El aula: un reality show sin cámaras

1998: La guerra de los piojos

Corría el año 1998. Eran otros tiempos. Las maestras revisábamos las cabezas de los alumnos con total naturalidad y, si descubríamos que algún "habitante" se había instalado de manera ilegal, mandábamos una notita a casa:

"Querida familia: aprovechen el fin de semana para revisar la cabecita porque en el grado hay varios niños con habitantes."

Era un mensaje diplomático. Nadie señalaba culpables. O al menos esa era la teoría.

Pasaban los días y aparecían los padres héroes, armados con peine fino, vinagre, shampoo antipiojos y una paciencia digna de un santo. Pero también llegaban las sospechas.

Seño... ¿ya revisó a fulanito?
¿Y a menganita?
Porque nosotros hacemos el tratamiento y esto nunca termina...

Los piojos ya no eran un problema sanitario: eran un asunto de inteligencia internacional.

Hasta que un viernes, al salir de la escuela, me esperaba el desenlace.

Una mamá apareció de golpe, gesticulando como si acabara de descubrir una conspiración mundial. A los gritos me reclamaba por haberla obligado —según ella— a torturar a su hija con el peine fino.

No existían los grupos de WhatsApp, pero el chisme viajaba más rápido que la fibra óptica. Le había llegado el rumor de que varias familias se quejaban de los habitantes que elegían la cabecita de su hija como residencia permanente.

En lugar de enfrentar a las que protestaban... vino directo por mí.

Yo quedé en el medio, con la mochila, el guardapolvo y una multitud mirando el espectáculo gratuito de la tarde.

Ese día entendí que ser maestra implicaba enseñar a leer, escribir, sumar... y, de vez en cuando, sobrevivir a una batalla campal por culpa de unos insectos de dos milímetros.

Desde entonces tomé una decisión histórica: nunca más notitas... y nunca más comentarios sobre habitantes ajenos.

Que cada piojo se hiciera responsable de su propio destino.




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