario, no nuestras vidas.
Nana es diferente.
Nana es mi amiga.
No porque seamos las más cercanas en edad—Sora es solo seis meses mayor que yo.
No porque tengamos los mismos gustos—a Nana le gusta el pop suave y a mí me gusta el rock.
No porque vengamos del mismo lugar—ella es de Osaka, yo de Kyoto.
Nana es mi amiga porque me conoce.
Y yo la conozco a ella.
Sé cómo respira cuando está nerviosa—rápido y superficial, como si el aire no pudiera llenar sus pulmones correctamente.
Sé cómo se muerde el labio inferior cuando está mintiendo sobre estar bien.
Sé cómo sus manos tiemblan después de performances perfectas.
Sé que vomita después de cada show importante.
Sé que llora en silencio a las 3 AM cuando cree que todos duermen.
Sé que envía todo su dinero a su familia y come fideos instantáneos tres veces al día.
Sé que lleva ocho meses sin ir a casa porque su contrato no le da vacaciones reales.
Sé que su hermano menor—Amano—la extraña tanto que a veces llama solo para escuchar su voz respirar del otro lado.
Sé que ella está rota.
Sé que Oblivion no la salvó.
Solo cambió el color de su jaula.
De rosa pastel a negro industrial.
Pero sigue siendo una jaula.
Y mañana—no, hoy, porque ya pasó la medianoche—Nana va a subir a ese escenario. Va a ponerse el vestuario de Oblivion. Va a pintarse la cara de monstruo. Va a cantar con voz gutural sobre destrucción y oscuridad.
Y va a intentar aplastar a S_Hollow.
Porque eso es lo que se espera de ella.
Porque eso es lo que Q-ART pagó cincuenta millones de yenes para que hiciera.
Porque eso es lo que los fans ahora exigen.
Pero yo sé la verdad que nadie más sabe.
Sé que Nana no quiere destruir a nadie.
Sé que solo quería cantar.
Esta es su historia.
La historia que Q-ART nunca contará.
La historia que el público nunca verá.
La historia que los otros concursantes—Norman, María, Ruri, Yuki—no conocen mientras planean "destruir su punto débil".
La historia de la chica detrás del monstruo.
La historia de mi amiga.
BLOQUE 1: ANTES DE COOKIE
CAPÍTULO 1: La Niña que Solo Quería Cantar
Hace 4 años - Sala de Espera de Audiciones de Q-ART Entertainment
La primera vez que vi a Nana fue en una sala de espera que olía a perfume barato y ansiedad.
Había trescientas chicas.
Trescientas chicas entre 16 y 22 años, todas con el mismo sueño, todas compitiendo por veinte lugares en el programa de desarrollo de talentos de Q-ART.
La mayoría llevaba maquillaje profesional. Peinados elaborados. Ropa de marca comprada específicamente para esta audición. Algunas hasta habían traído managers o "consultores de imagen" que las asesoraban en voz baja sobre cómo pararse, cómo sonreír, cómo venderse.
Nana llevaba una falda de mezclilla que claramente había comprado en una tienda de segunda mano—podía ver el dobladillo mal cosido donde alguien había intentado arreglar un desgarro. Una blusa blanca simple que probablemente era de su uniforme escolar. Zapatillas deportivas Converse falsas que se notaban falsas desde tres metros de distancia.
Y no tenía maquillaje.
Ni siquiera brillo labial.
Solo su cara. Limpia. Honesta. Aterrada.
Estaba sentada en la esquina de la sala, con una mochila gastada sobre las rodillas, mirando un papel arrugado que había sacado y vuelto a doblar tantas veces que los pliegues estaban a punto de romperse.
Más tarde sabría que ese papel era la letra de la canción que había preparado para la audición.
Una canción de Hikaru Utada que había practicado mil veces en su cuarto pequeño en el departamento de dos habitaciones que compartía con sus padres y su hermano menor.
Me senté dos sillas a su izquierda.
No porque la conociera.
Sino porque era el único espacio disponible en una sala sobresaturada de ambición perfumada.
Pasaron cuarenta minutos.
Llamaron a las chicas de diez en diez.
Entraban con sonrisas brillantes y salían con lágrimas contenidas o expresiones de alivio eufórico.
La tasa de éxito era brutal.
De cada diez que entraban, dos salían con papeles amarillos—invitaciones para la siguiente ronda.