EL AUDITOR
Capítulo 10.5
Los que se fueron
Nunca entendí del todo cuál era el objetivo.
Eso era lo extraño.
Todos parecíamos saber perfectamente quién ayudaba a conseguirlo.
El colegio tenía patios, salas, talleres, una biblioteca que cerraba demasiado temprano y un gimnasio cuyo techo goteaba cada vez que llovía. También tenía profesores, inspectores, horarios, pruebas y todas las cosas que se supone que convierten un edificio lleno de adolescentes en una institución educativa.
Pero cuando pienso en esos años no recuerdo las notas.
Recuerdo los grupos.
No eran clubes oficiales.
No había formularios.
Nadie entregaba credenciales.
Simplemente ocurrían cosas y algunas personas aparecían siempre en el centro de ellas.
Había que organizar una actividad.
Alguien conseguía mesas.
Había que convencer a un profesor.
Alguien hablaba.
Faltaban veinte personas para mover cajas desde la bodega.
Alguien encontraba treinta.
Un alumno tenía problemas con otro curso.
Alguien intervenía antes de que terminara en una pelea.
Y, después de suficiente tiempo, comenzó a existir una medida que nadie había escrito en ninguna parte.
Aporte.
No tenía escala.
No tenía nota.
No tenía premio.
Pero todos sabíamos quién aportaba mucho.
Y todos sabíamos quién aportaba poco.
Eso incluía a quienes aportaban poco.
Quizá especialmente a ellos.
◆
Mi mejor amigo estaba en el centro.
Nunca lo eligieron.
Simplemente terminó ahí.
Era bueno para eso.
No porque fuera el más inteligente ni el más fuerte ni el que hablaba más alto.
Cuando algo salía mal, no desaparecía.
Ese era su talento.
Si un profesor buscaba a alguien para responsabilizar por una idea que había terminado mal, él levantaba la mano antes de que apuntaran a otro.
Si dos personas discutían, podía ponerse entre ambas sin convertirlo en un espectáculo.
Si alguien del grupo faltaba porque tenía un problema en su casa, él aparecía al día siguiente con los apuntes, alguna excusa para el profesor y, si hacía falta, comida.
No hacía discursos sobre proteger a nadie.
Lo hacía.
Por eso lo seguíamos.
Por eso yo lo seguía.
No era su mano derecha.
Ese puesto, si hubiera existido oficialmente, habría sido de ella.
Ella llevaba listas.
Horarios.
Copias.
Nombres.
Sabía quién había prometido qué y a qué hora había prometido hacerlo.
Cuando mi amigo decía:
—Necesitamos preparar esto para el viernes.
Ella respondía:
—Entonces el miércoles debe estar listo.
Y el miércoles estaba listo.
Si alguien llegaba diez minutos tarde, ella sabía exactamente cuántos minutos eran.
Si alguien entregaba algo mal, no levantaba la voz.
Lo miraba.
A veces eso era peor.
Yo estaba en otra parte de la estructura.
No dirigía.
No ordenaba.
No tenía una habilidad que hiciera decir a nadie «búscalo a él».
Pero estaba.
Si faltaban manos, ayudaba.
Si había que quedarse después de clases, me quedaba.
Si mi amigo necesitaba que alguien acompañara a una persona hasta su casa, iba.
Si ella necesitaba que revisara treinta hojas porque nadie más podía, revisaba treinta hojas.
No era importante.
Tampoco estaba afuera.
Durante mucho tiempo pensé que esa era una posición cómoda.
◆
Los primeros en explicarme que no aportaban fueron ellos mismos.
Uno estaba sentado en las escaleras del gimnasio después de clases.
Había terminado de ayudar a guardar unas mesas.
Yo me senté a su lado porque estaba esperando a mi amigo.
No recuerdo cómo empezó la conversación.