Hay años que los docentes recordamos con orgullo por los logros pedagógicos alcanzados, por ese nene que por fin aprendió a leer de corrido o por el proyecto de ciencias que salió perfecto. Y hay otros años, señores, que recordamos simplemente porque sobrevivimos con todos los miembros del cuerpo intactos. El año 1998 fue, sin lugar a dudas, de los segundos.
Tenía a mi cargo una sección de primer grado en la mítica escuela colonial ubicada en la intersección de Mariano Acosta y Avenida Rivadavia, en pleno corazón de Flores. El grupo estaba integrado por treinta y cuatro alumnos intensos. Cuando digo "intensos" me quedo corta: eran treinta y cuatro almas indomables, un batallón de infantería miniatura que, desde las ocho de la mañana, convertía el aula de techos altos en una auténtica zona de guerra. Las reuniones de padres se sucedían una tras otra, semana tras semana, pero el diagnóstico del equipo docente era siempre el mismo: los chicos avanzaban ganando terreno a fuerza de berrinches, y nosotros retrocedíamos atrincherándonos detrás del escritorio.
En medio de este ecosistema indomable, donde la ley del más fuerte parecía querer imponerse, brillaba con luz propia el pequeño Dieguito.
Por esos días de 1998, la estabilidad emocional de Dieguito se había ido al tacho porque sus padres habían tenido otra hija. Para amortiguar los celos criminales del primogénito ante la llegada de la intrusa, los progenitores decidieron aplicar una técnica psicopedagógica muy peculiar, nacida de la culpa y de la falta de sueño: comprarle regalos ridículos, gigantescos e inusables. Pero no piensen que le compraban autitos de colección, libritos para colorear o figuritas del Mundial de Francia. No, eso hubiese sido demasiado normal. Ellos le compraban cosas que desafiaban abiertamente las leyes de la física, la lógica y el sentido común de cualquier adulto sano.
Y fue así como, una mañana de invierno, Dieguito se presentó en la escuela portando un arma de destrucción masiva...
La jornada empezó como cualquier otra, hasta que la puerta del aula se abrió y entró Dieguito arrastrando algo pesado por el pasillo. Aquello no era un útil escolar homologado por el Ministerio de Educación; era un proyectil balístico de corto alcance. Resulta que el fin de semana sus padres lo habían llevado a pasear y le habían regalado un lápiz azul hecho con un tronco de árbol real, comprado en la Feria Artesanal de Mataderos.
Cuando digo "de tronco de árbol", les juro que no estoy exagerando por exigencias del guion literario: el objeto tenía literalmente el largo de un pupitre escolar y el grosor exacto de un buen vaso de Fernet. Conservaba la corteza rugosa, las vetas de la madera y, en la punta, una mina de grafito azul del tamaño de un corcho. Parecía un accesorio sobrante del set de filmación de Los Picapiedras o un garrote de ogro medieval sacado de una película de fantasía de bajo presupuesto. El peso de esa mole de madera hacía que el pobre Dieguito caminara ladeado, como un pirata con pata de palo.
El gran problema pedagógico fue que Dieguito no vio en ese tronco rústico un elemento noble para aprender a trazar las vocales o dibujar monigotes. No. Él vio una oportunidad dorada de venganza contra el mundo. Vio un garrote de combate.
A los cinco minutos de haber tocado el timbre de entrada, el aula ya era un caos generalizado. Dieguito descubrió el poder de la palanca. Primero intentó pegarle al compañero de banco para "probar el filo" del tronco. Ante mis gritos de advertencia, Dieguito giró sobre su propio eje y le revoleó un hachazo al aire a la nena de la fila dos, rozándole el moño blanco del pelo. No conforme con el terror sembrado en el pabellón femenino, procedió a avanzar hacia el frente e intentó demoler el pizarrón de un palazo limpio, dejando una marca azul indeleble sobre la madera verde.
Todo lo que se cruzaba en el perímetro de su tronco de Mataderos recibía un impacto o una amenaza de muerte. Yo me pasé las ocho horas de la jornada escolar haciendo cuerpo a tierra, saltando bancos y esquivando embates en lo que parecía un entrenamiento intensivo de artes marciales infantiles mezclado con una película de ninjas. Mis gritos de "¡Dieguito, bajá el tronco!" rebotaban en las paredes coloniales sin ningún efecto. Los otros treinta y tres chicos se refugiaban debajo de las mesas como si sonara una alarma de bombardeo.
Llegó, por fin, el bendito timbre de las cuatro y cuarto de la tarde. El sonido de la campana me devolvió el alma al cuerpo. Entregué uno por uno a los 33 alumnos sobrevivientes a sus respectivos padres, asegurándome de que tuvieran todas sus extremidades completas, y me quedé a solas en el aula vacía con Dieguito y su garrote prehistórico
Cuando apareció la madre en la puerta del aula, a mí ya no me quedaba ni una sola gota de pedagogía o paciencia en las venas; lo único que circulaba por mi sistema era pura adrenalina de supervivencia y tres tazas de café frío.
—Mire, señora... —le dije, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que no me temblara el ojo izquierdo del tic nervioso que me había quedado, le pido por favor, por la salud física de esta comunidad educativa, que Dieguito no traiga más este lápiz a la escuela. Es peligroso.
La mujer me miró con una parsimonia total, con esa cara de desconcierto absoluto de quien no entiende por qué las maestras de hoy en día son tan exageradas y dramáticas. Soltó un suspiro de fastidio, se encogió de hombros y, sin pedir disculpas, agarró el tronco y lo metió a la fuerza en la mochila de Dieguito. Por supuesto, el cierre no subió ni un centímetro: de la mochila sobresalía más de medio metro de madera rústica azul, haciendo que el nene pareciera llevar la antena de una radio clandestina o un pararrayos casero en la espalda. Se dio la vuelta y se fue sin emitir palabra, desentendiéndose por completo del peligro latente de tener a un demoledor de seis años suelto por la vía pública.