Junio de 2021. Plena pospandemia. Cuando todo parecía encaminarse y se empezaba a respirar un poco de paz...
Después de meses que parecieron años, la escuela comenzaba lentamente a recuperar algo parecido a la normalidad. Aunque, claro, era una normalidad rara, con protocolos pegados en las paredes, alcohol en gel en cada rincón, barbijos que escondían sonrisas y saludos que todavía no se animaban del todo a volver a ser abrazos.
Habíamos pasado demasiado tiempo aprendiendo a trabajar de otra manera. Las aulas vacías, las pantallas encendidas, los mensajes a cualquier hora, las familias buscando ayuda, los docentes inventando estrategias con una creatividad que ni sabíamos que teníamos. Habíamos sobrevivido a clases virtuales, conexiones que fallaban, chicos que desaparecían detrás de una cámara apagada y reuniones donde la frase más repetida era: “¿Me escuchan?”.
Pero ese junio parecía traer otra energía.
Los chicos volvían a entrar al edificio con sus mochilas, sus voces fuertes y esa capacidad maravillosa de hacer ruido hasta cuando intentan estar tranquilos. El patio volvía a llenarse de carreras, risas y discusiones por cosas que para ellos eran asuntos de Estado: quién tenía la pelota, quién había empezado, quién se había colado en la fila o quién había mirado primero.
Para quienes trabajábamos en la escuela, volver a escuchar ese bullicio era casi una señal de vida. Después de tanto silencio, el ruido de los chicos era música.
Aunque todos sabíamos que no todo había vuelto a ser igual.
Quedaban cansancios acumulados, preocupaciones, aprendizajes pendientes y muchas historias que cada familia cargaba en silencio. La pandemia había dejado marcas visibles e invisibles. Había que reconstruir vínculos, recuperar rutinas y volver a enseñar cosas que antes parecían simples: esperar turnos, compartir, escuchar al otro, resolver conflictos sin que todo terminara en una batalla campal.
Pero ahí estábamos.
Docentes, alumnos, familias y equipos de conducción intentando armar nuevamente esa enorme maquinaria llamada escuela. Una máquina imperfecta, llena de imprevistos, pero que cuando funciona tiene algo mágico.
Yo pensaba que, después de todo lo vivido, lo peor ya había pasado.
Que quizás finalmente llegaban tiempos más tranquilos.
Que después de tanta incertidumbre podíamos dedicarnos simplemente a enseñar, acompañar y disfrutar nuevamente de esos pequeños momentos que hacen que uno elija esta profesión.
Claro que, con los años de experiencia que llevaba en la escuela, debería haber sabido algo fundamental:
Cuando una directora piensa “por fin está todo tranquilo”, generalmente es porque alguna sorpresa ya está calentando motores en algún rincón del edificio.
Y la escuela, fiel a su estilo, estaba a punto de recordármelo.
Se acercaba el Día de la Bandera y todos sabíamos que ese año el acto no iba a ser como los de siempre. Había que reinventarse.
La docente de 4to grado tuvo una idea que, sinceramente, prometía.
—Vamos a hacer un noticiero que tendrá como tema principal la vida de Belgrano y la creación de la bandera.
¡Buenísimo!
Los chicos serían periodistas e historiadores. Entrevistarían a especialistas sobre Manuel Belgrano y la creación de la bandera. Había escritorio, micrófono improvisado, barbijos bien puestos y un escenario preparado con mucho entusiasmo.
Todo parecía digno de un premio... hasta que el video llegó a mis manos antes de publicarse.
Era el mediodía. Estábamos almorzando con el equipo de conducción y pensamos:
—Veamos esta maravilla.
Le dimos play.
A los pocos segundos dejamos de masticar.La lechuga quedó atragantada, el pollo me atragantó y varios vasos de agua no alcanzaron para pasar ese trago amargo.
En la mesa se hizo un silencio de esos que anuncian una catástrofe pedagógica.
Los "historiadores" consultaban... revistas Billiken y Genios.
Nos miramos.
—Bueno... no es una biblioteca del Cabildo, pero todavía se puede salvar...
Seguimos viendo.
Grave error.
La cámara hizo un plano más amplio y apareció, imponente, el gran póster que decoraba el estudio del noticiero.
No era Manuel Belgrano.
Era El General José de San Martín.
Nos volvimos a mirar.
Uno de nosotros dijo bajito:
—¿Será un especial de próceres y nadie nos avisó?
Otro agregó:
—Capaz que en el próximo bloque entrevistan a Sarmiento sobre la llegada del hombre a la Luna...
Ya no sabíamos si llorar, reírnos o pedir un desfibrilador.
Con toda la delicadeza que la situación requería, fuimos a hablar con la docente.
La primera pregunta fue casi un ruego:
—Decime que todavía no se lo mandaste a nadie...
—No.
Nunca una palabra tan corta nos dio tanta felicidad.
Respiramos aliviadas y empezamos a señalar los errores.
Las revistas.
El póster.
La confusión de próceres.
Esperábamos un "¡No lo puedo creer!" o un "¡Qué papelón!".
Pero no.
Con absoluta tranquilidad respondió:
—Yo lo hice con muchas ganas.
Y antes de que pudiéramos seguir hablando, remató con una frase inolvidable:
—Ahora no quiero hablar porque estoy dando Matemática, no Ciencias Sociales.
Ahí entendí que ser directora no es solamente conducir una escuela.
Es evitar que un noticiero histórico termine convirtiéndose en un universo paralelo donde San Martín crea la bandera, Belgrano desaparece de la escena y las revistas infantiles reemplazan a los libros de consulta.
Desde ese día, antes de publicar cualquier video escolar, aprendí una regla de oro:
Primero reviso el audio. Después la imagen. Y, por las dudas... confirmo que el prócer sea el correcto. 😂
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