El aula: un reality show sin cámaras

Episodio 7:La reunión más corta del mundo

En el universo de la docencia, uno aprende rápidamente que los alumnos no vienen en un molde único. Están los silenciosos que se mimetizan con las paredes, los brillantes que te obligan a repasar la lección la noche anterior, los charlatanes simpáticos que musicalizan las horas de caligrafía y los que, de vez en cuando, te desafían pedagógicamente con alguna pregunta incómoda o un berrinche de manual. También están aquellos que, directamente, te ponen a prueba la paciencia milímetro a milímetro, obligándote a respirar hondo y a recordar los apuntes de psicología evolutiva mientras contás mentalmente hasta cien en un pasillo frío. Y después, en una categoría mística, solitaria y casi mitológica, estaba Noé. Noé pertenecía a esa clase selecta y sumamente escasa de chicos que tienen el superpoder de agotar a cualquiera, incluyendo al docente más místico, paciente y vocacional que haya pisado jamás un aula de la escuela pública. No estamos hablando del típico nene inquieto que se porta mal de vez en cuando, que se desborda un día de lluvia atrapado entre cuatro paredes o que vuelve excesivamente revolucionado después de un recreo de cuarenta minutos jugando al fútbol con una pelota de trapo. No, calificar lo de Noé como "mala conducta" hubiera sido un insulto a su desbordante creatividad. Lo suyo no era un impulso; era una profesión de tiempo completo, una vocación inquebrantable que ejercía con una constancia que ya quisieran para sí muchos altos ejecutivos. Noé se portaba mal todos los días, las ocho horas de la jornada escolar, de manera sistemática, planificada y milimétrica.
Su energía no conocía los valles ni los momentos de llanura; era una meseta de intensidad constante que empezaba apenas cruzaba el portón de entrada a las ocho de la mañana y terminaba con el timbre de salida, dejándonos a todos los adultos a su alrededor con la sensación térmica de haber sido pasados por encima por un camión de acoplado. Si la maestra explicaba divisiones por dos cifras, Noé decidía que era el momento perfecto para ensayar un concierto de percusión con los lápices sobre el banco; si se dictaba silencio sepulcral para una lectura comprensiva, él encontraba la forma de hacer un ruido indescifrable con las zapatillas o de iniciar una negociación ilegal de figuritas con la última fila. El aula era su escenario y el resto del mundo, su público cautivo.
A lo largo de los meses, el equipo docente había intentado de todo. Habíamos aplicado todas las estrategias pedagógicas conocidas y por conocer: desde el clásico cambio de banco al lado de la maestra —el cual Noé transformaba en una oportunidad para revisar los cajones del escritorio con total naturalidad—, hasta los contratos de conducta con caritas sonrientes, las charlas individuales en el patio, el refuerzo positivo de sus pocas tareas completas y las estrategias de dispersión sugeridas por los manuales de inclusión más modernos. Todo rebotaba contra su armadura de indiferencia y simpatía. Porque esa era la peor parte, el giro inesperado del guion: Noé no era un chico huraño ni agresivo; era un personaje sumamente carismático, un encantador de serpientes de guardapolvo blanco que te miraba con unos ojos enormes y expresivos justo dos segundos después de haber pegado un chicle en la tiza de la pizarra, logrando que el reto que tenías preparado en la punta de la lengua se desarmara ante su absoluta falta de culpa.
El desgaste diario era invisible pero acumulativo. Al llegar a la mitad del segundo bimestre, la sala de maestros ya funcionaba como un grupo de apoyo para los sobrevivientes de sus ocurrencias. La profesora de música entraba pidiendo un analgésico, el profesor de educación física confesaba que Noé había logrado arbitrar su propio partido de fútbol con reglas inventadas por él, y yo miraba el registro de asistencia rezando, con una culpa cristiana inocultable, por un resfrío milagroso que nunca llegaba. Sabíamos que la situación requería dar el siguiente paso administrativo y pedagógico en el protocolo escolar. Era imperioso, urgente y vital convocar a una reunión oficial con la familia para trazar un plan conjunto, alinear las expectativas y buscar, desesperadamente, un mapa de ruta que nos permitiera llegar a diciembre con las neuronas intactas. Lo que ninguna de nosotras sospechaba, ni por asomo, era que esa citación formal nos regalaría el encuentro institucional más insólito de nuestras carreras, una lección exprés de genética y pragmatismo que batiría todos los récords de velocidad en la historia de la educación formal.

Nada de lo que explicaba la seño lograba captar su atención.No había materia que lo enganchará: no educación física,no educación plástica,ni música ,ni ajedrez...Las maestras suplentes desfilaban por ese cuarto grado como figuritas repetidas de un álbum. Duraban poco. Muy poco.

Y Noé no actuaba solo. Tenía un verdadero equipo de seguidores que convertía cada mañana en una aventura de supervivencia docente.

Como las caras cambiaban constantemente, desde la conducción de la escuela —que yo integraba— citábamos a sus padres casi una vez por semana.

Los temas eran siempre los mismos:

—Que haga la tarea.

—Que venga bañado.

—Que deje de molestar y tocar a los compañeros.

—Que no traiga objetos indebidos.

Promesas entraban... cambios nunca.

Pero un viernes superó todos los récords.

Corría desaforado por los larguísimos pasillos de la escuela, gritaba, no obedecía a nadie y parecía completamente fuera de control.

Cuando por fin logramos calmarlo, entre llantos confesó el motivo.

—Es que me quieren hacer adelgazar... ¡y no me dieron de cenar!!

Lo último que había ingerido eran los fideos con carne del mediodía anterior.

Tampoco desayuno en su casa y llegó tarde a la escuela, por lo que se perdió el yogur con galletitas de la mañana.

Era un nene gordito. Ya les habíamos explicado varias veces a sus padres que una dieta no podía improvisarse y que debían consultar con un nutricionista.




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