Tener treinta y cuatro alumnos de primer grado en jornada completa (de ocho de la mañana a cuatro y veinte de la tarde) no es un trabajo; es un deporte de extremo riesgo. Para cuando dan las cuatro, te quedan exactamente dos neuronas vivas: una memoriza qué mochila pertenece a qué pibe y la otra reza para que no aparezca un piojo mutante antes del timbre de salida.En aquella escuela cercana al Parque Avellaneda, el clima ya era intenso de por sí, pero todo se coronaba con nuestra Directora. Ella no era una jefa común; ella jugaba en la liga de las divinidades. Se sentía la reencarnación de la Madre Teresa de Calcuta, la versión escolar de la solidaridad y la administradora oficial de las partidas de dinero comunitarias. En su cabeza, la escuela no era una institución pública: era su propio Vaticano de cabotaje.El gran problema del espíritu samaritano de "La Santa" era su sentido del reloj. No tenía mejor idea que repartir las donaciones del proyecto solidario los viernes a la salida. Y el organigrama del colegio parecía diseñado por el enemigo: primero salían los grados más altos y, últimos en la fila de la existencia, mis treinta y cuatro enanos de seis años.Yo en esa época tenía paciencia. Una paciencia bíblica, de esas que resisten inundaciones y llantos por un lápiz perdido. Pero todo tanque de reserva se agota.Un viernes les encajó pañuelos de papel.El viernes siguiente, lapicitos de colores.Al otro, guitarritas de juguete que hacían un ruido infernal.Después vinieron las galletitas, los guantes...Hasta que llegó el Viernes del Juicio Final. El menú de la beneficencia del día era: bombachitas y calzoncillos.Eran las cinco y cuarto de la tarde. Hacía casi una hora que mi contrato laboral había expirado. El sol bajaba, el cansancio subía y yo seguía ahí, en el patio, pastoreando a treinta y cuatro chiquitos hiperactivos que a esa hora ya tenían el nivel de civilización de una horda de vikingos en pleno saqueo. Todos esperando que la Directora terminara de armar su altar de ropa interior infantil.Ahí me desconocí. Sentí una fuerza mística que no venía del cielo, sino del convenio colectivo de trabajo. Me acerqué a la Santa Repartidora con paso firme, la miré fijo y le solté sin anestesia:Me retiro. Hace una hora por reloj que mi horario terminó. Me voy. Y le aviso que los próximos viernes me voy a ir a las cuatro y quince.El silencio que quedó en el patio fue digno de una película del oeste. Me di la vuelta y me fui con la dignidad intacta y los treinta y cuatro chicos entregados a sus padres.Ese fue el santo remedio. El milagro de la conversión horaria ocurrió el lunes siguiente. A partir de esa semana, las donaciones pasaron mágicamente a entregarse los viernes a primera hora de la mañana. Mis compañeros todavía me prenden velas de agradecimiento, demostrando que, a veces, un buen límite docente es muchísimo más milagroso que cualquier santa.