El aula: un reality show sin cámaras

Episodio 1:El padre que no reconoció a su hija

El primer día de clases de primer grado no es un inicio de ciclo lectivo; es un bautismo de fuego, una mezcla de guerra de guerrillas y animación infantil extrema. Corría marzo de 1997, una época maravillosa donde no existían los celulares para registrar el caos y los docentes dependíamos únicamente de nuestro instinto de supervivencia. En las aulas de la Escuela N° 17, allá por la mítica esquina de Garzón y Lacarra, el ambiente concentraba una densidad única: olía a guardapolvo blanco recién comprado (tres talles más grande para que "durara todo el año"), a plasticola fresca y a un pánico infantil tan denso que casi se podía cortar con tijera de punta roma.

Yo estaba ahí, firme en el frente de batalla, estrenando título y unas ojeras prematuras. Mi misión principal consistía en tratar de convencer a treinta criaturitas de cinco y seis años de que la escuela era un lugar seguro, un templo del saber, y no un centro de detención clandestino donde sus padres los habían abandonado para siempre. Tenía que competir contra el llanto coral que se contagiaba por oleadas cada vez que un nene miraba la ventana y no veía a su mamá.

Todo marchaba relativamente bien. Habíamos logrado que no se comieran la plastilina y que respetaran más o menos la fila para tomar la leche. Pero el destino y la vejiga de la pequeña Pamela decidieron jugar sus cartas a mitad de la tarde.

A mitad de la jornada escolar, en ese momento exacto donde el cansancio empieza a vencer a los chicos, Pamela se congeló en su silla. Su mirada se perdió en el infinito, fija en el pizarrón verde, adoptando la postura rígida de una estatua de mármol. Acto seguido, una marea silenciosa, tibia y delatora comenzó a expandirse bajo su pupitre, ganando terreno rápidamente sobre el mosaico granítico del aula. Sí, señores. Primer día, primer bloque horaria, y ya teníamos el primer "accidente líquido" oficial del ciclo lectivo. El charco avanzaba hacia la mochila del compañero de al lado con una velocidad alarmante.

En esos segundos, el cerebro de una maestra calcula mil variables por segundo. Si los otros niños lo notaban, comenzaría el bullying o un efecto dominó de llanto. Por suerte, los dioses de la docencia, en su infinita misericordia, habían provisto a la escuela de ese santo grial pedagógico llamado "El Roperito de Emergencia". El roperito era un baúl de madera maciza oculto en el fondo de la dirección, lleno de ropa de dudosa procedencia, donada por familias de temporadas pasadas (probablemente de la década del 80), que salvaba vidas y reputaciones infantiles.

Fui al rescate. Hurgué en el fondo del baúl con la nariz tapada, esquivando el olor a naftalina ancestral, como quien busca un tesoro pirata. El shortcito celeste original de Pamela estaba totalmente para el desguace, directo a una bolsa de consorcio anudada tres veces. Así que revolví el cofre hasta encontrar la única prenda disponible que coincidiera más o menos con el talle de la damnificada: una pollera rosa chillón, tableada, de una tela acrílica sospechosamente brillante que parecía salida directamente de un videoclip de Xuxa en sus mejores tiempos.

Pamela, lejos de traumarme, quedó chocha con el cambio de look. Pasó de la tragedia de la humillación a sentirse una paquita en pleno set de televisión. Se miraba las tablas de la pollera con orgullo real mientras caminaba de vuelta al aula. Crisis de la tarde: superada con éxito absoluto. O eso creía mi ingenua mentalidad de docente novata.

Llegó el caótico momento de la salida, ya pasadas las 16 horas. Los que conocen la puerta de una escuela pública a esa hora saben que no es apta para cardíacos. Era un mar de padres, madres, abuelas y tíos ansiosos, empujando vallas imaginarias, estirando el cuello como jirafas para recuperar a sus herederos intactos. El griterío tapaba el sonido de la campana. Yo sostenía firmemente la mano de Pamela, manteniéndola cerca de mi guardapolvo, esperando que apareciera su tutor legal entre la multitud de rostros desesperados.

De repente, un hombre con cara de desconcierto total se abrió paso entre la masa de gente a fuerza de codazos tímidos. Tenía toda la pinta de ser el típico padre primerizo que va a ciegas al colegio porque la esposa se quedó cuidando al hermano menor o trabajando. Miraba para todos lados con los ojos desencajados, con la misma expresión de quien busca un paquete que olvidó dónde carajos dejó estacionado.

Me acerqué arrastrando a la nena, exhibiendo mi mejor sonrisa de "sobreviví al primer día de clases sin perder a ningún alumno", y le pregunté en voz alta para tapar el barullo de la calle:

—Buenas tardes, señor. ¿A quién viene a buscar?
—A mi hija... —respondió el hombre, rascándose la cabeza con una timidez que me dio hasta un poco de lástima.
—¿Y cómo se llama su hija? —indagué, buscando el registro en mi mente.
—Pamela —soltó él, aliviado de haber recordado el dato clave.

Miré hacia abajo, señalé directamente a la nena que tenía prendida de mi mano izquierda, la cual lo miraba masticando un palito de helado con total normalidad y desinterés, y le dije con entusiasmo desbordante:

—¡Acá está! Mire, qué suerte. Ella es Pamela.

El hombre clavó la vista en la nena. Se produjo un silencio incómodo. Me miró a mí con el entrecejo fruncido. Volvió a bajar la mirada hacia la nena, deteniéndose minuciosamente en su vestimenta de abajo hacia arriba: zapatillas blancas, medias blancas altas... y la tremenda pollera rosa chillón fosforescente que encandilaba bajo el sol de la tarde.

Su cerebro pareció hacer un cortocircuito analógico, de esos que hacían los televisores de tubo en 1997 cuando se cortaba la señal. Pasaron cinco segundos eternos de procesamiento de datos. Finalmente, enderezando la espalda y con una seguridad que rozaba lo filosófico y lo existencial, me soltó muy suelto de cuerpo:

—No, no... se equivoca, señorita. Esa no es mi hija. Mi hija salió de casa esta mañana con un short celeste, no con una pollera rosa.




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