El aula: un reality show sin cámaras

El Mundial '98, Bilardo... y la bomba que decidimos ignorar

Mayo de 1998. La Escuela Caviglia era una de las pocas de la Ciudad donde se enseñaba francés, así que cuando empezó a palpitarse el Mundial de Francia, sonó el teléfono del Ministerio de Educación.
—"La escuela fue elegida para presentar oficialmente el Mundial Francia '98."
Y ahí empezó la locura.
Había que recibir nada menos que al intendente Fernando de la Rúa, al técnico Carlos Bilardo, ex jugadores, periodistas, autoridades, embajadores de Francia... y un desfile de personalidades que hacía que la alfombra roja pareciera poco.
Las maestras de grado organizamos el acto. Las profesoras de francés prepararon los números con alumnos de todos los grados. Había banderas, canciones, discursos... y, por supuesto, un lunch para los invitados. Porque en Argentina ningún acto importante termina sin sandwichitos.
El salón de actos estaba repleto. Más de quinientas personas. Y a mí me tocó el puesto de "azafata oficial": recibir a cada invitado y guiarlo hasta el salón.
En uno de esos viajes de ida y vuelta sonó el viejo teléfono de línea.
—¿Hola?
Del otro lado, una voz seca:
—"Hay una bomba en la escuela."
Sentí que se me congelaba la sangre.
Pero era una época en la que las amenazas falsas estaban a la orden del día. Si gritaba "¡Evacúen!", quinientas personas intentarían salir por una sola escalera y una sola puerta. El remedio podía ser peor que la enfermedad.
Busqué con la mirada a una maestra con más experiencia que yo. Nos miramos dos segundos. No hizo falta decir mucho.
—¿Qué hacemos?
—Seguimos.
Y seguimos.
Mientras Bilardo hablaba de fútbol, yo hacía cuentas mentales sobre probabilidades. Los embajadores sonreían. Los chicos cantaban en francés. El lunch circulaba. Y yo pensaba: "Por favor, que el único estallido de hoy sea el aplauso final."
Por suerte, así fue.
Cuando el último invitado se retiró, recién entonces avisamos a la conducción de la escuela, que llamó a la policía.
Resultado: falsa alarma.
El acto fue un éxito absoluto.
Hoy, con los años, no sé si lo nuestro fue sangre fría, audacia... o una mezcla peligrosa de ambas. Lo único que sé es que aquella mañana aprendí que ser docente también podía parecerse a dirigir un partido del Mundial: tomar decisiones en segundos... y rezar para que el árbitro nunca tenga que revisar la jugada.




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