Corría 1998, en la Escuela Caviglia. Era una de esas mañanas pegajosas de diciembre en las que el aire parece haberse tomado vacaciones y el guardapolvo se adhiere a la espalda antes del primer recreo. El ventilador de techo giraba con más entusiasmo que eficacia, zumbando como un abejorro cansado, y el café de la sala de maestros apenas alcanzaba para negociar una tregua con la energía desbordante de treinta alumnos de primer grado. A esa altura del año, los chicos ya olían la libertad de las vacaciones y se movían por el aula como un cardumen feliz, ruidoso e ingobernable.
Después de subir los dos pisos por la escalera larga y empinada —ese ascenso diario que los maestros hacemos cargando cuadernos, tizas y las pocas neuronas que nos quedan intactas—, llegamos al comedor. Fue entonces cuando descubrí que el peligro no siempre acecha en el patio, trepado a un pasamanos o corriendo a velocidad luz sobre las baldosas húmedas. A veces, el peligro viene doblado prolijamente al lado del plato, en forma de una inofensiva servilleta de tela blanca con olor a jabón de baja calidad.
Mientras las camareras empezaban a servir los platos humeantes de fideos con carne, Emiliano planeaba otra cosa. Acababa de tener una pelea feroz en el pasillo con su hermana mayor, una alumna de cuarto grado que le había retenido un sacapuntas con forma de autito. Emiliano no lloró. No gritó. No acusó a nadie con la maestra de turno. Fiel a su estilo silencioso y obstinado, optó por un método alternativo de protesta que desafiaba cualquier lógica de supervivencia: se metió la servilleta de tela entera en la boca, la empujó con los dedos y la apretó con tanta fuerza que sus mejillas empezaron a ponerse de un preocupante color azul violáceo.
Por fuera, mantuve la clásica expresión de maestra experimentada que parece tener todo bajo control, esa máscara de esfinge que practicamos frente al espejo para que el pánico no se contagie. Por dentro, sin embargo, mi monólogo mental era un grito desesperado: ¡No puede ser! ¿Treinta alumnos a cargo, dos pisos de escaleras para que coman , y voy a terminar mi carrera negociando el rescate de una vía aérea con una servilleta de algodón institucional?
Mientras mi cerebro seguía intentando comprender la física de la escena, mis manos actuaron por puro reflejo de supervivencia docente. Lo di vuelta sobre mi falda, boca abajo, y con un golpe seco y firme entre los omóplatos, logré que abriera la mandíbula. Saqué la servilleta completamente mojada de su boca y Emiliano, con una bocanada ruidosa, volvió a respirar. Yo… más o menos. El aire tardó un par de minutos más en volver a mis pulmones.
A nuestro alrededor, el comedor se había congelado. Los compañeros de mesa habían quedado inmóviles, como en el juego de las estatuas, con las cucharas suspendidas en el aire y los fideos colgando a mitad de camino. Una colega que pasaba por el pasillo central, alertada por el súbito silencio, me dedicó desde la puerta esa mirada cómplice y ceñuda que, en el idioma universal de los docentes, significa: “Anotá esto en el cuaderno de actas porque, si lo contás en la sala de profesores, nadie te lo va a creer”.
Después del susto, y con las manos todavía temblando un poco mientras firmaba los boletines, llamé a la familia. Mientras esperaba en la dirección, me puse en postura intelectual. Imaginaba una charla profunda sobre el manejo de las emociones en la infancia, el establecimiento de límites saludables, la frustración y la necesidad de una consulta con el equipo de orientación escolar o un psicólogo infantil. Ya saben, esas conversaciones pedagógicas brillantes que una sueña tener cuando lee a Piaget en el profesorado y que, en la realidad del aula, casi nunca ocurren.
Luego de un buen rato, llegó la mamá. Era una mujer menuda, que traía el ritmo apurado de quien interrumpe su jornada laboral. Miró a su hijo, que a esa altura ya dibujaba monigotes en un papel como si nada hubiera pasado, me miró a mí y, con una serenidad que me resultó francamente desconcertante, suspiró y dijo:
—Sí… el padre hizo exactamente lo mismo cuando era chico. Es una anécdota que él siempre cuenta en las fiestas familiares. Se enojaba y se tragaba lo que tuviera a mano. Una vuelta se comió un pañuelo de la abuela.
Silencio en la dirección. El reloj de pared parecía sonar más fuerte.
En ese instante entendí dos cosas. La primera: Emiliano estaba perfectamente bien y su nivel de oxígeno en sangre había retornado a la normalidad. La segunda: yo acababa de participar activamente como espectadora de un rasgo hereditario absurdo que ningún manual de pedagogía contemporánea se atreve a mencionar.
Desde aquel día de diciembre de 1998, confirmé una teoría que los años frente al aula no hicieron más que ratificar: en la escuela todo, absolutamente todo, se hereda. Los ojos claros, los hoyuelos en las mejillas, la facilidad para las matemáticas, la caligrafía endiablada… y, al parecer, también la enemistad manifiesta con la mantelería. Por las dudas, durante el resto de ese ciclo lectivo, cada vez que entraba al comedor hacía una lista mental estricta: cucharas, vasos, platos y servilletas. Sobre todo, las servilletas.
Los años pasaron con la velocidad habitual del calendario escolar, ese que vuela entre las efemérides de mayo y los actos de fin de año. Para el año 2001, yo ya no tenía a Emiliano en mi aula de primer grado. Emiliano había crecido. Ya no era el nene retacón que se escondía detrás del guardapolvo de su hermana. Ahora tenía las piernas largas, las rodillas permanentemente raspadas por el fútbol del recreo y una madurez que, ingenuamente, me hizo pensar que los días de los peligros textiles habían quedado sepultados en el baúl de la primera infancia. Cuán equivocada estaba. La genética no se toma vacaciones, solo espera el momento adecuado para reaparecer con mejor presupuesto y mayor producción. Emiliano seguía haciendo de las suyas…
Hoy, cuando me cruzo con exalumnos de aquella época y nos ponemos a recordar las viejas épocas de la Escuela Caviglia, siempre surge la misma pregunta entre risas: "¿Te acordás de Emiliano?". Yo sonrío, miro las servilletas de la mesa donde estemos tomando un café y pienso que, en el fondo, la docencia es eso: una hermosa, impredecible y a veces asfixiante aventura donde los libros te enseñan la teoría, pero los chicos —y los fantasmas de sus padres— te dictan la verdadera cátedra todos los días. Por las dudas, sigo contando los elementos en la mesa. Uno nunca sabe cuándo la genética va a decidir volver a almorzar.