El aula: un reality show sin cámaras

Episodio 5 : El Mundial '98, y la bomba que decidimos ignorar

Corría el mes de mayo de 1998. La Escuela Ángela Medone de Caviglia era una de las pocas instituciones públicas de la Ciudad de Buenos Aires donde todavía se enseñaba el idioma francés como materia curricular. Un orgullo de la educación pública, claro, pero también un imán para los desafíos inesperados. Así fue como, una mañana cualquiera de otoño, mientras lidiábamos con los boletines y la tiza, sonó el viejo teléfono de baquelita negra en la dirección del Ministerio de Educación. La orden bajó sin anestesia:
—"La escuela ha sido elegida para presentar oficialmente el Mundial de Fútbol Francia '98 a nivel escolar."
Y ahí mismo empezó la locura.
Pasar de la rutina de los actos del 25 de Mayo a la organización de un evento diplomático de calibre internacional fue como intentar armar un rompecabezas de mil piezas en medio de un patio durante el recreo. Había que recibir nada menos que al Jefe de Gobierno de la Ciudad (en ese entonces Fernando de la Rúa), al mismísimo Carlos Salvador Bilardo —el técnico campeón del mundo—, a un desfile de exjugadores con historias de gloria en las piernas, periodistas con cámaras enormes que tapaban los pasillos, autoridades ministeriales de primera línea, directivos de escuelas vecinas y, la frutilla del postre: los embajadores de Francia y sus comitivas, con un protocolo que hacía que nuestra humilde alfombra roja de la entrada pareciera poco, casi un felpudo gastado.
Las nueve maestras de grado, junto con las maestras recuperadoras y las curriculares, nos transformamos de la noche a la mañana en una productora de eventos de alta gama. Las profesoras de francés, con un entusiasmo que rozaba la neurosis, prepararon los números artísticos con alumnos de todos los grados. Los chicos de primero ensayaban la pronunciación de las canciones tradicionales, los de séptimo preparaban discursos sobre la fraternidad franco-argentina y las paredes se poblaron de banderas tricolores hechas con papel afiche y escarapelas celestes y blancas.
Por supuesto, coordinamos un exquisito lunch para los invitados. Porque en la cultura institucional argentina, ningún acto verdaderamente importante termina si no hay una bandeja de sandwichitos de miga de jamón y queso, flanqueada por masitas secas y gaseosas servidas en vasos de plástico que intentábamos que parecieran de cristal.
El día del evento, el salón de actos lucía irreconocible. Estaba hermosamente decorado con guirnaldas, globos y mapas de Francia y Argentina , y completamente repleto de gente. Más de quinientas personas respirando el mismo aire expectante. A mí, por portación de rostro y una paciencia que todavía me asombra, me tocó el puesto de "azafata oficial": mi misión era recibir a cada celebridad e invitado ilustre en la puerta de calle, hacerlos firmar el libro de oro y guiarlos a través de los pasillos hasta sus asientos asignados en el salón principal.
En uno de esos viajes de ida y vuelta entre la mesa de entrada y el bullicio del salón, cuando ya De la Rúa se acomodaba la corbata y Bilardo gesticulaba repasando mentalmente alguna táctica, sonó el viejo teléfono de línea en la secretaría. Atendí por puro reflejo.
—¿Hola? Escuela Caviglia, buenos días...
Del otro lado de la línea, una voz seca, monótona, desprovista de cualquier matiz de emoción, cortó el aire:
—"Hay una bomba en la escuela."
Click. Cortaron.
Sentí que se me congelaba la sangre en las venas y que el calor del salón de actos se transformaba en un invierno instantáneo. El teléfono me pesaba en la mano como si fuera de plomo. Pero hay que entender el contexto: era una época en la que las amenazas de bomba falsas estaban a la orden del día en los colegios secundarios y primarios de la Capital; se habían convertido en el deporte nacional de los alumnos que querían zafar de una prueba de Geografía. El problema era que ese día no era un día cualquiera.
