CAPÍTULO 4: La Familia Invisible
Hace 1 año - Llamada Telefónica
Nana no había ido a casa en ocho meses.
No porque no quisiera.
Sino porque nuestro "día libre cada dos semanas" había sido cancelado siete veces consecutivas debido a "obligaciones promocionales imprevistas".
Lo cual era código para: "Q-ART reservó eventos de última hora que pagan bien y ustedes no pueden rechazarlos".
Su familia vivía en Osaka. A tres horas en tren desde Tokio donde estaban nuestros dormitorios.
Tres horas de ida. Tres horas de vuelta.
Seis horas de viaje para tal vez seis horas en casa.
Y eso asumiendo que el día libre no fuera cancelado a las 5 AM con un mensaje de texto.
Así que Nana no iba a casa.
Llamaba.
Cada domingo a las 10 PM.
Diez minutos. No más. Porque las llamadas internacionales— espera, no eran internacionales, pero Q-ART nos había puesto en un plan de teléfono "corporativo" que cobraba ¥100 por minuto después de los primeros diez minutos "gratis".
Yo siempre salía del cuarto cuando ella llamaba.
Para darle privacidad.
Pero una noche, olvidé mi cargador y volví a buscarlo.
Ella estaba sentada en su futón. Teléfono presionado contra su oído. Sonriendo.
Pero era una sonrisa rota.
—Sí, mamá. Estoy comiendo bien. No, no estoy muy delgada. Es solo que las cámaras agregan peso, así que tenemos que estar un poco más delgadas en persona. Es normal... No, no estoy enferma. Solo fue un día malo. Estoy bien ahora... Sí, me estoy cuidando... No, no puedo ir a casa este mes. Tenemos grabaciones... Sí, lo sé. Yo también los extraño...
Su voz se quebró ligeramente.
—¿Cómo está Amano?
Silencio mientras escuchaba.
Su sonrisa se volvió más genuina. Y más dolorosa.
—¿Está usando la silla nueva? ¿Le gusta?... Bien. Me alegra... Dile que lo amo. Y que lo llamaré la próxima semana... Sí, lo prometo... Te amo, mamá. Dale un abrazo a papá de mi parte.
Colgó.
Se quedó sentada durante treinta segundos mirando el teléfono.
Luego se dio cuenta de que yo estaba en la puerta.
—Ah. Dalia. Perdón. ¿Necesitabas algo?
—Mi cargador. —Entré y lo tomé de la pared—. ¿Todo bien en casa?
—Sí. Todo bien.
Mentira obvia.
Me senté en mi futón frente al suyo.
—¿Cómo está Amano?
El rostro de Nana se iluminó genuinamente.
—Tiene una silla de ruedas nueva. Mejor que la vieja. Papá ahorró durante seis meses para comprarla. Dice que Amano puede moverse más rápido ahora. Incluso fue solo a la tienda de conveniencia la semana pasada.
—Eso es genial.
—Sí. —Su sonrisa vaciló—. Tiene dieciséis años. Y es la primera vez que puede ir solo a la tienda.
—¿Qué le pasó? Si no te importa que pregunte.
—Parálisis cerebral. Nació prematuro. Siete meses. Los doctores dijeron que probablemente no caminaría nunca. Tenían razón.
Miró sus manos.
—Mis padres gastaron todo en terapia física cuando era pequeño. Todo. Vendieron el coche. Se mudaron a un departamento más barato. Mamá tomó turnos nocturnos como enfermera para ganar más. Papá trabaja en una fábrica, dobles turnos los fines de semana.
—¿Y por eso...?
—Por eso firmé con Q-ART. Sí. Porque el dinero que envío cada mes... no es mucho. Cien mil yenes. Pero es suficiente para que Amano siga con terapia física dos veces por semana. Es suficiente para comprar sus medicamentos. Es suficiente para que mis padres no tengan que elegir entre comida y tratamiento.
Se limpió los ojos aunque no estaba llorando.
—Por eso no renuncio. Por eso no me quejo cuando Q-ART me cobra por respirar. Por eso como mil cuatrocientas calorías y envío el resto de mi salario a casa. Porque mi incomodidad es menos importante que la salud de mi hermano.
—Nana...
—No te preocupes por mí, Dalia. En serio. Elegí esto. Sabía lo que firmaba. Bueno, no realmente. Pero lo suficiente. Y lo haría de nuevo. Porque al menos ahora, cuando Amano necesita algo, mis padres no tienen que pedirle prestado a vecinos o familia. Al menos ahora, mi madre puede dormir cuatro horas en lugar de dos. Al menos ahora, mi familia puede comer tres comidas al día.
Sonrió. Una sonrisa real esta vez.
—Así que vale la pena. Toda la mierda. Todas las horas. Todo el agotamiento. Vale la pena porque mi hermano tiene una silla de ruedas nueva. Y eso... eso es suficiente para mí.
Yo no supe qué decir.
Porque no había nada que decir.
Nana había transformado su sufrimiento en el combustible que mantenía a su familia viva.
Y eso era hermoso.
Y devastador.
Porque significaba que no podía parar.
No podía renunciar.
No podía colapsar.
Porque si ella caía, su familia caía con ella.
Y ese es el tipo de presión que te rompe.
Lentamente.
Pedazo por pedazo.
Hasta que no queda nada excepto el deber.
Y el deber sin alegría es solo otra forma de prisión.
CAPÍTULO 5: La Grieta que Nadie Ve
Hace 6 meses - Terapia Psicológica Obligatoria
Q-ART mandó a Nana a terapia psicológica obligatoria después de que un entrenador reportara que "parecía distraída y no respondía a correcciones con la energía habitual".
Traducción: Nana estaba mostrando signos de agotamiento emocional y Q-ART necesitaba cubrir su responsabilidad legal si algo pasaba.
La terapeuta era una mujer de unos cincuenta años llamada Dr. Kimura. Oficina en el piso 15 del edificio de Q-ART. Decoración minimalista. Sillón de cuero. Caja de pañuelos estratégicamente colocada.
Nana iba cada viernes a las 7 PM.
Una hora.
Yo la esperaba afuera porque teníamos que volver juntas al dormitorio.
Después de cada sesión, Nana salía con la misma expresión: vacía pero compuesta.
Nunca me contó qué hablaban.
Pero un día, tres meses después de que empezó la terapia, encontré algo.