El aula: un reality show sin cámaras

El día que casi me jubilo antes de tiempo"

Corría 1998, en la Escuela Caviglia. Era la hora del comedor, y después de subir los dos pisos por escalera larga y empinada llegamos al lugar donde se desencadenaron un vadi suicidio infantil. Fue ese momento del día en el que los docentes descubrimos que el peligro no siempre está en el patio... a veces viene con una servilleta de tela.
Emiliano, alumno de primer grado, había tenido una pelea feroz con su hermana mayor. No lloró. No gritó. No acusó a nadie.
Decidió canalizar sus emociones de una manera... creativa.
Se metió la servilleta de tela en la boca y la apretó con tanta fuerza que empezó a ponerse azul.
En ese instante, mis manos trabajaron por su cuenta. Mi cerebro todavía estaba procesando la escena mientras yo ya lo había dado vuelta sobre mi falda y, con un golpe seco, le abría la boca que confieso apretaba con mucha furia.
Emiliano volvió a respirar.
Yo... más o menos.
Después del susto llamé a la familia. Mientras esperaba, imaginaba una charla sobre manejo de emociones, límites, psicólogos infantiles... esas cosas que los docentes soñamos y pocas veces suceden.
Llegó la mamá.
Lo miró, me miró y, con una serenidad que todavía hoy me desconcierta, dijo:
—Sí... el padre hacía exactamente lo mismo cuando era chico.Es una anécdota que él siempre cuenta...
Silencio.
Y ahí entendí dos cosas.
La primera: Emiliano estaba bien.
La segunda: yo acababa de participar de un problema hereditario.
Desde ese día, cada vez que veía una servilleta de tela, la miraba con más desconfianza que a un inspector sorpresa.
Porque ser maestra es enseñar a leer, escribir, sumar... y, de vez en cuando, evitar que un alumno convierta el comedor escolar en una sala de emergencias.




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