Si yo salía corriendo, abría las puertas del salón y gritaba: "¡Evacúen el edificio!", la catástrofe era matemática pura. Más de quinientas personas, entre ancianos, diplomáticos estirados, funcionarios y nenes de seis años, intentarían bajar desesperadas por una sola escalera larga y empinada hacia una única puerta de salida sobre la calle. El remedio, sin dudas, podía ser muchísimo peor que la enfermedad que anunciaba la voz del teléfono.
Busqué con la mirada a una compañera maestra, una de esas voluntades de hierro con más años de tiza y experiencia que yo. Nos miramos dos segundos. En el idioma de los docentes, una mirada de par en par equivale a un tratado completo de sociología de la emergencia. No hizo falta decir mucho. Nos acercamos en un rincón, lejos de los fotógrafos.
—¿Qué hacemos? —le susurré, sintiendo el corazón en la garganta. —¿Seguimos? —me devolvió la pregunta con una calma que me pareció sobrenatural.
Y sí... seguimos.
Lo que pasó la hora siguiente pertenece al terreno del surrealismo. Mientras Carlos Bilardo hablaba apasionadamente de fútbol, y contaba anécdotas , yo hacía cuentas mentales sobre probabilidades físicas y resistencia de materiales. Los embajadores franceses sonreían con una distinción envidiable, aplaudiendo cada vez que un nene de tercer grado lograba pronunciar una "R" gutural correctamente. Los chicos cantaban en francés, las bandejas con sandwichitos de miga circulaban entre los ministros y yo miraba los rincones del salón, pensando para mis adentros: "Por favor, Diosito de los docentes, que el único estallido que escuchemos hoy sea el aplauso final".
Cada minuto duraba una eternidad de sesenta horas. Mantener la sonrisa de azafata hospitalaria mientras por dentro estás calculando las rutas de escape y repasando mentalmente el curso de primeros auxilios de la Cruz Roja es un ejercicio que no se lo deseo a nadie. Monitoreaba los movimientos de cada persona extraña, pero la fiesta mundialista seguía su curso con la precisión de un reloj suizo... o francés.
Por suerte, la fortuna estuvo del lado de la educación pública y el destino decidió darnos una tregua. Así fue. El acto terminó con una ovación cerrada, las autoridades se deshicieron en elogios hacia el nivel de idioma de la escuela, Bilardo firmó autógrafos hasta quedarse sin tinta y los sandwichitos desaparecieron de las fuentes en tiempo récord.
Cuando el último invitado de traje y corbata cruzó el umbral de la puerta de calle y el portón verde de hierro de la escuela se cerró, recién en ese preciso instante, nos acercamos a la conducción de la escuela para avisar sobre la amenaza telefónica. La directora, por supuesto, palideció, se tomó el pecho y llamó de inmediato a la policía para que revisara el edificio vacío. No hubo reproches entre nosotras. En el fondo, todas sabíamos que el instinto de protección y el sentido común habían dictado la jugada.
El resultado final: falsa alarma, como sospechábamos, pero con el beneficio de la duda flotando en el aire. El acto fue catalogado en los registros del Ministerio como un "éxito absoluto".
Hoy, con el filtro que dan los años y la distancia, miro hacia atrás y todavía no sé si lo nuestro en mayo de 1998 fue pura sangre fría, una audacia desmedida inconsciente... o una mezcla peligrosamente hermosa de ambas cosas. Lo único que sé con certeza es que aquella mañana accidentada aprendí que ser docente en Argentina también puede parecerse mucho a dirigir la final de un partido del Mundial: te toca tomar decisiones cruciales en fracciones de segundo, con la presión de la tribuna encima, y rezar para que el árbitro del destino nunca tenga que revisar la jugada en cámara lenta.
Y mientras todos los diarios del día siguiente recordaban las fotos de los funcionarios, los discursos oficiales y las dulces canciones en francés de los alumnos de la Escuela Caviglia, yo me fui a mi casa en colectivo, mirando por la ventanilla, absolutamente convencida de que ese día de otoño había aprobado, sin haber estudiado un solo renglón, un posgrado acelerado en organización de eventos internacionales… y en control absoluto de la taquicardia.




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